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Igual que duele la verdad

LEER Pelea de gallos de María Fernanda Ampuero cuesta lo mismo que cuesta la verdad. Duele lo mismo que duele la verdad. Supone un viaje que es un proceso que es una búsqueda que es un encuentro. Son historias que van a la raíz porque sólo desde allí, una vez allí, pueden empezar a vivir. Son cuentos que son seres que se despliegan y se repliegan, que respiran con la carga de albergar, dentro de sí, lo monstruoso, lo indecible. Cada aliento supone un forcejeo con la culpa. Existen, entretejidas con nervios y membranas, historias que nacen heridas de muerte y que, sin embargo, palpitan más que muchas realidades. Existe, decididamente, otra mirada y otro silencio a los que la autora ha decidido dar luz.

Cuidense, pues, de leer este libro como quien lee cualquier cosa que le viene dada, explicada, resuelta. Este libro no tiene solución porque habla de un mundo sin respuestas y, a mismo tiempo, posee la salvación de las preguntas. Manténganse alerta porque ni es fácil ni es rápido ni es ligero. Se hace necesario seguir el pulso de los relatos con los músculos en tensión, cada planteamiento es un desafío. Depende de ustedes, depende de mí. Si recogemos el guante lo que estamos arrastrando hacia nosotros es la violencia ciega, la horrible crueldad, el terror doméstico que forma parte de la idea de familia, de la idea de costumbre, de la idea de tiempo. Las cosas son así desde siempre, así se han hecho, así se harán.

La revolución consiste en mirar lo que estalla, lo que mancha, lo que delata, lo que destruye. Consiste en salpicar con mucha fuerza, con mucho convencimiento, con mucho tesón, hasta que ese revoltijo de violencia extrema, de crudeza límite, de sufrimiento atroz, se impregne en nuestra piel y ya no seamos capaces de sacudirnos la salpicadura. Mancillados de delito. Dolidos como sólo duele la verdad.

Cuidense, pues, de'Pelea de gallos'. EP mirar hacia otro lado. No pueden, como yo no puedo.

Leer Pelea de gallos de María Fernanda Ampuero cuesta lo mismo que cuesta reconocer el horror, los años perdidos, la idea corrompida —falsa— del poder de unos contra otras. Lo mismo que cuesta pensar en el grito mudo que desgarra paredes, hogares y cuerpos. No, no es un libro fácil, ni rápido, ni ligero. Son narraciones que penetran por la grieta que pocos quieren ver, que muchos obvian o, incluso, cierran. Es esa vergüenza y ese ultraje.

Pelea de gallos es valentía y es reto. Es una contienda y una provocación en la que los lectores nos sentimos aludidos. Aunque queramos escabullirnos para respirar un poco. Ustedes no podrán, como yo no he podido.

Respirar, de hecho, es un término ambiguo. No es igual respirar golpes, respirar sangre, respirar soledad, respirar miedo, que respirar leyendo una historia desde el sofá del salón de una casa iluminada. Sin embargo, los cuentos de Pelea de gallos atraviesan esa luz segura, esa luz barrera y te arrastran hacia dentro, hacia lo recóndito, hasta el final. Donde el destello de la certidumbre, de la comodidad, se va diluyendo hasta desaparecer. Ahora sí, ahora estamos a oscuras, frente a frente. Nos intuimos, nos reconocemos. Somos lo que no queremos ser, lo que jamás imaginamos ser. Este agujero es un principio y un final. Este agujero es una duda permanente. La complicidad, el compromiso, la lucha que de ahí salga será individual, pero también colectiva; será pronunciada y será escuchada; estará marcada por una implicación nuestra, de los lectores, con las historias de un libro que duele como duele la verdad.

No hay compromiso mayor que ese que te atraviesa y comienza a habitar en ti, como si fuera, desde siempre, tu paisaje. No hay relato tan potente como aquel que te impulsa a poner una habitación nueva en tu casa —en tu mundo—, a elegir delicadamente los muebles y los adornos, a pensar, de manera constante, si estará a gusto ese nuevo huésped, que no para de hacerte preguntas incómodas, que no para de abrir las otras puertas e invertir el orden de las cosas y de los conceptos, que no deja de acompañarte y demandar más justicia, más sueños, más combate. Que no te deja huir, ni torcer la cabeza, ni dormir demasiado. Aunque duela de verdad, como la verdad duele.
 

Igual que duele la verdad
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