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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Falta fe

Con tanta momia exhumada, tanto abogado cristiano y tanto blasfemo, el país apesta a rancio

Blasfemo. EFE
Blasfemo. EFE

LLEVAMOS unos días que las noticias, quizás el país entero, huelen a rancio, como si el ambiente hubiera sido tomado por ese olor a polvo viejo acumulado que aparece cuando se ventila una casa que llevaba muchos años cerrada o cuando se limpian los altillos de los armarios en una de esas llamadas a arrebato de limpieza cuando acaban el invierno o el verano. A lo mejor solo es eso, que estamos de limpieza, ventilando, y todo es para bien aunque ahora no nos lo parezca.

El caso es que huele a viejo. Las teles están llenas de momias, de fachas que se revuelven en sus tumbas de privilegios, voceros ajados y arrugados que dicen representar a la mayoría de la nación y que en sus vigilias por cualquier tiempo pasado no llenan ni un autobús, que ellos ven como la avanzadilla de un nuevo alzamiento y el resto, como una triste excursión parroquial al Valle de los Caídos.

Lo suyo hubiera sido reclamar que la cosa de la blasfemia se sustanciara en un juicio de dios por combate

Tenemos, por tener, hasta un titiritero detenido por blasfemia, todo muy mustio, antiguo, casi medieval. Cuando lo sacaron del calabozo y lo llevaron ante el juez, me llevé una gran desilusión: era un juzgado moderno, de los normales, del que salió en libertad sin más, vaya decepción. Yo, por las circunstancias, había imaginado algo mucho más a tono, tal vez un tribunal inquisitorial o incluso una ordalía, uno de aquellos juicios de dios que en la Edad Media dictaminaban la culpabilidad o la inocencia en base a la capacidad del acusado de agarrar hierros candentes o de mantener sus manos sobre el fuego.

Pero no, fue una chufla de comparecencia sin más sustancia que el ruido, que no fue poco. Yo creo que fue por la falta de arrojo, de fe, de voluntad mártir de Polonia Castellanos, la presidenta de la Asociación Española de Abogados Cristianos y denunciante en este caso. Lo suyo hubiera sido reclamar que la cosa de la blasfemia se sustanciara en un juicio de dios por combate, como en la Edad Media, un enfrentamiento a caballo, lanza y maza contra Willy Toledo en el que el mísmisino dios pudiera otorgar la victoria y la razón a quien la tuviera.

Pero parece, ya digo, que a la abogada cristiana le faltó fe. Otra decepción con aroma a rancio. Cuando yo supe de estos Abogados Cristianos pensé que la Iglesia católica española había comenzado a modernizarse empezando por crear una especie de Páginas Blancas para fieles, en plan Escayolistas Cristianos, Agentes de Seguros Cristianos, Ingenieros Cristianos, Soldadores Cristianos y así todo, una guía de profesionales para devotos que a lo mejor incluso te hacían descuento si presentabas fe de bautismo o certificado parroquial correspondiente. Pero no, solo hay Abogados Cristianos y no hacen descuentos a creyentes para sus cosas del día a día. A lo mejor sí para denunciar a un infiel o a un sarraceno o a un pentecostal, pero no para las cosas del convivir, como un problema con el perro del vecino o una multa de tráfico.

Seguí consultando y vi que tampoco habían tenido presencia alguna en casos de violaciones de menores por parte de curas, mujeres discriminadas, bebés robados, pobres sin futuro o refugiados sin refugio, nada que tenga que ver con la defensa de los derechos de algún colectivo necesitado. Por ello deduje que en realidad lo importante para ellos, lo que realmente les definía, tampoco era lo de cristianos, sino lo de abogados. Vamos, que son puro postureo, la macarrada de toda la vida en este país de «no sabe usted con quién está hablando». Ellos, intuyo, no se quieren significar por lo de cristianos, sino por lo de abogados: te denunciamos porque podemos y porque no nos cuesta un euro porque hemos estudiado y tenemos un título porque nuestros papás nos lo han pagado, mientras que tú, aparte de blasfemo, eres un rojo de mierda que no tienes dónde caerte muerto.

Se ve que la vertiente cristiana de su nombre han decidido centrarla por el lado de los pecados capitales en lugar de en las virtudes cardinales: es una mezcla de soberbia y vanidad impúdica, solo para que les hagamos casito porque son abogados. A lo mejor, vete tú a saber, son todos licenciados en la Rey Juan Carlos I que como durante los estudios no tenían mucho que hacer decidieron formar una fraternidad y ahora se niegan a crecer, a madurar, como los tunos pero en plan meapilas.

Carece de sentido que la pena sea poco más que una multa: habría que contemplar latigazos, abrasar la lengua del blasfemo 

Me da lo mismo, de cualquier modo, porque yo aquí he venido a hablar de mi libro. De mi tesis, en este caso, si todavía se puede decir tesis sin que venga alguien a escudriñarte hasta las notas de EGB. Yo estoy en contra de los que opinan que un delito de blasfemia, camuflado del modo que se elija, en un Código Penal del siglo XXI no tiene sentido y que habría que eliminarlo; yo, sin embargo, creo que lo que urge es revisarlo para actualizarlo y acomodarlo a la realidad del país.

Primero, carece de sentido que la pena sea poco más que una multa: habría que contemplar latigazos, abrasar la lengua del blasfemo con hierros candentes, crucifixión o, para los menos dispuestos a la contrición, la siempre agradecida hoguera, cuya puesta en escena no ha sido superada a nivel estético en siglos de matarnos los unos a los otros de las maneras más imaginativas por los motivos menos pensados.

Por último, pero no menos importante, podríamos vender los derechos televisivos de los combates

Y segundo, hay que restablecer las ordalías, los juicios de dios con combate, porque serían la solución de varios problemas serios del país a la vez, el principal ligado a la diabólica costumbre de cagarse en dios, en la virgen, en el espíritu santo, en los profetas, en los chakras o en las lorzas de Buda. Pero es que además podríamos establecer como escenario oficial para estos torneos la inmensa explanada del Valle de los Caídos, ahora que van a quitar los trozos putrefactos de Franco, y encargar la organización y el arbitraje a los venerables benedictinos que ahora lo habitan, con lo que se daría al lugar un uso muy a tono y totalmente integrador.

Por último, pero no menos importante, podríamos vender los derechos televisivos de los combates (supongo que los obispos pujarían fuerte con 13Tv) e invertir el dinero que saquemos en mejorar el sistema de Justicia, que bastante atascado está ya como para perder tiempo y recursos en estas solemnes tonterías.

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