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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Perder el tiempo

Se ha ido un amigo, la persona perfecta con la que ejercer ese derecho laboral que reivindico

PARA REGOCIJO de mis jefes tengo la teoría de que, en el trabajo, tenemos que perder todos el tiempo a diario al menos media hora. Nos iría mejor si fuera una hora, pero, claro, la productividad. Treinta minutos se trocean en intervalos de diez, por ejemplo, y se reparten entre mañana y tarde, salpicándolos aquí y allí y resultan un remoloneo discreto, una breve descompresión de nada.

Esa media hora debe dedicarse a cotorrear con los compañeros y contarnos unos a otros todas las cosas que no podemos poner en el periódico porque o son chorradas, o son opiniones, o son anécdotas personales, o no tenemos pruebas y si las publicáramos nos denunciarían en masa, ganarían, el periódico tendría que cerrar y nosotros no tendríamos lugar al que ir a perder 30 minutos al día. Paco era (y qué difícil usar este tiempo verbal) la persona perfecta con la que ejercer ese derecho laboral que reivindico. Armado de una risa atronadora, que le retumbaba desde la boca del estómago, echaba la cabeza hacia atrás para proyectarla bien. De siempre me ha encantado la gente que ríe así, entregando todo el cuerpo en el proceso, indiscreta; gente a la que miran en los bares cuando ríe, a la que miran en la calle, a la que miran el cine, gente que barre con su carcajada a los apocados y los melifluos, dispara agua a presión sobre sus reacciones tibias, y nos dice: ríamonos todos, toca la risa.

Los delgadísimos como él tienden a parecer más altos de lo que son en realidad y ese fenómeno ocurría con Paco, que siempre se dirigía a sí mismo llamándose Paquito. Quién no se pone el diminutivo para echarse la bronca, quién no tiene con esa compañía constante que somos nosotros la delicadeza de hablarse así. Él, por supuesto. Y después, qué quieren que les diga, el tesoro del anecdotario brillante, joyas que nadie contará ya como él; el absoluto espabilamiento del periodista despierto, del que no ha hecho otra cosa en la vida, del acostumbrado a sacar la noticia de donde sea, que exprime piedras y siempre vuelve con algo, del que tiene que contar y lo cuenta bien. No digo nada nuevo de tan evidente como era.

Sin embargo, no es esto. Es otra característica mi preferida, una que aprecio ahora y en la que en la juventud, cuando conocí a Paco, mi primer jefe de prácticas, la persona que me quitó la terca manía de poner los días de la semana en mayúscula, ni me fijaba. Es (era, mierda) su ligereza, su liviandad, su andar por la vida dándole importancia al Gobierno y a la última bufanda que se había comprado; al Brexit y a las cosas que hacía su gato, a la crisis y a que aquella lo había dejado con aquel para salir con el otro. Su charla era un río profundo y un regato pequeno, fondo y superficie, importándose nada a sí mismo, quitándose de en medio en favor de la historia.

Vivíamos cerca y, a menudo, volvíamos juntos a "la barriada", decía. Por el camino, vagonetas perdido, intentaba convencerme de que fuéramos en bus urbano. Me invitaba con su tarjeta de usuario frecuente. Un día le invité yo y nos hicimos una foto sujetando el tique dentro del bus como si le hubiera secuestrado y tuviera que pedir un rescate.

Esas son las tonterías que ahora recuerdo, en esta semana asquerosa en la que me ha dado por acordarme sin parar de la muerte de Terenci Moix, de lo muchísimo que leí entonces sobre la marcha de un escritor que no me gustaba especialmente, pero que, lo sé, me hubiera caído muy bien. Recuerdo a sus amigos, a su hermana y a su secretaria escribiendo sobre él, sobre sus manías y devociones, sobre su fascinante ligereza y me recuerdo pensando: "Pobre gente, qué pérdida, cuantísimo lo van a echar de menos".

Era tan evidente que Moix era la compañía perfecta para las fiestas, para los cafés, para contarle las penas, para salpicar las charlas con unas cuantas chorradas, para echar unas risas y para echar unas lágrimas. Para perder el tiempo a lo grande. Veo ahora en gente que tengo alrededor lo mismo que vi entonces, idéntica orfandad. Se va un amigo con el que se ha perdido tanto el tiempo y se ha perdido tan bien, cómo puede ser.

Trabajé por primera vez con Paco un julio y un agosto y me preguntó si me quería quedar en septiembre. "Ni loca", le dije. "No sé cómo lo hacéis", le dije también. Mírenme ahora. Han pasado 25 años, aquí estoy y, encima, escribiendo esto. Cómo no voy a tener derecho a perder un poco el tiempo y cómo puede ser que no esté él para hacerlo.

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