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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Los confines de la ignorancia

No podemos menospreciar nunca el peligro que supone un idiota orgulloso de su ignorancia para cualquiera que esté cerca

Antídoto contra la idotez
Antídoto contra la idotez

YA ME he puesto a ahorrar, con tiempo para que no me pase como siempre. Aún no hay fecha fijada, pero se anuncia para 2020. Tampoco se sabe el precio, pero sospecho que estará a la altura del desafío que se anuncia: "La aventura más grande, audaz y mejor hasta la fecha". Vale que no es aquel anuncio de "se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo... No se asegura regreso..." que puso Ernest Shackleton para buscar acompañantes para su expedición a la Antártida, pero le falta muy poco. Y hay que reconocer que los organizadores tienen mejor visión empresarial: no hay sueldo, ni escaso ni abundante, aquí los que pagan son los interesados.

El destino es el mismo, la Antártida, pero no la que conoció Shackleton, sino una que se levanta como un inmesa pared de hielo en los confines de nuestro planeta y que, según los organizadores del viaje, lo circunda y ejerce de muro de contención para que los océanos no se vacíen y los terrícolas no salgamos despedidos hacia el espacio exterior o lo que sea que haya ahí fuera. Bueno, puede que esto tampoco sea del todo así, porque "nadie ha estado muy cerca del muro de hielo y ha regresado para contar su viaje".

Uno supondría que, en estas circunstancias de incertidumbre, peligro y épica lo más adecuado sería un buque sólido y armado lleno de soldados, exploradores y científicos con más aprecio por el conocimiento que por sus propias vidas, pero es que en esta odisea nada se puede dar por supuesto: la aventura más audaz hasta la fecha se completará en un crucero al que se podrá subir todo el que pague. El premio, sin embargo, sí estará a la altura de las espectativas: tocar con sus propias manos el muro de hielo que confirmará de una vez por todas que la Tierra es plana.

Pues eso, un crucero al fin del mundo, un pastón. Aunque, sea lo que sea, será poco. Para hacernos una idea, la empresa organizadora, Kryptoz Media, cobró hace unos meses 300 euros a cada uno de los más de 600 asistentes a la segunda Conferencia Internacional de la Tierra Plana, lo que me parece una cantidad muy razonable teniendo en cuenta que, dada la evidente estulticia de sus clientes, podrían pedir mucho más. Si un crucero por el Mediterráneo, que es un charco, sale ya por un pico a poco que toque un par de puertos de moda, uno al fin del mundo, que a lo mejor no puede atracar hasta que aviste Reticulín, tiene que valer mucho dinero.

No sé si me dará tiempo a ahorrar lo suficiente, pero en cualquier caso la idea de llenar un crucero con centenares de personas que en pleno siglo XXI siguen convencidas de que la Tierra es plana porque lo dice la Biblia y mandarlo a los confines del mundo, estén donde estén, me parece un acierto termine como termine el viaje. Sobre todo si termina en epopeya.

Hay algo de justicia poética en la estafa descarada que encierra este viaje, pero solo porque el castigo a la ignorancia cultivada de estos viajeros solo lo van a sufrir ellos. Ojalá fuera siempre así, pero no podemos menospreciar nunca el peligro que supone un idiota orgulloso de su ignorancia para cualquiera que esté cerca. El tonto, ya se sabe, no descansa nunca y no es bueno ni para sí mismo.

Un ejemplo perfecto lo tenemos en la sentencia que acabamos de conocer en la que una jueza catalana apoya la decisión de una guardería municipal de no conceder la plaza a un niño al que sus padres se niegan a vacunar, alegando "derecho a la libertad ideológica". Los padres forman parte de ese incipiente movimiento antivacunas que se está nutriendo de la facilidad para el contagio que proporcionan las redes sociales al virus de la ignorancia. La jueza determina que si los padres no quieren vacunar al niño, allá ellos, pero que el resto de la población no tiene por qué asumir los riesgos de su decisión.

Recuerda la jueza en su sentencia que no hay un solo dato científico que avale la posición de esos padres, sino todo lo contrario, y que al dejar de vacunar al niño se pone en riesgo la inmunidad del grupo, lo que sitúa en riesgo de muerte a otros niños que no pueden vacunarse pero por problemas alérgicos o de salud, no por el capricho de unos padres irresponsables.La sentencia es impecable, pero a la vez alarmante. Lo es por el simple hecho de que sea posible presentar una denuncia así, de que sea posible negar a tu hijo los beneficios de una vacuna sin mayores consecuencias que la negativa de una plaza en una guardería pública. Es alarmante porque ese niño sigue sin ser vacunado ni hay ley alguna que obligue a esos padres a inmunizar a su hijo, ese niño ha quedado desprotegido no solo ante los virus y bacterias, sino ante la peligrosa ignorancia de sus padres. En unos momentos en los que, por ejemplo, las leyes protegen a los menores hasta el punto de que sus padres pueden ser procesados por el simple hecho de darles un cachete por portarse mal, sin embargo no tenemos modo de actuar contra otros que están poniendo en evidente riesgo vital a su hijo.

No me preocupan en absoluto esos padres antivacunas, por mí como si se suben a ese crucero de terraplanistas y no vuelven, pero deberíamos tener manera de proteger a esos niños de la estupidez de sus mayores, de ejercer de muro contra la ignorancia. Más que nada porque ellos también se merecen la oportunidad de crecer, hacerse adultos y demostrar que pueden llegar a ser tan idiotas como cualquiera de nosotros. Incluso como sus padres.

Los confines de la ignorancia
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