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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un diario de pena

Una visión de conjunto de la propia vida solo se logra con perseverancia y algunas lagunas
 

De niña escribía un diario que daba pena leerlo. Tuve varios a lo largo de los años, todos de pasta dura para que cuando los apoyara sobre la pantorrilla plegada en modo yogui, siempre en la cama antes de dormir, no se me doblara la página y me saliera el renglón torcido, un sacrilegio que no me podía permitir. A mí me gustaban, y siguen haciéndolo, las páginas blancas y las líneas rectas. O sea, me gustan las notas de los demás.

María PiñeiroEncontré uno en una estantería de mi habitación infantil que tenía las tapas de color rosa y un candado cerrado. Con llave. No tenía la llave. Lo rompí para leerlo y pasar toda la vergüenza ajena con el aburrimiento de una niña ociosa, una hija única que gasta papel contando qué comió, con quién jugó, con qué amiga se peleó un día para adorarla al siguiente sin que mediara explicación alguna. Me racaneo información a mí misma, no sigo el hilo narrativo, lo que faltaba. En fin, que no me aguanto, qué aburrimiento más grande.

Cuenta David Sedaris, que empezó a escribir sus diarios en 1977, que cuando se puso a hacer la selección para publicarlos le pareció una labor extenuante. "Después de pasar el día leyendo sobre mí, tenía que seguir siendo yo", dice. Se pedía a gritos callarse o dejar de dar la tabarra con algo y su novio le preguntaba desde otra habitación con quién hablaba. "Conmigo en 2001", respondía.

Salvando las distancias, me identifico con él. Las distancias son de aquí a Taipei porque Sedaris tiene gracia hasta hablando del tiempo y, además, sus diarios son un caldo al fuego, cogen sustancia a medida que avanzan. Son ese adjetivo que puebla tantísimas fajas de libros y críticas en periódicos: deliciosos. Es para mí el más seductor del mundo. Para algunas estrategias 'marketingianas' soy más simple que una patata: tú me pones delicioso en una faja y yo compro ese libro. Luego me pillo unos cabreos monumentales porque no saben a nada, son desabridos o decaen. Pero ahí sigo, cediendo a las promociones. Si además de delicioso es librito, o sea librito delicioso, ya me ciego. Tan pocos lo merecen y tantos acumulo por la mera combinación de sustantivo y adjetivo movilizadores. Tan influenciable soy.

Los diarios de Sedaris librito no son, pero deliciosos sí. Me da mucha envidia esa visión de conjunto que se ve propiciada por una virtud que yo no tengo: la perseverancia. Escribir cada día sí o sí. Solo lo hice en la infancia y, para lo que escribía, me lo podía haber ahorrado. Pero Sedaris, o Uriarte, o Piglia o Pla o Plath u Ordóñez sí la tienen. Ver a uno mismo crecer, repasarse pero no con la memoria sino con la voz que fuiste teniendo y con la selección peregrina que te fuiste haciendo. 

Sedaris lo admite en la introducción: observa estupefacto su salto de una a otra obsesión, de esas que ahora se estiman ridículas pero fueron tanto en aquel momento. Siente pena de sí mismo cuando ve el tiempo dedicado a dar con el número de teléfono correcto de gente que, es obvio, le dio a propósito uno equivocado para que no los pudiera contactar jamás.

Sobre todas las cosas, me interesa lo que deja fuera, lo poco que menciona su alcoholismo, aunque cabría pensar que en unas notas íntimas, no pensadas para publicar (eso ni son diarios ni son nada), tendría cabida algo así. Se lo reconoce: "Escribir esa palabra, alcoholismo, lo hubiera hecho real". También tarda unos años en escribir gay para hablar de sí mismo.

Pasarán los años y pasará la vida entera y seguirá asombrándome, dejándome patidifusa, lo muchísimo que nos parecemos unos y otros. Cómo un hombre estadounidense gay, que es joven en los años setenta, elude hablar de su homosexualidad mencionando el cielo, su estilismo, las canciones que suenan en la radio y cómo una mujer lucense, que es niña en los ochenta y que sabe exactamente en qué día de esa década se acabó su infancia para siempre, elude hablar de la muerte de su padre mencionando los programas de la tele, las peleas del colegio, el postre del día. Todo lo que no importa, todo lo que no permanece, todo lo que se olvidaría de no haberlo escrito. Y solo eso. 

Un diario de pena
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