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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Lo demás

EL 8-M ME tiene un poco harta. Me cansa leer sobre las disidencias, por ejemplo. Siguen (seguimos) algunas teniendo una tribuna gracias precisamente a lo que se celebra el 8-M, una tribuna desde la que quejarnos, desde la que disentir y criticar el 8-M. La tiene Álvarez de Toledo con su amazonía, la tiene Díaz Ayuso, por lo visto, y la tengo yo, que no entiendo a ninguna de ellas, que no las aguanto, que cuando las escucho pongo los ojos en blanco de lo mala que me ponen, pero que me alegro tantísimo de que digan lo que quieran. Me siento un poco culpable por hartarme del 8-M, la verdad. ¿Acaso no es de justicia tener un día, un mísero día, un puñetero día de nada, de celebración, de exaltación, de visibilización de cuantísimas somos, de todo lo que hacemos y, por encima de todas las cosas, de todo lo que queda por hacer? Lo es. ¿No es esto un movimiento tan necesario como respirar, al que hay que sostener como sea, pero como sea, también juntándonos en la calle? También.

MxA veces voy al supermercado y nada más cruzar la puerta se me enciende este diálogo interno que consiste en convencerme de que solo voy a comprar dos cosas, literalmente dos, y al mismo tiempo razonarme que nunca son dos, literalmente dos, sino más bien diez o doce. En ese punto gana siempre la primera, la optimista, la esperanzada, la que no coge cesto ni carrito, dispuesta a abrazar sus dos productos. A mitad de local cae sobre mí el manto de la certeza: llevo ya ocho cosas, se me ocurren otras cinco que necesito y no me llegan los brazos. Empiezo entonces a hacerme unas construcciones lego con cajitas y paquetes y bolsas, un tetris delicado, que llevo encima con una concentración que probablemente ya no dedico a tantas otras cosas que también lo merecerían. Siempre consigo llegar a la caja sin renunciar a mi decisión inicial y procedo entonces a sentirme orgullosísima de mí misma, solo (¿se puede ser más simple?) por haber conseguido llegar hasta ahí así, como yo elegí. Pienso que de esa exacta manera hay que trabajar y ejercer la igualdad, sosteniéndola con entrega pese a su precarísimo equilibrio, entregándote en el proceso. Lo que más me molesta de este día son, en realidad, las hijuelas, los suburbios, lo que no es meollo. Por ejemplo, las ofertas de depilación por el Día de la Mujer, el 2x1 en máscara de pestañas por el Día de la Mujer, la limpieza dental gratis por el Día de la Mujer. Compraría la máscara de pestañas rebajada y clavaría el palitroque embadurnado en negro en la yugular del responsable de marketing de esa campaña, sin ser yo agresiva ni nada, o más bien siéndolo solo de pensamiento nunca de acción. Tengo más crímenes imaginarios que la Highsmith, cierto.

Tampoco me gustan la desunión, las luchas intestinas, las críticas cruzadas. Ni la cantidad de chorradas con perspectiva de género que se organizan y que no tienen ni perspectiva, la van a tener de género. Ja. Me horroriza que, constantemente, se me racanee información sobre el trabajo de muchas mujeres dedicando el espacio público que se les da para preguntarles insistentemente sobre cómo es hacer su actividad, la que sea, escribir o investigar o pilotar, siendo una mujer. Y tengo el cuajo de horrori-zarme habiéndolo hecho yo misma y encontrándolo muchas veces logiquísimo.

Esta semana entrevisté a las Abelleira, dos hermanas profesoras de Infantil, que advierten de la ‘efemerización’ de la vida escolar. De cómo están hartas de celebrar el día de tal o cual, de hacer disfraces o manualidades alusivas y explicar a niños de tres años que no saben subirse la cremallera un eterno calendario de efemérides que no les afectan, o no mucho, o aún no. Yo tampoco quiero eso para nosotras. Quiero una fiesta, sí, que bien se merece. Pero quiero, sobre todo, lo demás.

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