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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Cosas que no se cuentan

Concluyen los artículos sobre los 30 años de la matanza de Tiananmen que la mayoría de chinos siguen sin saber qué pasó

ES TERRIBLE comprobar con cuánta frecuencia los tópicos, todos los tics que presuntamente se le atribuyen a un colectivo, se cumplen al milímetro. Ocurre con el del ciudadano americano que conoce sus derechos, ese personaje de película que, ante un contratiempo, se declara así en voz alta, como invocando a un agente de la CIA o, al menos, a un adjunto a la Embajada. Suele coincidir en la misma persona, por supuesto, el ciudadano americano que conoce sus derechos con el hombre faro de la democracia, que diría Kissinger, ofreciendo algo de telefilme de Steven Seagal allá donde va, aunque sin las somantas.

De esos tuve uno en mi clase de Chino de Negocios, una asignatura optativa que elegían muchos norcoreanos por genuino interés y yo, por error. Era alto y cachas y tenía la actitud relajada del que no ha recibido muchas negativas en la vida. Quiero decir con esto que, cuando se sentaba, ocupaba más espacio del que le correspondía, se desplegaba, como si nos quitara el aire a todos. A su lado, su compañero de pupitre, un norcoreano delgado como un bailarín de clásico y con un eterno pantalón negro y camisa blanca, parecía una hoja, una espiguita de trigo, una salpicadura.

El norcoreano era, como todos los que conocí, en extremo educado y ceremonioso. Le escuchaba en silencio y respondía con monosílabos. El día que Asia se despertó con la noticia de las pruebas nucleares en Corea del Norte, el americano llegó a clase dando zancadas aún más largas de las habituales y se desparramó sobre la silla declarándose incrédulo ante lo que estaba pasando. Torció la cara y empezó a arrear al norcoreano con un montón de recriminaciones que empezaban con tu país y tu gobierno. Daba muchísima rabia observarlo porque tenía razón y porque hablaba un chino fluido y correctísimo, fruto de muchas horas de estudio y de cierta predisposición para los idiomas tonales. Qué asco de gente.

Incrementaba aún más la rabia el fuerte deseo de que se callara de una vez y la dolorosa imagen del norcoreano, poniéndose rojísimo, agarrando los bordes del pupitre con tanta fuerza que tenía los dedos blancos hasta las falanges medias. Era la representación física de la contención, del esfuerzo sobrehumano que hay que hacer a veces para quedarse callado cuando eres de un lugar en el que ser capaz de hacerlo significa mucho.

Odié a ese americano sobre todas las cosas. Por haber provocado tanta incomodidad a su compañero de clase (una persona, por otra parte, evidentemente alineada con el régimen norcoreano porque si no de ninguna manera estaría en el extranjero estudiando) y por la satisfacción con la que acabó su diatriba, creyendo en serio que había servido para algo, que lo había arrinconado, avergonzado y convencido. Diez minutos de bronca de un desconocido frente a una vida entera de aleccionamiento.

Pensé esta semana en el americano por los 30 años de la matanza de Tiananmen y los dos mil artículos que leí a raíz de ese aniversario redondo. Muchos insistían en cuántos chinos siguen ignorando qué pasó ese 4 de junio, que es como ellos llaman a la efemérides, centrándose en el cuándo y no en el dónde, como hacemos los occidentales.

Tardé muchísimo en hablar con un chino sobre Tiananmen y, cuando lo hice, fue una conversación rarísima, llena de sobreentendidos, subterfugios y alusiones indirectas. Acabó con un ya sabes. Yo, la verdad, es que no, no sé. Y si sé, nunca sé del todo, nunca hasta el punto en el que me gusta saber. Pero asentí, qué iba a hacer. No creo en el interrogatorio policial de la gente que se me confía.

Aprendí, además, a apreciar mucho los ya sabes, a darles un tremendo valor simbólico. Mi profesor de Lectura, un hombre sensible que desesperaba con el aburrimiento de los libros de texto, preguntándose quién iba a hacer el esfuerzo de entender esos rollos, me preguntó un día al salir de clase si era cierto que yo era periodista. Charlamos un rato sobre Pekín, ciudad en la que había vivido toda la vida. "Menos unos años, de joven, que me fui al campo", dijo. Y hubo ahí un uso verbal raro, que más que ir implica haber sido llevado y que me dio para concluir: Ah, la revolución cultural. Ya sabes, me dijo. Qué más hace falta para entender. Para que se te precipite en la cabeza el miedo, el castigo incomprensible por cosas como haber estudiado, la pena que conservas tantas décadas después.

No sé si los chinos saben de lo de Tiananmen. Decir los chinos es mucho decir. Pero sé que muchos saben, sé sobre todo que muchos pekineses saben, sé que otros no y sé que otros que saben preferirían no saber. Sé que muchos lo ven lejano, otros superado y otros, muy presente. Sobre todo, lo que sé es que muchos no te lo quieren contar precisamente a ti, que decir que no sabes de lo que te hablan es una forma eficaz de quitarte problemas de encima y que no a cualquier periodista que se te cruce por la calle le vas a entregar un ya sabes.

Cosas que no se cuentan
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