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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Invadir Polonia

Cuando conviertes el odio en un argumento electoral, la pregunta no es si alguien disparará, sino cuándo

NO CONOZCO a Manuel Murillo, a quien alguien que tampoco sé quién es pero que sí lo conoció define como "un tío gracioso y muy despistado, una especie de Woody Allen". Y a lo mejor lo es, aunque lo que sabemos objetivamente es que Murillo es un tipo que acostumbraba a correr carreras de 100 kilómetros y a acumular armas y odios. Dado que no me imagino a Woody Allen corriendo cien kilómetros ni para huir de sí mismo, ni creo que fuera capaz de acertarle con una bala a otra cosa que no sea su pie, supongo que el parecido será con con el Woody Allen de Misterioso asesinato en Manhatan, el que reconocía que no podía escuchar media hora seguida a Wagner porque le daban ganas de invadir Polonia.

Por el retrato que vamos conociendo de Murillo, tampoco parace que él fuera mucho de escuchar a Wagner, aunque sí tenía un mal pronto que lo mismo le daba para invadir Polonia que para disparar contra el presidente del Gobierno, según le cuadrase el día o le reclamase la patria. Porque una cosa sí tiene clara Manuel Murillo: él se considera, ante todo, un patriota. Más problemas tiene a la hora de definir qué es patria, pero eso para Murillo y para el resto de idiotas como él que contaminan las patrias del mundo es algo muy secundario. Cuando uno ha decidido que se puede responder con un tiro, cualquier pregunta es prescindible, una provocación.

Murillo está ahora en prisión, obligado a buscar desarmado esas respuestas que hasta ahora eran innecesarias. Y claro, no se le da bien, debe de ser por la falta de costumbre Lo han detenido por tratar de montar una conspiración para cargarse a Pedro Sánchez, un rojo que quiere sacar a Franco del Valle de los Caídos. Que una persona considere que un gesto como este amenaza su patria y que esta le exige que asesine a otra persona para evitarlo ya dice todo sobre esa persona y sobre su concepto de patria: es un iluminado, un idiota con una misión, la clase de necio más peligrosa.

Cuando fue detenido se le encontraron en su poder 16 armas y munición para mantener a una guerrilla africana. La mayor parte de ellas eran para practicar tiro, pero varias eran armas para matar, algunas transformadas por él mismo. En los chats que compartía con otros patriotas de la confusión presumía de portar siempre encima una pistola y en el coche se le encontraton otras dos. Supongo que lo normal para salir a tomar unas cañas, nunca se sabe cuando se va a tener que invadir Polonia.

Murillo, un sesentón hijo del último alcalde franquista de su pueblo, catalán de Tabarnia y de vocación ultra, tanto para correr como para pensar, se había radicalizado tanto que quien dio la voz de alerta que permitió a las Fuerzas de Seguridad llegar hasta él fue una dirigente de Vox con la que compartía grupo de Whatsapp y a quien pidió apoyo logístico para atentar contra Pedro Sánchez.

Sin embargo, una buena parte de los medios de comunicación de este país y los simpatizantes de la derecha en la que identifican nexos comunes Vox, Ciudadanos y PP han puesto todos sus esfuerzos en minimizar la noticia y blanquear los hechos. Aprovechando las aristas más ridículas del perfil de Murillo, que una vez detenido se apeó de inmediato de su patriotismo y aseguró ante el juez que lo único que quería era quedar de machito y camelarse a la dirigente de Vox del chat, la mayor parte de esos simpatizantes y esos predicadores de los medios han retratado al acusado como un simple desequilibrado sin mala intención ni peligro alguno, que no hubiera sido capaz de acertar a nadie pese a que practicaba tiro olímpico. Han querido reducir su arsenal, además, a unas cuantas carabinas de aire comprimido inofensivas, ignorando para ello varias pistolas, escopetas, un Cetme y un subfusil ametrallador Skorpion vz.61, capaz de abril un enorme agujero en la conciencia de cualquiera de ellos a más de mil metros de distancia. Uno de los altavoces más potentes de la patria a la que creía servir Murillo llegó a pedir desde su programa radiofónico que Vox expulsara a la militante que denunció al tirador, por traidora.

Siendo esto rastrero, no podían hacer otra cosa. Lo contrario hubiera sido reconocer que si este tipo de personajes son ahora más reales que hace unos meses es porque la derecha de Vox, Ciudadanos y PP, secundada y hasta jaleada por sus medios afines, ha abrazado el odio como estrategia electoral. Hemos de suponer que Murillo no será ahora especialmente más idiota que antes, pero si es más peligroso se debe a que lleva meses escuchando a representantes políticos en los parlamentos, opinadores en los medios y ciudadanos en las redes sociales hablar de golpes de Estado, de gobiernos ilegítimos, de rojos entregados al nacionalismo y de representantes electos pactando con terroristas. La simple existencia revelada de Manuel Murillo los señala, aunque no los avergüence porque sus conciencias, como sus patrias, son de trapo.

La pregunta no es si Murillo hubiera atentado o no de haber podido contra el presidente del Gobierno, ni siquiera si esta loco o es un iluminado. Lo que debemos preguntarnos es qué estamos haciendo y en qué sociedad nos hemos transformado para que a un idiota cualquiera se le ocurra siquiera pensar que la mejor manera de ligar es anunciar un atentado. Si conseguimos que la respuesta no sea otro tiro, a lo mejor estamos a tiempo de evitar que algún patriota tarado invada Polonia.

Invadir Polonia
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