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Aires de bipartito

El rupturismo mira al BNG para tratar de salvar los muebles en alguna alcaldía, pero los nacionalistas prefieren al PSdeG

ANDA EL RUPTURISMO gallego en general y el de algunas ciudades en particular nervioso de cara al 26-M, porque ni les salen los números de las encuestas ni son buenas las sensaciones. Por eso, algunos ya miran a derecha e izquierda en busca de posibles aliados, siglas que les aporten los concejales que les pueden faltar para construir una mayoría absoluta que cada vez ven más lejana. Indirectamente es una forma de meterle presión al BNG, que en algunas plazas puede verse en la coyuntura de tener que apoyar al PSdeG o a una marea. Por eso en el rupturismo tratan de cortejar a los nacionalistas, apelando no solo a una mayor proximidad ideológica y programática, sino también a proyectos en clave de país o al hecho de ser fuerzas sin dependencias estatales, como podría ser el caso de Compostela Aberta o la Marea Atlántica. Con esa intención algunos airean estos días, por ejemplo, las bondades de aquel pacto no escrito a través del cual la Marea de Pontevedra le dulcificó el mandato a Lores en Pontevedra a cambio de que Rubén Cela no le pusiese muchos palos en las ruedas a Martiño Noriega en Santiago.

Sin embargo, es una maniobra un tanto desesperada y sin muchos visos de éxito, por razones políticas e incluso legales.

→ El BNG no es ningún novato

Si hay un partido que se maneje bien en el escenario de las alianzas y los pactos, ese es el Bloque —aun admitiendo que la de Bildu puede penalizarlo en la Galicia rural—. Lejos quedan aquellas directrices de los tiempos de Beiras en las que no se analizaba la particularidad de cada escenario, una falta de flexibilidad y transversalidad que le causó disgustos históricos al Bloque, como aquel de Cervo en el que su concejal apoyó al PP para derrocar al PSOE de Roberto Álvarez en 1999 y fue expulsado. Desde entonces, el nacionalismo no levantó cabeza allí.

Hoy, en el BNG son conscientes de que, consigan más o menos votos, su posición después del 26-M será fundamental para la gobernabilidad de muchos ayuntamientos gallegos, por lo que pueden alcanzar cotas de poder institucional muy relevantes si saben juegar bien sus cartas. Esto no es nuevo en política. Sin ir más lejos, el PSdeG más desmantelado de los útimos años, con Pilar Cancela al frente de una gestora, prácticamente resistió el sorpasso de las mareas en el Parlamento, gobernó Vigo, Lugo y numerosas villas intermedias y conservó tres de cuatro diputaciones.

Por eso el Bloque se juega mucho en estos comicios. Y por eso lo lógico sería que fuese de la mano con el PSdeG por varias razones: La primera es que las mareas son su enemigo natural, en parte surgidas de su interior y que compiten en su mismo espacio electoral, por lo que no le interesa darles oxígeno. La segunda es que el PSdeG tiene mucho más que ofrecerle al BNG que el rupturismo, ya que están en juego puestos en las diputaciones o incluso alcaldías nacionalistas. Y una tercera razón sería la experiencia previa del bipartidismo PSdeG-BNG, que ciertamente funcionó con éxito en escenarios como la Diputación de A Coruña.

Además, el BNG sabe que las mareas son proyectos ganadores, que nacieron al amparo de la buena ola de os indignados y que, de no tocar poder, es posible que pierdan a todos sus referentes locales de peso, que no soportarán cuatro años en la oposición. Eso provocará que las propias marcas se vayan diluyendo poco a poco, cediendo parte de su espacio al nacionalismo.

→ La cuestión legal

A estos factores que complican el camino de las mareas se sumaría todavía otro: el legal. La ley electoral dice que será alcalde el concejal que encabece la lista más votada en las urnas o, en su caso, la suma de otras siempre que den mayoría absoluta. En un contexto urbano donde no se atisban grandes mayorías absolutas más allá de Vigo, esto significa que donde realmente se jugarán las alcaldías será en la capacidad que tengan los partidos de ser la fuerza más votada. Porque si Bugallo o Inés Rey ganan en Santiago y A Coruña con nueve concejales y las mareas se quedan con ocho, de nada les serviría a estas últimas un hipotético apoyo de dos o tres ediles del BNG, porque no les llegaría para tener esa mayoría absoluta que exige la ley en clave municipal. Y por todo eso estoy convencido de que las instituciones gallegas tendrán cada vez más aires de biparito.

La venganza gallega de Pablo Iglesias
EL LÍDER de Podemos, Pablo Iglesias, visitó el pasado 25 de abril A Coruña durante la campaña de las generales. Lo acompañaron los candidatos Tone Gómez Reino, Yolanda Díaz y Ángela Rodríguez ‘Pam’, aunque también estaban la parlamentaria Luca Chao o el efímero senador García Buitrón. Del que no hubo ni rastro fue del alcalde herculino, Xulio Ferreiro, que igual que su colega de Santiago, Martiño Noriega, marcó distancia con las generales, creando un cordón sanitario con Unidas Podemos y En Marea para que los líos internos del rupturismo no erosionasen sus proyectos en clave local. Sin embargo, ese gesto tuvo consecuencias. Iglesias volverá el miércoles a hacer campaña en Galicia, pero en Ferrol y Vigo. Además de evitar el interior de Galicia, al que Podemos parece tenerle alergia, se saltará precisamente A Coruña y Santiago, las ciudades que le dieron la espalda el 28-A y a cuyos alcaldes les vendría ahora muy bien la capacidad de movilización del líder morado para arañar unos votos que podrían ser decisivos.

 

La nueva ley del juego y sus precedentes
LA NUEVA ley del juego que la Xunta pretende aprobar en la primera mitad del año que viene se antoja como fundamental para regular una actividad que ha cambiado mucho en estos últimos 35 años, que son los que tendrá la vieja norma por la que ahora se rige el sector cuando definitivamente se mande al cajón de la historia. Sin embargo, aquel texto, aprobado el 23 de octubre de 1985, siempre ocupará un lugar especial en el autonomismo gallego, por ser el detonante de la que muchos consideran la primera condena por corrupción de la era moderna: la de José Luis Barreiro Rivas. Fue por una sentencia del Tribunal Supremo en el año 1990, que revocaba un fallo absolutorio del TSXG y condenaba al vicepresidente de la Xunta a seis años y un día de inhabilitación. ¿La razón? Una autorización otorgada al representante de la Sociedad General del Juego de Galicia (SGJG) para la explotación del juego de boletos, que se hizo "antes de la promulgación y entrada en vigor de la ley que iba a regular dicho juego en Galicia".

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