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¿Pero, dónde está el debate?

VEMOS a unas y a otros. El lenguaje nos fue dado. Hablamos con unos y con otros. También nos fue dado el dolor. La esperanza la construimos y destruimos desde la misma base humana. Podemos extasiarnos ante la visión de una gran metrópoli y regodearnos ante el vasto espectro de campo de refugiados.

Es el mismo ojo, la misma raíz humana la que crea y la que extermina. Estamos hábilmente capacitados para producir bienestar en la misma medida en que podemos infligir daños irreparables, inconcebibles. No hay modo de comprender del todo hacia dónde vamos ni qué queremos; las comunidades humanas se enredan en problemas semejantes, estén donde estén.

Por ejemplo. La penúltima película de Agnès Varda, ‘Visages, Villages (Caras y Lugares)’ es un trabajo dedicado a producir esperanza. Hay en ella un encantamiento por la vida y para la vida que incluye —lógicamente— a los demás. Es ella siendo generosa y sintiéndose esperanzada, en general, con el género humano. Murió un año después de este estreno, a los 90 años. Si queda un legado semejante de alguien es que esa persona reflexionó previamente sobre la naturaleza de la bondad y de la belleza y creyó en esa habilidad tan nuestra —tan homo sapiens— para transmitir un mensaje honesto, poderoso, imperecedero.

Ahí queda la sugerencia para los moradores de la política. Lo digo, porque seguir la línea de Varda, produce contagio. En serio, se pega. Al igual que es contagioso seguir la línea del silencio, del olvido, de la injusticia y de la maldad.

Por ejemplo. Fosas comunes. Nombres perdidos. Ahogamientos en el Mediterráneo. Muertes por hambre, por guerra, por horror. Muertas por género. Voces acalladas. Vidas acabadas antes de morir, deliberadamente ocultas después de la muerte.

El debate entonces no se centra —o no debería— en repetir cansinamente las fórmulas de partido, los eslóganes vacuos de los carteles, las mismas palabras insulsas. Sería de agradecer que antes de ponerse a realizar cálculos de poder, se tuviera un modelo claro de ciudad, de país, de continente, de mundo. Y, sobre todo, no se tuviera miedo. Se necesita ser valiente para pensar en el ser humano. Para lo otro ya sabemos que no hace falta pensar demasiado. Se requiere, tal vez, salirse del aquí y del ahora, y darse una vuelta por allí y por la historia. Recuperar la historia —estudiarla ya sería una sugerencia demasiado loca—, arañar la capa de los discursos fútiles y empezar a aprender. Hasta el momento no hemos oído nada que no hubiésemos oído mil veces ya.

No se trata, no obstante, de una búsqueda irracional de lo nuevo, sino de un apuro de verdad y de conocimiento. La política y la cultura deberían estar más juntas. De las matemáticas se acuerdan en el momento de sumar votos y luego se olvidan. No parece que apliquen ese saber para invertir en investigación y desarrollo. La política y la ciencia deberían estar más juntas. Quizá, si vieran lo que hizo Agnès Varda a sus 89 años, entenderían que de lo que se trata es de analizar cómo van las cosas y qué cosas hay que descartar inmediatamente. Por dañinas, por inútiles, por perversas. No es una perspectiva naif, sino integradora. Es una especie de contrato con el ser humano en su totalidad. La cultura ha de servir para que lo humano importe y para poseer el criterio del discernimiento.

Por ejemplo. Vox quiere, para Europa, un fortalecimiento de los estados-nación. Y para las mujeres, un despojamiento de sus derechos, al tiempo que de su ser. Todo aquel que se arrime ahí, se contagia. Lo mismo que se contagia la pobreza lingüística y las frases hechas y tontas. Quizá, residentes de la política, podrían arriesgarse con oraciones más elaboradas. Y qué decir de acciones más valientes. Gracias de antemano.

Si pensaran en nosotros como sujetos racionales y no como objetos sobre los que influir en tiempos de campaña, puede que las consignas hubiesen sido otras, otro el debate.

En mi ciudad, como en todas, no importa la ciudad en sí, sino sus habitantes. La felicidad de sus habitantes, la soledad de sus habitantes, las oportunidades de sus habitantes, la salud de sus habitantes, el miedo de sus habitantes, el sufrimiento de sus habitantes. La acogida de nuevos habitantes. Su memoria. Está bien arreglar el tráfico y los socavones. Pero el debate está más allá, más al fondo.

Luego, reflexionemos.

¿Pero, dónde está el debate?
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