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Aunque no venga para quedarse

A VECES, ya saben, todo se tuerce. Preparas una celebración o un evento o, simplemente, una reunión de amigos. Te esmeras, te gusta hacer las cosas con mimo, con delicadeza. Piensas que todo acto merece una atención cuidada, te guías por lo que a ti te gusta ver, te gusta sentir. Lo que resulta agradable, placentero a tus ojos, es que algo tiene de esa belleza que tantas veces se esconde. Tu instinto ayuda, tu curiosidad ayuda, tu búsqueda, muchas veces, se ve recompensada. Lo que quieres conseguir en tu propio evento no es tanto lo que contemplas en otros como lo que te provocan otros. Esa sensación.

Así que sí, te esmeras mucho porque crees que la belleza se atrapa en pocas ocasiones y que su logro requiere de ti un esfuerzo importante. Aun con todo, tienes claro que nunca vas a saber con certeza a qué distancia estás de ella, jamás sabrás si camina a tu lado, si te espera a la vuelta de la esquina o si vive en otro lugar, lejos. El caso es que tú continúas, como no, al acecho.

La celebración o el evento o la reunión es esta misma tarde. De pronto, empieza a nevar. No pasa nada, te dices, son unos copitos, pero no cuajará. Sigues con los preparativos. No te inquietas, todavía. Vuelves a mirar tu lista de cosas pendientes, queda poco, casi nada por hacer. Nace en ti una emoción profunda que no sabes con certeza si es de orgullo o de cansancio o de ilusión verdadera. O todo eso junto. Llevas tiempo, puede que demasiado tiempo, pensando en este día. Permaneces unos segundos ensimismada pero algo, de repente, te hace volver a la realidad. Es una sirena que, con su estrépito, te hace dar un respingo. Instintivamente, te echas un vistazo para comprobar que estás bien, que la ambulancia no viene a por ti. Respiras hondo, aunque sabes que lo que estás haciendo es una tontería. Te concedes ese salirte de ti, por un instante, para dejar paso al miedo.

Es miedo loco, mitad infantil, mitad viejo, que siempre te mantiene alerta sin aprisionarte demasiado. Se te ocurre mirar por la ventana y lo que ves te deja atónita: enormes copos de nieve caen a velocidad de vértigo en todas direcciones, no quieres mirar, pero miras al suelo. La blancura te hace casi daño, casi te duele. No puedes creerlo. Nieva fuerte, nieva tremendamente fuerte. No va a durar, dices, dándote ánimos. Te dispones a continuar la mañana. 

Hay que coger el coche y llegar a A Coruña, al aeropuerto. Después volver, descansar un rato y empezar la fiesta. Parece fácil. Es fácil.

A los diez kilómetros, tras la partida, ves el primer coche. Iba demasiado rápido, piensas, y piensas, a la vez, que tú también vas rápido porque vas con el tiempo justo. Aminoras. Ha dejado de nevar y respiras aliviada. A los veinte, otra salida de carretera. Empiezas a sentir un ligero malestar, no son accidentes graves, dices, un resbalar, un simple deslizarse. Todo bien. Cinco minutos más tarde una lluvia torrencial te obliga a disminuir la velocidad a cuarenta, a treinta, a veinte. No quieres parar. Pones luces. Frenas más. Paras. Vislumbras una caravana. Nadie se atreve a moverse en situación semejante. Los minutos pasan, no se ve absolutamente nada. El repiqueteo de la lluvia reconvertida en granizo te hace temer por tu seguridad. Te entra, reconócelo, un poco de nervio. No vas a llegar. Se te ocurre pensar qué estará ocurriendo allá arriba, en el avión. Sobreviene el susto. No va a aterrizar. Y claro, no aterriza.

Llegas al aeropuerto de A Coruña y la pantalla anuncia ‘desviado’. Dónde me lo llevan ahora, clamas, aunque por dentro. Por fuera, bien. Por fuera, tranquila. A Santiago de Compostela. Subes al coche, no sin antes bajar en ascensor al párking y pensar, en un momento de humor negro, y ahora te quedas encerrada aquí y ya te deja de importar todo. Pero las puertas se abren y todo fluye. Ha dejado de llover. Medio segundo. Espejismo suficiente para animarte. No pasa nada. Vamos bien.

El avión aterriza en Santiago. Tú todavía no llegas, pero estás en ello. Parece que las cosas ya empiezan a salir bien. Te acercas al destino y otro accidente. Eres incapaz de negar que esto te pone tensa. Haces un repaso de lo que te queda por hacer. Crees que lo conseguirás, después de todo. Regresas con el pasajero sano y salvo, lo comentas después, como un chiste, ese miedo tuyo de un avión desviándose una y otra vez, sin poder aterrizar nunca, salvo, de nuevo, en Madrid, el punto de donde salió. Nos reímos pero no estoy segura de que nos haya hecho gracia.

Llegamos a Lugo. Llueve, ya no nieva. Eso es positivo. Hace viento, pero no están volando los tejados, ni las papeleras ni hay señales o farolas arrancadas de su sitio. Podemos caminar, avanzar. Respirar aliviados. Es ahora cuando comienza el trabajo. Revisar que todo esté en su sitio, recordar horarios y posiciones de unos y de otros. Puede que se te haya olvidado algo. Probablemente se te ha escapado algún detalle. Sin embargo, sucede. Lo haces. Haces tu celebración o tu evento o tu reunión de amigos. Y disfrutas. Y piensas: quizá no todo, quizá no siempre, sin embargo , por momentos, como en picos de euforia o de contemplación plácida o de equilibrio de algo con otra cosa, piensas, vale, igual no vino para quedarse, pero un poco sí, un ratito sí, estuvo contigo y con todos, la belleza.

Aunque no venga para quedarse
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