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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La granada

Médicos y periodistas compartimos dificultad para la autocrítica

COMO ESTOY viva en este siglo XXI, me afectan las tendencias. Quiero decir que, muy a mi pesar, me he visto obligada, y varias veces además, a salir de mi zona de confort, que viene siendo hacer cosas que no quieres hacer por una especie de satisfacción retrasada y no asegurada. Es como una granada de mano, siseando lentamente mientras tú haces esa cosa. Todo pinta mal, no quieres estar ahí, qué haces ahí. Después explota toda la alegría, el aprendizaje, la absoluta convicción de que ha sido una buena idea. O no, deja de sisear y se queda inerte. Nunca se sabe de antemano cuál funcionará o no pero la convención social actual es que tires de la anilla de cuantas puedas, que te pases media existencia haciéndote cigüeñamente una zona de confort, un nido de ramitas y tierra, para luego abandonarla. Que te retes. La vida.

Me propusieron hace un par de años dar una charla a un grupo de médicos sobre periodismo. Iba a ser algo pequeño, familiar, una sesión de media hora al empezar la jornada. No era preciso extenderse demasiado ni atender un turno de preguntas eterno. Quería decir que no y precisamente por eso acepté. Hablé de la relación de médicos y periodistas, qué buscamos unos en otros y qué se puede hacer para que los dos salgamos medianamente satisfechos de nuestros encuentros. Cuando preparaba la charla entre sudores fríos me pareció corta. Le añadí un
breve comentario sobre las tendencias del futuro inmediato y a medio plazo, de qué hablaríamos en los tiempos que iban a venir en el ámbito del periodismo sanitario. Una de mis apuestas fue la del sesgo por sexo, cómo en consulta se trata diferente a los hombres y las mujeres. Tampoco me pareció especialmente arriesgada. Hay mil estudios que lo prueban en diferentes especialidades y que son muy conocidos: se considera de forma distinta el dolor de las mujeres, se tratan más tarde sus infartos, se les prescibe más ansiolíticos y más rápido... Sin embargo, me parecía que ahora se hablaría aún más, no solo por la nueva ola feminista, sino por la forma en la que se comparten experiencias, porque se dan más testimonios y más pormenorizados, porque, con idependencia de lo que piense la comunidad médica, la gente no para de contarse las cosas tal y como las han percibido y hay en internet una olla al fuego desde hace mucho tiempo que ya ha roto a hervir. Solo la semana antes de la charla dos libros sobre el tema estaban siendo promocionados sin descanso en la prensa estadounidense.

Por supuesto, como ocurre siempre, fue eso lo que provocó más comentarios. Perdón, críticas. Había unas cuantas médicas que asentían ligeramente con la cabeza cuando les contaba mi apuesta, una cosa imperceptible que probablemente ni fueran conscientes de que hacían. A lo mejor ni lo hacían y yo quería creer que sí. También un grupo de médicos impertérritos, a quienes lo dicho no interpelaba y, finalmente, algunos en radical desacuerdo, especialmente uno que no paraba de decir que él nunca trataba de forma distinta a las mujeres y hombres que acudían a su consulta para, acto seguido, con un barrido de cabeza dirigirse a sus compañeros y preguntarles "¿Y tú? ¿Y tú lo haces? ¿Y tú?", arreándoles con esas preguntas que llevan la respuesta dentro igual que la avellana de un Ferrero Rocher.

Me molestó muchísimo que negase la evidencia, cuando sobran ejemplos de que eso pasa. Que las mujeres van al médico y a menudo se estiman sus síntomas con mucha más ligereza que los de los hombres, que si un señor dice que le duele algo de forma casi inconsciente se asuma la especial importancia de ese dolor solo porque se considera a los hombres menos proclives a reconocerse débiles, a mostrar vulnerabilidad, a quejarse. Y que con las mujeres se contemple más rápidamente la posibilidad de un origen psicológico para su problema, que se rebaje su percepción de lo que le pasa, que con ellas se practique mucho más esa consulta de la palmadita en el antebrazo.

Hay quejicas terribles de ambos sexos, exagerados, agonías. Hay médicos sexistas de ambos sexos. También hay médicos justísimos y maravillosos. Y también hay médicos que tienen a veces comportamientos justísimos y otras veces, sexistas. De estos, como ocurre en el resto de profesiones siendo el periodismo la primera, es de lo que más hay.

Que hay de todo en todas partes, y muchas veces se da simultáneamente en la misma persona, puede que sea la única verdad universal. Que contenemos multitudes no solo lo pensaba Whitman. Precisamente por eso me molesta tanto tirar de tópico.

Inicialmente me enfadó la negación pero la indignación tiene capas de sedimento y, una sobre otra, dan lugar a una materia diferente. El cabreo es ahora otro, el de la incapacidad para la autocrítica, el de la defensa inmediata y débil del ‘yo no soy así’, ‘yo no hago eso’. Y fue tan monumental, sobrevivió a meses de otras cosas y otros enfados llegando hasta aquí porque yo soy exactamente igual. Soy ese médico. Mi primerísima reacción es siempre la negación radical, la imposibilidad de contemplar que quizás sí haga algo que desprecio y que no quiero hacer, que se me ataca impunemente. No me doy tiempo a pensar si hago lo que se menciona y tiendo a tomarme personalmente las críticas colectivas a cualquier grupo al que pertenezco.

Mira tú el aprendizaje, la granada estallando dos años después.

La granada
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