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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un solo cuerpo

En una vida impredecible y azarosa contadas veces se puede hacer algo que sirva de verdad. Esta es una de esas veces

ME ADMIRO de cosas horrorosas. Me lo dice mi razón a gritos y, sin embargo, todas esas regiones del cerebro que se activan con la belleza refulgen sin hacerme caso, autónomas. Me hacen sentir emociones de las que me avergüenzo.

MaruxaMe pasa esto, por ejemplo, con los desfiles militares en China, que ya en la tele me parecen algo que no es de este mundo. He visto alguno en persona y ahí me derrito, mientras me recuerdo sin parar que qué lástima esa exhibición de poderío, que qué horror abrir la boca ante un tanque, que qué hago yo ahí. Pero me embauca la gente, el ballet extremo y milimétrico de miles de personas haciendo algo a la vez, esa abrumadora simultaneidad robótica, actuar como un solo cuerpo. Está hecho precisamente para que me pase eso, para que me impresione. Yo lucho pero mi mente poco sofisticada es autónoma y se emociona. Se emociona con eso. Me lo perdono, porque yo conmigo misma soy flojísima, muy benevolente. También porque creo que lo que me emociona es esa actuación como un solo cuerpo, lo poderosa que resulta tanta gente moviéndose en una sola dirección.

Llevo leyendo sobre el coronavirus y los esfuerzos de China desde finales de diciembre. Espantada y admirada, como con un extraño orgullo de lo que actuando al unísono se puede hacer. Ese sí que es un ballet bellísimo. He leído sobre funcionarios que trabajan de recepcionistas, reconvertidos en personal medidor de temperatura en cualquier punto de una ciudad, o de una carretera, y sobre otros que solían sellar permisos repartiendo comida a los que no podían salir de casa. He leído sobre médicos y enfermeras desmayándose dentro de sus trajes protectores, que no transpiran, porque los turnos son largos y los trajes escasos. He leído sobre sus muertes y las de otros, sobre una mujer contemplando la ambulancia en la que marchaba el cadáver de su madre como toda despedida, rendida, llorando sobre la mascarilla. He leído sobre aislamientos forzados y férreos, separaciones de niños de sus familias, polideportivos llenos de camas, sobre Tacs portátiles que hacen decenas de pruebas en una hora, como en una cadena de montaje. También sobre familias aburridísimas raqueteando al badmington en el salón, jugando al billar con tomatitos cherry en la mesa del comedor, abriendo la ventana de su piso vigesimo primero y gritando al vacío de la noche "¡Ánimo, Wuhan!", recibiendo el eco de sus vecinos, un coro nocturno que no tiene otra forma de abrazarse.

Leí después sobre la autosuficiencia de muchos alcaldes, sobre su ignorancia flagrante de cómo se propaga un virus, sobre sus decisiones pusilánimes. Leo ahora con el corazón roto sobre las decisiones terribles que tienen que tomar muchos médicos italianos, practicando medicina de guerra y escasez en un país del primer mundo, en el siglo XXI. Leo sobre los sanitarios madrileños extenuados, exprimiéndose como nunca, mientras las terrazas siguen llenándose de gente que cree que el bar es su casa, que tiene el privilegio de pasar un rato mirando hacia otro lado. Leo cómo la gente, todos, nos percatamos de lo dificilísimo que es no tener contacto físico, cómo justo ahora, en los momentos extraños, querrías abrazar tanto, querrías ser abrazada, de esos abrazos tan apretados que sacan de ti un suspiro de alivio, como abrir una bolsa al vacío.

Leo también reconocimientos devotos a la sanidad pública y a los que la ejercen, el más perfecto de nuestros patrimonios pese a todos sus problemas, nuestro ejército más asombroso y sofisticado. Seguiré leyendo, qué voy a hacer si no puedo apartar la vista. Quiero leer pronto cómo caemos en la cuenta de que, ante tantas cosas en la vida que son impredecibles y azarosas, ante nuestra frecuente impotencia, aquí y ahora, cada uno, uno solo, puede hacer algo. Pocas veces tiene una la oportunidad de colaborar hasta ese punto y de forma tan simple: si se tiene el privilegio tener un techo, usarlo.

Quiero leer, en fin, el equivalente de un desfile militar, vernos a todos en ese ballet perfecto, actuando, de una puñetera vez, como un solo cuerpo.

Un solo cuerpo
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