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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Lo excepcional

Admitir que esto es la normalidad, una normalidad, me parece una traición

ESCRIBO ESTO  al borde de nuevas medidas de restricción, a punto de que se aprueben. Pienso que están los del comité clínico pulsando el botón de encendido del ordenador, clicando dos veces en el icono de la aplicación de videoconferencias, suspirando porque Dios mío qué suplicio, un día más, no hay tregua. Mientras, me doy cuenta de algo terrible: opero mejor en el extremo y veo que no soy la única.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXANos van a acabar confinando, dicen unos. Cuando nos encierren haremos tal cosa, los otros. La epidemiología aficionada campa y hay quien se relame con la opción de rebobinar a primavera. Me horroriza estar en ese grupo, pero lo estoy. Yo funcionaba bien en el confinamiento, me adapté enseguida, ocupada y vivísima. Es lo que tiene el privilegio de la salud y el empleo. Creo, y qué espanto, que no vivía tan en el presente desde la infancia. Entonces mi existencia era concentradísima, rendida a atender con ahínco, y por eso tengo recuerdos tan plásticos y sensoriales de casi todo; del exacto olor de mi aula del colegio, del paso de los minutos —¡los minutos!— haciendo la digestión y mirando con loco deseo el mar, de la caída de la bici y la breve visión de mi propia rótula: blancura entre la carne, medalla para un presumir eterno, prueba material de mi entereza.

Me crezco cuando consigo pensar en el ahora, que es casi nunca. Solo hace 35 años y también hace 8 meses. Estuve en alerta, sintiendo simultáneamente dos cosas contradictorias. Por un lado, la vida pasar, como si se me hiciera más evidente que nunca, con una percepción agudizada que no dan ni las drogas ni los medicamentos, sino solo el vivir. Por otro, la mezcolanza de todo, el trabajo, el ocio y la preocupación en un remolino; treinta días, sesenta días, que se funden en una continuidad, sin posibilidad de distinguir uno de otro. Todo pasó rapidísimo y muy despacio a la vez. Pero al recordar esa etapa siempre me veo operativa, siempre rodando.

Cuando no funciono bien es ahora, en este sucedáneo. Se parece esto a la vida cotidiana y me frustran sus similitudes, que siempre se quedan cortas. Prefiero la excepcionalidad porque admitir que esto es la normalidad me parece una traición. No diré qué opino de llamarlo nueva normalidad porque me enervo demasiado. Siento que es una denominación errónea, que le da pie a asentarse, a consolidarse, a convertirse en algo que dure. Le quita la etiqueta de etapa. Al mismo tiempo no sé si a dos o tres años se le puede llamar etapa. No volveremos atrás porque ese es siempre un deseo inútil, pero si no queremos que esto sea nuestra vida, y no queremos, hay que reconocer la extrañeza de todo y hacerlo consistentemente, sin desmayo. La vida evoluciona, la única constante es el cambio y todo lo que tú quieras, pero no nos quedemos aquí, en esta absoluta grisura que nos drena la energía.

Quiero aguantar, quiero seguir y, como estoy sana, me exijo mil veces no quejarme y no lamentarme. Por las noches recorro a zancadas la distancia del periódico a casa, con un Lugo de calles vacías y luces prendidas tras las ventanas. Es un desierto como el de Nochebuena, todo el mundo está dentro. Luego llego a casa y me derrumbo sobre la cama con el abrigo y todo. Pienso en toda la gente agotada que hay por el mundo y, sobre todo, pienso en la otra, en la que está varios escalones por encima del cansancio, para la que sería un lujo simplemente el hartazgo.

Me he preparado mentalmente para estas continuas subidas y bajadas, pero me doy cuenta de que lo he hecho mal porque si no no me tomaría así lo que está pasando. Como si fuera algo personal.

Lo excepcional