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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Cantó en la escalera

Cantó. EP
Cantó. EP

COMO TAMPOCO estoy seguro de la necesidad de escribir este artículo, porque parte de un absurdo evidente, lo voy a poner fácil para quien quiera ahorrárselo. En realidad, a este artículo le pasa como a los diez mandamientos aquellos, que pueden parecer muchos pero se resumen en dos: Toni Cantó es un cretino que hace alarde de su idiotez, pero tenemos que aguantarlo así porque también es criatura del mundo. Esto es lo fundamental, el resto es solo castellano prescindible.

Siendo ampliamente compartido y escasamente discutido lo de la idiotez del diputado de Ciudadanos, viene al caso insistir a cuenta de su intervención esta misma semana en el Congreso. Este payaso triste se subió al escenario para asegurar lo siguiente: «Es un hecho que el castellano ha desaparecido de lugares como Cataluña, como Baleares, como la Comunidad Valenciana, como el País Vasco o como Galicia». No sé en el resto de los casos, aunque me imagino que pasará tres cuartos de lo mismo, pero por lo que respecta a Galicia no se me ocurre una fórmula mejor para ofender de una vez a toda una comunidad y a sus habitantes sin excepción, sean del color, la forma, el pensamiento o el idoma que sean. Bueno, voy a excluir por si acaso a los del comando Galicia Bilingüe, no quiero ser maximalista y también son criaturitas del mundo, los pobres.

Salir a la tribuna del Congreso de la nación a defender que «es un hecho que el castellano ha desaparecido de Galicia» implica no solo reconocer que no tienes la mínima idea de la realidad gallega, sino que además te la suda y que has decidido tomar a todos los gallegos por idiotas, aplicando aquello del ladrón y su condición, en castellanísimo refrán.

Y eso que no se puede ser más castellano, lingüísticamente hablando, que yo. Nací y aprendí a hablar y a escribir a cinco minutos de San Millán de la Cogolla, en los mismos campos por los que Gonzalo de Berceo escuchaba aquel román paladino que el pueblo hablaba a su vecino. Cuando llegué a Galicia, hace veintiséis años, no conocía de esta tierra y esta cultura otra cosa que el acento exagerado con el caricaturizaban en la tele a los gallegos, probablemente lo mismo que conoce hoy en día Toni Cantó. En todo este tiempo aún estoy por tener el primer problema por el uso del gallego o el castellano, tal vez porque, a diferencia del diputado clown, siempre he visto el idioma, cualquiera que sea, como una oportunidad y no como un problema. Eso me lo han enseñado los gallegos.

Pero es que ni siquiera puedo presumir de que sea mérito mío, porque en todos estos años Galicia ha sido mucho menos exigente y mucho más comprensiva conmigo de lo que yo he sido con ella. Debería haberme exigido más, era lo justo. En cambio, he completado más de cinco lustros dedicado al periodismo, al oficio de la comunicación, sin un solo problema derivado del idioma. Y alguno debería haber tenido, aunque solo fuera por mi torpeza y mi falta de actitudes.

Con mi castellano atropellado y mi gallego a trompicones he cubierto noticias por toda la comunidad y he entrevistado a personas de todo pelaje, desde analfabetos a catedráticos, pasando por deportistas, escritores, delincuentes, científicos, donnadies, artistas o políticos. Entre estos últimos, por ejemplo, a tres presidentes de la Xunta, y al único que me costó entender fue a Fraga, pero no porque hablara en gallego o castellano, sino porque en esa etapa ya solo le interesaba hablar consigo mismo.

Diría que si algún problema tienen los gallegos con la lenga, lo tienen con la suya propia

Diría que si algún problema tienen los gallegos con la lengua, lo tienen con la suya propia. Si algo sorprende a los que nos refugiamos en esta tierra es el escaso aprecio y orgullo por el gallego que a veces muestran los propios gallegos. Empezando por las instituciones, muchas veces pacatas y cobardes en su apoyo y en sus inversiones, pero siguiendo por muchos gallegos que todavía no se han conseguido sacudir algunos complejos.

Así que el réquiem de Toni Cantó por el castellano en Galicia solo puede deberse, deduzco, a la inestable aleación de estupidez, ignorancia y desinterés. Es muy probable que todo el conocimiento que el señor diputado tenga de nuestra realidad sea un acento caricaturesco de escuela cutre de interpretación y su tópico adosado, el del gallego y la escalera. Él nunca dará para el papel, porque la escalera lo delata: Cantó siempre está bajando, en un permanente descenso al sótano de la idiotez.

Cantó en la escalera
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