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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Joyce y Frank

Pendientes de lo inmediato, olvidamos que la vida se compone en su mayor parte de historias que merecen contarse

Joyce y Frank viviendo. AEP
Joyce y Frank viviendo. AEP

EN LA FOTO ambos visten impecables, al estilo que tienen los ingleses de vestir impecables: él, en un traje triste y estirado roto por una rosa blanca; ella, con un estampado desaforado, como de misa de domingo de las patronales. Ambos, radiantes. Se besan en un beso tierno pero casi descuidado que hace que las arrugas bien ganadas de sus cuellos se oculten entre sus tendones tendidos como arbotantes; un beso miles de veces repetido, miles de veces deseado.

Joyce y Frank Dodd vuelven a aparecer entre mis notas de noticias y temas que un día pudieron ser y que perdí entre la urgencia y la inmediatez, olvidando lo importante. Justo ahora, mientras rebusco un tema que me resuma el año o me lance los propósitos del que viene, mientras vuelvo a oscuros informes sobre recortes y pobreza y corrupción y censura y política —como si no fuera todo lo mismo—, esta bendita pareja regresa para recordarme que la vida, casi siempre, merece la pena.

Y eso que 2017 tampoco ha sido el mejor año para Joyce y Frank. Murieron el 8 de abril pasado, en el centro sanitario donde estaban ingresados en el condado de Kent, en Reino Unido. Ella tenía 97 años y él, 96. Murieron de la mano, con apenas unas horas de diferencia, poco después de celebrar sus 77 años de casados.

Murieron de la mano, con apenas unas horas de diferencia, poco después de celbrar sus 77 años de casados

No lo sé, pero hasta quiero pensar que a lo mejor 2017 tampoco ha sido su peor año. 97 años de vida y 77 de matrimonio dan para mucho de todo, quizás hasta para pensar en el final con perspectiva y cierta condescendencia. Quién sabe si hasta sin rencor.

Dicen las crónicas que tenía guardadas en mi agenda de aquel día que murieron que se conocieron cuando tenían 14 años y que se casaron cinco años después en una iglesia del centro de su ciudad natal, en Gravesend. Era aún 1940 y al siglo XX le quedaban unos cuantos disgustos que dar antes de arrojarnos en la hoguera del XXI. Entre ellos, otra jodida guerra mundial, la segunda, que Frank se comió enterita en los frentes de Italia y África; cinco años de soledad, angustia, privaciones y esperas para Joyce.

A lo mejor cinco años no son muchos en un total de 77, pero a las malas bien llegan. Luego vendrían otros mejores, e incluso alguno peor, quién sabe, y muchos que ni fu ni fa, de esos que se va comiendo la rutina que conforma el grueso de lo que en general llamamos vida. Les dieron, en cualquier caso, para cinco hijos, doce nietos, diez bisnietos y dos tataranietos. Entre tantos, es de esperar que alguno les saliera bueno.

Las crónicas que yo había guardado son una traducción de la publicada por el diario local Kent Online, a la que una de las hijas de la pareja contó sus últimos días más o menos así: "Hace unos meses, Frank empezó a sufrir una insuficiencia cardíaca. Estuvo cinco semanas en un centro asistencial antes de ser hospitalizado definitivamente. Su esposa iba cada día a visitarlo, hasta que enfermó ella también. Joyce fue ingresada en el mismo hospital, pero una planta más arriba de donde estaba su marido".

Lo que no pudo romper ni una guerra ni una vida no lo iba a conseguir una simple planta de diferencia, así que el personal del hospital, conociendo que acaban de cumplir 77 años de casados, se ofreció a mover las camas para que estuvieran uno junto a otro. "Fueron más allá de lo que podríamos haber esperado", reconocía la hija, que a esas alturas ya tenía 75 años, "y fue muy especial. Trajeron a papá arriba, y así pudieron darse la mano". Frank murió en la madrugada del día 8 de abril; esa misma tarde, se despidió Joyce. "Disfrutaron 77 años de feliz matrimonio y en los últimos años, cuando su salud empeoró, siguieron cuidando el uno del otro y fueron juntos hasta el final" , contaron sus hijos.

Supongo que ningún año es bueno para morir, pero no me importaría que cuando me llegue el momento sea parecido. Me pregunto ahora que este año se nos está consumiendo cuántas historias como esta hemos dejado pasar entre tanta mierda que enlatamos los medios de comunicación. Todavía quiero pensar que son, esta y tantas otras parecidas, las que conforman la mayor parte de lo que llamamos vida, que muchas veces confundimos con eso otro que decimos actualidad y que no tiene nada que ver. Porque la actualidad solo configura el momento, a veces ni eso.

Sé que 2018 estará también lleno de corrupciones, de muertos, de guerras, de miseria, de hijos de puta con toda la cuerda dada... Pero seguirán siendo muchas más las historias de entrega, de amor, de solidaridad, de rutina... de vida. Aquellas que, entre tanta basura, siguen haciendo que cada momento siga valiendo la pena.

Me conformaría como propósito con conseguir no dejar morir 2018 con esas historias olvidadas en una agenda rodeadas de mala baba, resentimiento y miedo, de momentos insignificantes en los que lo urgente y lo inmediato oculta lo importante. Me conformaría con vivir 2018 como Joyce y Frank supieron vivir ese momento que les duró 77 años.

Joyce y Frank
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