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Jacques Tati: A solas con la modernidad

Se cumplen sesenta años del estreno de la película más famosa del director francés Jacques Tati, Mon oncle (Mi tío), paradigma de un universo contrastado de tecnología y tradición, en el que lo humano, lo auténtico, lo natural se pervierten sin remedio con la irrupción arrolladora de la vida moderna.

Jacques Tati
Jacques Tati

NO SE TRATÓ, de una visita al Hôtel de Matignon, decretada residencia oficial del primer ministro francés desde principios del siglo XX. No fue allí, bajo sus lámparas de araña y entre sus dorados refulgentes, sintiéndose un diminuto ciudadano de la V República, atreviéndose a sentarse, quizá torpemente, en una de las sillas de tapizado rojo, en perfecta armonía con los cortinajes que, aun recogidos, imponen siempre solemnidad, donde Jacques Tati, director de cine, pidió ayuda, entre avergonzado y orgulloso —a juzgar por la situación, a juzgar por la trayectoria de ambos en sus propios terrenos— a George Pompidou. No hubo loas al parque que rodea el palacete ni miradas de soslayo al resto de las estancias. No se procedió al efusivo apretón de manos ni a la cordialidad mutua. No fue necesario.


En la Île de Saint Louis, suntuoso refugio para los parisinos —de historia y de dinero—, Tati y Pompidou, vecinos bien avenidos, se encontraron un buen día y hablaron de lo suyo. El primer ministro, en el cargo desde 1962, se había propuesto la reestructuración y el desarrollo de la industria, objetivo que pasaba indefectiblemente por la mejora de las comunicaciones. Los automóviles y sus dueños iban a poder llegar a sus destinos más rápido, más cómodos y, por supuesto, con  más glamour que antes. O dicho de otro modo: podrían, a partir de esa iniciativa,  fluir, dejarse llevar, en un espacio marcado por el racionalismo arquitectónico. Al tiempo que esto sucedía, a las afueras de París, se estaba construyendo un set de rodaje que producía, a la vez, estupor y alarma entre los implicados. Nunca habían visto nada parecido y las dimensiones que estaba cobrando todo el proyecto se salían de los márgenes de lo conocido. En 15.000 metros cuadrados de superficie, se estaba levantando otra ciudad. La del futuro.


Tativille —como fue llamada— era la réplica del París moderno, del París de nuevos materiales de construcción, de nuevos barrios, con viviendas y negocios hechos de cristal, de cemento, de tecnología, de líneas claras, señalando siempre un punto concreto, al que todo el mundo iba a dar, sin posibilidad de otra cosa. No fue sencillo levantar esa idea. Hubo dificultades técnicas, destrozos importantes a causa de una meteorología adversa, parones en la producción debido al dinero. A la falta de dinero. Los créditos se agotaban, los recursos de amigos y familiares ya habían sido consumidos, la casa, la herencia, los derechos de las películas anteriores. Todo vendido, hipotecado, desaparecido. Es este momento en el que aparece Pompidou,  profesor de Letras devenido en mano derecha de De Gaulle, con gustos exquisitos para las artes y fascinación por los automóviles. Y primer ministro que, a petición de su vecino, se acercó con buena voluntad a Tativille, comprobó el estado de la cuestión, hizo una llamada a todas luces determinante, y aseguró la finalización y el estreno de la película de Jacques Tati. La extensión del crédito fue, según sus declaraciones, «de interés nacional».

'Playtime', hoy considerado un filme que marca un estilo único, audaz e irrepetible; en su día supuso la ruina de su responsable y el principio del fin.


Playtime, la cuarta película del director francés, se estrenó en diciembre de 1967, y no tuvo el éxito esperado, ni de público ni de distribución. Hoy considerado un filme que marca un estilo único, audaz e irrepetible; en su día supuso la ruina de su responsable y el principio del fin. Hay una flecha pintada sobre el asfalto que indica, claramente, la trayectoria de uno de los más originales y visionarios directores de cine de la historia. A partir de esta película, todo fue hacia abajo, sin vuelta atrás. Lo siguiente que rodó fue Trafic, ahondando en la temática desplegada en Playtime, pero con menos pulso y en vídeo —aunque más tarde se estrenaría en pantalla grande— y lo último, Parade, que tuvo que ser en Suecia y con resultado triste.


Sin embargo, antes de la caída, hubo gloria. La vecindad con Pompidou se logró con Les vacances de Monsieur Hulot (Las vacaciones de Monsieur Hulot) y con Mon oncle. Con la creación de un personaje imperecedero que llevó a Francia a los primeros puestos de la cinematografía —Oscar incluido—. El Señor Hulot se convirtió, de pronto, en un símbolo de orgullo patrio, adorado por el pueblo y estudiado por la intelectualidad, con intrincados análisis en las páginas de la más reputada revista francesa: Cahiers du Cinéma.


Jacques Tatischeff, así nacido, no cumplió las expectativas al salirse del negocio familiar a edad temprana y con otras ideas rondándole la cabeza. No quería enmarcar cuadros, pero se le daba bien imitar al personal. También tenía habilidad para los deportes y, conjugando ambas capacidades, creyó que podría labrarse un futuro en el music hall. De ese modo comenzó, y sus primeras actuaciones resultaron lo suficientemente atrayentes como para continuar. Poco a poco, el Señor Hulot fue emergiendo, su estilo fue depurándose, su esencia fue concentrándose en gestos certeros y alegóricos. Hubo de pasar la II Guerra Mundial para retomar una carrera que se desviaba por los caminos de la realización. Jour de fête (Día de fiesta) fue la primera película que firmó Jacques Tati, estrenada en 1949, en la que presentaba a un personaje previo a Hulot —el cartero François— con rasgos ya característicos del segundo. El desarrollo de la comicidad, concentrada en movimientos desacompasados que provocaban desastres en el entorno, bebía de la parodia, del mimo, del slapstick norteamericano, del cine mudo. Al mismo tiempo, como realizador, iba colocando hitos en un espacio imaginario, que delimitaba el carácter peculiar de su filmografía. Aquí, plano general; ahí, ruido ambiente; allí, diálogo ininteligible; más allá, y marcando tendencia, el decorado como «estrella principal de la película», tal y como él mismo declaró, a propósito de Playtime.

Tati desarrolla el contraste entre dos mundos pensados como líneas de fuga, con una conexión ilusoria que es el despistado, torpe y encantador señor de gabardina, paraguas, pipa y sombrero.


Mientras, en no pequeños despachos, Monsieur Pompidou escalaba puestos en la banca Rotschild y se ganaba la confiaba del general De Gaulle. Nadie podía prever todavía que las trayectorias de tan dispares individuos fueran a encontrarse.
En 1953, ya seducido por ciertas incongruencias aparejadas con una vida moderna que se desplegaba entre los franceses con gran fascinación, estrena Les vacances de Monsieur Hulot, pantomima filmada, crítica aguda a las nuevas costumbres, a los nuevos ritmos, a las nuevas modas. En el imaginario Tati se desarrolla el contraste entre dos mundos pensados como líneas de fuga, con una conexión ilusoria entre ambos que no es otro que el despistado, torpe y encantador señor de gabardina, paraguas, pipa y sombrero. Siempre dispuesto a traer el caos. El éxito de la película permitió al director embarcarse en el siguiente proyecto, que sería el culmen de su carrera. Porque ‘Playtime’ fue tensar la cuerda demasiado.


Mon oncle se estrenó en 1958. Por aquellos tiempos, Charles de Gaulle era nombrado presidente de la República, y su fiel amigo Pompidou cambió la esfera económica por la política, de la que no se movería hasta su fin. Los futuros compañeros de vecindad se iban aproximando, aún sin saberlo.


La casa mecanizada, la urbanización impoluta, los colores grises, la luz plana. Las personas, aspirantes a autómatas, aprendiendo los mecanismos de una recién inaugurada esclavitud. Al otro lado del muro, Monsieur Hulot, en el barrio francés de toda la vida, un poco sucio, un poco desordenado, un poco incómodo. Mucho más habitable que la perfección. La hilaridad de la película reside ahí. En esa paradoja.
Los premios ayudaron a la financiación. Y a rellenar agujeros que se iban haciendo más hondos cada día. Después fue imprescindible el encuentro. El  primer ministro con su proyecto estrella en mente, el Centro Pompidou, de arte moderno y contemporáneo, que vería el director, pero no él, debido a su inesperado fallecimiento. Tati con su Tativille. Nombres que quedarían para la historia aunque no exactamente en la misma medida, en el mismo escalón. Probablemente, George Pompidou, ya presidente de la República, se sentó una tarde en un cine a contemplar Playtime. Por puro interés nacional.
Jacques Tati murió aquejado del mal de los grandes que devienen en pequeños por las direcciones caprichosas del azar. Arruinado y olvidado tras haber creado una manera nueva de hacer cine y un personaje, Monsieur Hulot, alérgico a la modernidad.

Jacques Tati: A solas con la modernidad
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