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Porque si dudamos, existimos

'LA VOZ MÁS ALTA' ('The loudest voice'). La serie que, en estos momentos, vale la pena ver y sobre la que estaría bien reflexionar, hacerse algunas preguntas, quizá sacar algunas conclusiones. El protagonista es Robert Ailes, personaje basado en un individuo real, poderoso, cruel, responsable de meteóricos ascensos y espeluznantes caídas a infiernos creados por él mismo. Asesor de los últimos presidentes republicanos de Estados Unidos, promotor directo de las campañas difamatorias contra Obama, líder indiscutible, gurú, de la cadena de noticias Fox News, ejemplo clave de la manipulación de la información con objetivos políticos, abusador. Su retirada vino provocada por la denuncia por acoso sexual de una de sus presentadoras estrella. A partir de ahí, su imperio se resquebraja, hasta desaparecer. Todo ese proceso está contado en siete capítulos que, al mismo tiempo, fascinan y repugnan, a causa de la solidez narrativa, de las estupendas interpretaciones y, sobre todo, de la historia en sí.

Para los contadores de historias, algo que produzca semejante reacción, es un regalo. Algo capaz de contener en su interior brillo y negritud, donde se puedan encontrar, a la vez, impulsos heroicos y comportamientos deleznables, algo, en definitiva, con potencia natural para ser narrado en cualquier forma. La historia fue libro antes que serie y fue real antes que ficción. El equipo entero encargado de la serie ha trabajado en favor de la verosimilitud y, gracias a ello, lo que vemos nos impacta, nos desagrada, nos atrae sin remedio, a pesar de que lo que tenemos delante no es, precisamente, el ejemplo de nada bueno.

Lo que han logrado con esta serie es una cosa complicada de alcanzar: llenar la pantalla de cierta viscosidad repulsiva, impregnar la historia, a través del personaje principal, de aire contaminado. De este modo —a menos que dejemos de respirar— lo que inhalamos mientras vemos los capítulos es putrefacción humana. Si alguien logra que queramos, durante sesenta minutos, vivir así, está haciendo algo grande.

Cosas en las que podemos pensar tras ver ‘La voz más alta’ o mientras la vemos: cómo la seguridad plena en uno mismo es capaz de romper todos los límites, cómo la fatalidad siempre está al acecho cuando se actúa basándose en ese concepto absoluto pero, al mismo tiempo, detrás de cada paso, también está la gloria. Es cierto que hay que partir de ciertas ideas que, en algunos casos se pueden calificar de brillantes, sin embargo, yo creo más en el poder de un comportamiento firme que en la genialidad de las decisiones.

Fijémonos en este hombre, Robert Ailes. Lo que hizo fue llevar su idea hasta el final. Con todas las consecuencias. Llevándose por delante a todo aquel que se atrevía a cuestionarlo hasta que algo más grande que él —el momento histórico ayudó mucho— lo destruyó. Aún así, cosa que comprobamos a menudo, esa confianza total, esa personalidad rocosa —al parecer indestructible— se mantuvo en él hasta su muerte. En ningún momento asumió las denuncias por abuso como ciertas. Jamás consideró que eso fuese siquiera denunciable. De la misma manera que nunca se le pasaría por la cabeza que mentir a la audiencia es algo ilícito. Jamás aceptaría tal argumentación. Así consiguió el poder grandioso que tuvo durante bastantes décadas.

Cómo pensar o, más bien, para qué pensarlo, que hay que ser cuidadosos, delicados, quizá hasta el extremo, en nuestro proceder, en el modo de actuar, en el modo en que establecemos relaciones con los demás. Nada de lo que hacemos nos afecta únicamente a nosotros solos. En el instante en que esa cuestión deja de importarnos, cualquier acción, hasta la más pequeña, puede ser fatal para otros. Por todo esto, si estamos dispuestos a sacar alguna conclusión, se me ocurre sugerir como algo saludable, la duda. Resulta interesante dudar para no sentirnos infalibles porque ese sentimiento es, en sí mismo, una amenaza directa para todo aquel que se cruce en nuestro camino. Cuestionarnos no es síntoma de debilidad, sino de pensamiento crítico. Por otro lado, cuestionar todo lo que consumimos como información es indispensable.

Tampoco, ojo, hay que ir por la vida desconfiando de todo y de todos, es preferible, digámoslo así, dar con la dosis justa. Cuanto antes, mejor, porque los tiempos no están como para decir que sí y mirar hacia otro lado.

Porque si dudamos, existimos