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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Pegar la hebra

Cuando empezó la desescalada caí en lo mucho que había echado de menos a los desconocidos

CUANDO EMPEZÓ el estado de alarma veía en los ojos de las cajeras del supermercado películas de terror. Hacía la compra con precisión militar, como siempre pero mejor, concentradísima, a la manera en la que la haría si aquello fuera un concurso y alguien me estuviera cronometrando. Idéntico recorrido cada vez.

Como soy de participar en experimentos sociales que yo misma diseño y que no sirven para absolutamente nada, de vez en cuando me obligo a seguir otro patrón de movimiento y empiezo por un pasillo distinto. Me mueve entonces la convicción de que se me refresca la cabeza y me mejora la concentración y la atención, algo que figura entre mis mayores preocupaciones desde que Internet me volvió un poco (más) tonta. Lo único que consigo es volver a casa sin el arroz o los yogures.

Pero en las primeras semanas de la pandemia, meses, no experimentaba. Ejecutaba. Iba y compraba todo en 12 minutos y cuando me ponía en la cola veía a las mujeres de la caja, y al único hombre que ocupa ese puesto en ese supermercado, con el agobio de sus vidas, mirándonos a todos con verdadero pavor y dándonos instrucciones que eran súplicas. No se acerque, espere en la marca, póngase guantes, no coloque aún la compra en la cinta, colóquela ya, mejor pague con tarjeta... Eso lo decían con palabras. Con los ojos pedían: "No vengan tan a menudo, por Dios".

Regresando a casa con las bolsas un día de esos de calles desiertas vi la reja de la farmacia medio bajada y toqué con los nudillos el vidrio del escaparate. Una de las farmacéuticas dio un respingo y levantó la mirada, la misma que la de las trabajadores del súper, todo pánico. Superada y solo era mediodía. Sonrió cuando negué con el índice. No, no necesitaba entrar, no quería nada, solo era por saludar. Pocas veces se ve la manifestación física del alivio de forma tan evidente.

Cuando empezó la desescalada noté en mí un claro interés por charlar con extraños, por pegar la hebra en cualquier interacción y tocar cualquier tema. Había echado muchísimo de menos a los desconocidos. Que qué tal, que qué rollo las mascarillas, que mira qué mamparas más apañadas nos han puesto, que qué bien huele siempre la albahaca, parece mentira, que perfuma toda la compra.

Recordé con añoranza aquella vez en que una señora se adelantó dos puestos en la cola y agarró la raíz del gingseng igual que Escarlata agarraba la tierra roja de Tara. Con un punto de desesperación, como si antes que a mí hubiera preguntado a doscientas personas en doscientas colas de doscientos supermercados, me rogó que le dijera de una vez cómo se comía aquello, cómo se cocinaba, si era una fruta o qué, si había que pelarla. Al acabar la retahíla de preguntas, la dejó pensativa en la cinta y, mirándome, dijo: "Porque... ¿para qué sirve realmente?". Me pareció la simbiosis perfecta de pregunta existencial y cómica.

Lleva días dándome vueltas en la cabeza esto y hasta me parece que es un dar vueltas como el de los dibujos animados cuando al malo de dan un porrazo y le giran como satélites pajaritos y estrellitas, representación gráfica del dolor y el aturullamiento. Quiero decir que casi lo veo rondándome físicamente. No sabía por qué me pasaba y caí hace muy poco en que era por los viajes, por los viajes que no haré, por la gente que no veré, por las hebras que no pegaré en los trayectos que no recorreré, en los lugares a los que no llegaré. Después de haber pasado meses sintiendo cierta superioridad moral cuando leía o escuchaba a alguien quejarse de que este verano tocaba no moverse -como si los egoístas y ensimismados fueran los demáshe caído en lo mismo, no tengo vergüenza.

Añoro preventivamente todo de estar en otro sitio, y, lo que más, el proceso de ir a ese otro sitio y todas las conversaciones con poca chicha, las meras cortesías, las charlas de ascensor que siempre me han horrorizado y que ahora practicaría en bucle.

Así que, desconocidos, cuidadito conmigo, que andaré por aquí y pegaré la hebra por doquier.

Pegar la hebra