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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

25 segundos

El paso por un colegio de monjas nunca se olvida porque te aporta una gran cantidad de conocimiento inútil, racaneándote a la vez otros saberes verdaderamente claves. Por ejemplo, tengo claro quién fue Ana María Mogas Fontcuberta, de la que he estudiado su vida a través de tebeos para colorear sin salirte de la raya, pero me he tenido que fingir convencida de que la regla de tres no existía cuando lo decía la Madre Luisa, improbable profesora de Matemáticas.

Lo que las monjas no me quitaron, y de verdad creo que hicieron méritos, fue mi interés por entrar en cuanta iglesia, capilla y templo me cruce. No para rezar, sino para admirar el interior o estar un rato. A veces lo hago por el recogimiento y otras, por pura estrategia. Por ejemplo, creo que en Italia colocan las capillas en puntos clave de tu recorrido, el que sea, solo para evitarte el desmayo. ¿Hace demasiado calor y no crees que puedas seguir subiendo esa cuesta sin caer en la lipotimia? Aquí tienes esta capilla reparadora, que te envuelve en mármol y te baja automáticamente cinco grados de temperatura corporal nada más cruzar la puerta. Ese mismo fenómeno refrescante se daba antes en algunas tiendas de alimentación. Las de mostrador generoso y ristra de bacalaos de fondo, no la zona de yogures de los supermercados que solo ofrecen frío artificial y luz que revela los capilares rotos. Moderneces.

Con el tiempo me he ido aficionando a los de otras devociones más expansivas que la católica. Me resulta difícil pasar por delante de un templo cualquiera y no entrar a ver qué se cuece. La visita generalmente incluye la interacción con alguna señora que me agarra del codo y me explica las normas en una lengua que no entiendo y con la que confirmo cada vez que todos los seres humanos creemos que el idioma universal es el propio si se habla muy despacio y a gritos. Así he sido llevada por iglesias ortodoxas, donde varias, hartas de explicarme en un clarísimo ruso que debía cubrirme sin que yo diera señales de hacerles caso, me han atado ellas mismas un pañuelo bajo la barbilla antes de mostrarme esas misas de espaldas al público que siempre creo que han acabado inspirando un poco a Lou Reed.

Mis favoritos son los templos budistas donde hay monjes formándose porque, por lo visto, se lo pasan bien. Los de más edad suelen estar muy concentrados y repiten mantras a veces con los ojos cerrados y el mismo balanceo con el que los judíos han de estudiar la Torah, mientras que los jóvenes hablan, ríen, se dan collejas, se enseñan vídeos en el móvil y se tiran cosas de un banco a otro como en una clase de instituto. Si hace frío llevan camisetas polares de manga larga debajo de la túnica naranja y les queda un aspecto rarísimo, como un romano de Quechua. Todo ese jaleo tiene, sin embargo, su orden y eso es lo que maravilla: que está uno de esos chavales tronchándose tanto que se le ve toda una selección de dientes de oro, clavándose los codos para que ninguno deje de mirar el Youtube, bebiendo té a sorbos ruidosos, hablando en la oreja al compañero revelaciones que no pueden esperar cuando, de repente, se llega a un punto de la oración que ha estado haciéndoles de música de fondo que funciona como un resorte. Enseguida se incorporan y se ponen a soplar la trompa esa tan larga que se apoya en el suelo, tres canturrean al unísono, uno suma un nuevo mantra. La oración es la vida que pasa, pasa todo el rato y de ella sales y entras sin que por eso se detenga.

La catedral de Lugo ha empezado a cobrar la entrada esta semana muy a mi pesar. Ya se empiezan a ver a turistas con el andar errático que marcan las audioguías, solo comprensible para quien las está escuchando; colas en el acceso, carteles en la puerta advirtiendo de los precios. Ya se parece a tantas otras. Puede que fuera cierto que los forasteros molestaban a los fieles mientras rezaban, con sus cuchicheos y sus paseos cruzados y que la audioguía, que los pastorea en silencio por el espacio, evite tal cosa.

Será verdad también que los lucenses nunca van a tener que pagar por entrar en su catedral, ni cualquiera que quiera pasar solo para rezar o para sentarse en silencio y oler esa mezcla particularísima de incienso, polvo y lugar cerrado. No hay forma de reproducir cómo huele una catedral, salvo levantar una y esperar varios siglos. Pero también es cierto que es disuasorio, que los que alguna vez lo hacíamos, cada vez lo haremos menos, persuadidos por las colas, las explicaciones, la entrada única, la ausencia de ese caos organizado que se autorregula en casi todos los templos del mundo en los que la entrada es libre.

Alguna vez, cuando llovía mucho, entraba por una puerta de la catedral y salía por otra, cruzando la plaza a cubierto. Era ese un paseo minúsculo: tres inspiraciones inciensarias, un estremecimiento por la humedad de paredes de piedra, un destello dorado del altar al fondo, una mirada recriminatoria de una beata al que tus pasos interrumpen el rezo. Al salir, todo igual: la lluvia, la piedra, el cielo oscuro. Pero qué respiro de 25 segundos. Monumental.

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