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'Geringonça' española

La postura que adopte sobre las imposiciones económicas de Bruselas marcará buena parte del futuro del nuevo Gobierno de coalición en España
Sánchez e Iglesias. EFE
Sánchez e Iglesias. EFE

NADA MÁS ser investido presidente Pedro Sánchez, al primer Gobierno de coalición de la democracia española ya le salieron comparaciones por todos los lados. Dejando a un lado algunas más bien desafortunadas, hubo dos que me llamaron la atención: la de aquellos que ven en el gabinete de PSOE y Unidas Podemos una reedición del bipartito PSdeG-BNG que gobernó Galicia entre 2005 y 2009; y la de los que opinan que el pacto español se parece más bien a la geringonça, la alianza entre comunistas, Bloco y socialistas que permitió a Antonio Costa gobenar el país vecino entre 2015 y 2019. Un experimento, por cierto, muy admirado por el propio Sánchez, que cuando empezó a ver que no le salían las cuentas tras la moción de censura en la que apeó a Rajoy siempre apeló a reeditar en España el pacto a la portuguesa para desbloquear la situación.

En realidad, es pronto para decir si el Gobierno de España tirará más bien al bipartito o a la geringonça, palabra que puede tener un significado más positivo de improvisación o más despectivo de chapuza. Lo que para nosotros, en Galicia, sería una trapallada de toda la vida.

Las diferencias con Portugal

De arranque, el pacto portugués es diferente al español en la forma. Allí, Costa gobernó con el apoyo externo de comunistas y Bloco, que no se llegaron a integrar en el Ejecutivo como sí ocurre aquí con Unidas Podemos. Y también hay diferencias notables en el contexto, dado que, aunque Portugal comparte muchos de sus males con España —crisis demográfica, desigualdad, precariedad laboral, desequilibrio interior-costa...— no sufre las tensiones territoriales españolas, que no solo marcan la agenda sino que condicionan la acción de un Ejecutivo que plantó sus cimientos en ese terreno inestable llamado Cataluña.

Sin embargo, la clave de que el tándem de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se parezca o no a la geringonça lusa estará en la postura que adopten con respecto a las exigencias de la Unión Europea en materia económica. Porque si hubo una señal de identidad de la alianza de la izquierda portuguesa entre 2015 y 2019 fue su desafío a la troika: Portugal rompió con el corsé de la austeridad, aplicó sus propias recetas —más basadas en fomentar el crecimiento que en el recorte del gasto— y obró una suerte de milagro en el que logró cumplir con las duras exigencias impuestas por la UE para devolver un rescate de 78.000 millones de euros. El desafío de Portugal a Europa funcionó tan bien que hasta Bruselas acabó felicitando el buen hacer del Ejecutivo luso.

Ahora, falta saber si Sánchez se atreverá a dar ese paso al frente como lo dio Costa o si, por contra, se plegará a la troika, que ya en su momento puso la lupa en el proyecto económico y presupuestario diseñado por el PSOE alertando de un desvío multimillonario entre los gastos y los ingresos.

El diseño de su Ejecutivo, con ministros con un pasado en la maquinaria administrativa europea y con buen feeling con las autoridades continentales, apunta más bien hacia lo contrario: a que España andará ao rego de lo que dicten desde Bruselas, lo que puede suponer un problema importante para el proyecto de coalición a la hora de conseguir todos los recursos que necesita para cumplir con las promesas firmadas para desbloquear la investidura.

La clave es la de siempre: el dinero

Al final, el funcionamiento de las cosas exige echarle billetes. Y algunos de los compromisos del nuevo Ejecutivo español necesitan bastantes. La capacidad para generar recursos es limitada y tiene dos vías: la que marca Europa, que es recortándolos en otro sitio o friendo a los ciudadanos a impuestos; o la que usó Portugal, que no solo se limita a la austeridad sino que busca fondos a través de la reactivación de la economía y el crecimiento: más dinero en la sociedad y las empresas equivale a más consumo, más empleo y más ingresos por la vía de los impuestos. El camino que adopte el nuevo Ejecutivo español en este sentido puede resultar determinante para su éxito futuro. El tiempo dirá si la primera coalición estatal de izquierdas acaba pareciéndose al bipartito de la Xunta, que tuvo sus aciertos y sus fallos pero que estuvo caracterizado por una desconfianza mutua entre los socios que acabó por duplicar el Gobierno; o a la geringonça de Portugal, que aunque no se reeditó tras los comicios de 2019 pasará a la historia más como una improvisación exitosa que como una trapallada made in Spain.

A Tone se le despeja el camino para las gallegas 

LA DESIGNACIÓN de Yolanda Díaz como ministra de Trabajo del nuevo Gobierno le desbroza el camino a su compañero de filas en el Congreso, Antón Tone Gómez Reino, para convertirse en candidato a la Xunta de la coalición de Podemos y Esquerda Unida —y posiblemente de la parte oficial de Anova—. Si ya había gestos, comentarios y movimientos que apuntaban a la figura del coruñés, líder de Podemos Galicia, como aspirante de lo que hoy se llama Galicia en Común, la salida de Díaz le deja vía libre a Tone, aunque haya que disfrazarlo con primarias. Eso sí, le convendría empezar a dejarse ver más por Galicia, ya que fuera de A Coruña es un político totalmente desconocido.

Miniministerios, de fiasco a oportunidad

EL NUEVO Ejecutivo estatal, con 22 ministerios, es el segundo más nutrido de la historia de la democracia. Como en cualquier equipo de coalición, la necesidad de repartir puestos obligó a desdoblar algunas carteras tradicionales, lo que desembocó en la creación de una serie de miniministerios que, de arranque, tendrán un peso muy limitado en la acción política diaria. El mejor ejemplo es el de Consumo, de Alberto Garzón, que se queda sin comptencias en comercio, turismo o alimentación; o el de Universidades de Manuel Castells, al que poca parcela le queda con la educación en otro ministerio y mayormente transferida a las comunidades. Incluso la cartera de Yolanda Díaz, la de Trabajo, queda descafeinada sin Seguridad Social. Sin embargo, lo que de arranque puede parecer un fiasco político para contentar a la cuota de Unidas Podemos, puede convertirse en una excelente oportunidad: ministerios que no generan ni un solo problema, no desgastan y, para colmo, dejan tiempo a sus titulares para el lucimiento electoralista.  

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