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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La burbuja

El mundo se nos queda minúsculo mientras hablamos por teléfono

El mundo se encoge con cada portada de periódico. Hay ciudades cercanas a las que no se puede ir, pueblos de los que no se puede salir, barras que no pueden recibir nuestros codos ansiosos. Todos los alientos nos regresan con cada exhalación. Esto es pasear ahora, pienso mientras me retroalimento de mi respiración. Camino a toda mecha hinchando la mascarilla calle arriba y calle abajo como una bombita azul, chicle eterno que jamás explota. Esto es pasear ahora, insisto a ver si borro de una vez la imagen mental de lo que era antes. No puedo estar decepcionándome a diario.

La mitad de las cosas que me dicen o no las entiendo o no las oigo. No estoy segura de nada y me paso el día confirmando si efectivamente me han dicho lo que he creído entender. En el trabajo, a dos mesas unos de otros, nos llamamos cuando ya el diálogo se ha hecho imposible y es preciso resolver el misterio de lo que nos estamos contando. "Ah, era eso".

A cambio el subconsciente me regala sueños de vieja normalidad, en algunos casos viejísima. No sé por qué lo hace, qué me quiere decir. Si es para que no olvide cómo eran las cosas o para que descanse de la rareza cotidiana. Yo me levanto agotada de tanta actividad. Las noches las paso en bares a reventar, apretujada en un concierto, cubriendo varios husos horarios a bordo de un avión. Viajo a donde ya he viajado y a donde todavía no he puesto pie. A lugares delirantes que ojalá existieran donde como a dos carrillos. Me alegro tanto de haber ido a los sitios que he ido. Y lo pienso así, con ese tiempo verbal, como si fuera a seguir yendo más adelante.

Este verano he estado un poco obsesionada con Fran Lebowitz. Con sus charlas, sus críticas al turismo, su empeño en defender los derechos de los fumadores. Con el salto monumental que es
decidir en la veintena que quieres ser escritora, escribir tres libros en esa década y tener 76 sin haber
conseguido acabar el cuarto. Con la jeta que hay que tener, pero jeta bien, para seguir explicando la historia de tu bloqueo creativo y que la gente todavía se monde con ella. Se dedica a hablar, se gana
la vida opinando; opinando hablando, que es mucho más fácil que escribiendo. Lo dice ella pero lo vemos todos.

Lo que me acabó de rendir fue su amistad con Toni Morrison, el verdadero amor y admiración con los que habla de ella, llamándola la única persona sabia a la que ha tratado nunca. Cuando se conocieron Morrison trabajaba en una editorial y Lebowitz se pasaba el día en su despachito fumando y cotorreando. Cuando Morrison se pasó a la docencia y se fue a vivir a Princeton empezaron a hablar horas por teléfono. Juntas, al aparato, siguieron la retransmisión en directo de un juicio televisado a dos mafiosos, que duró meses, y ante el que Morrison se sentaba después de haberse despertado a las cinco de la mañana para escribir y Lebowitz sin haber escrito ni una línea.

Me enternece tanto porque parece que así andamos nosotras, mis amigas y yo, aunque sin Nobel y sin juicios televisados. Muy probablemente sin la fuerza de voluntad morrisoniana y más Fran que nada, hablamos constantemente, a menudo haciendo mientras hacemos otras cosas. "Voy a lavarme los dientes, ahora habla tú", les digo y me hacen caso, qué maravilla.

Me piden los gobiernos que me haga un grupo burbuja, como si no fuera eso ya lo que tengo. Estas personas a las que llamo todo el rato para comentar minucias y tragedias, con las que voy a pasar meses hablando por teléfono en otro salón, en otro barrio, en otra ciudad, lejísimos de las barras y de sus caras tan queridas. No convivientes que me acompañan a diario.

La burbuja