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Requiem 23.06.96

"En casa se ha dado de baja el 23.06.96. No ha habido una última llamada con todos de pie en señal de respeto. Ninguna ceremonia para despedir una línea que fue nuestro tercer apellido durante cuarenta años"

FUE EL PRIMER número que aprendí y será el último que olvide, aunque lo único que sonaría si lo marcase serían recuerdos. En casa se ha dado de baja el 23.06.96. No ha habido una última llamada con todos de pie en señal de respeto. Ninguna ceremonia para despedir una línea que fue nuestro tercer apellido durante cuarenta años.

Como en toda familia numerosa, a mis padres les obsesionaba la idea de extraviar algún un hijo y tan pronto como aprendimos a hablar, nos grabaron en la memoria esos seis números, una especie de seguro de vida que nos devolvería a casa sanos y salvos.
El teléfono, como en tantos pisos, estaba en la entrada y, en cuanto sonaba, mis hermanas y yo corríamos por el pasillo, compitiendo por descolgar y soltar a los amigos del otro alguna barbaridad. A mí me encantaba saludar a las remilgadas compañeras de Rebeca diciendo que la disculpasen, pero una descomposición incontrolable la mantenía atornillada al váter.

​En la mesilla del dormitorio, mis padres instalaron un supletorio, la propia palabra me transporta a aquellos años de moqueta y papel en las paredes. Cuando los primeros novietes de mis hermanas llamaban, yo espiaba sus conversaciones desde ese segundo teléfono y, en el momento adecuado, soltaba una pedorreta que hacía saltar por los aires el ambiente meloso de la conversación.

Mi padre, que desde su jubilación ha hecho del móvil su planeta, vio siempre una amenaza en el fijo, un intruso que solo tenía derecho a sonar en circunstancias excepcionales. "Eso está para dar recados",  refunfuñaba, preguntándose cómo era posible que tuviese tanto que contar a un amigo al que había visto media hora antes. Nunca entendió que treinta minutos son una era en la vida adolescente.

Al lado del aparato, me entretenía con las agendas de mi madre, descifrando su caligrafía desfigurada, maravillándome con los números interminables de Argentina o adivinando a qué provincia correspondían los prefijos.

Cada sábado y domingo, telefoneaba a mis amigos buscando un plan. No éramos una pandilla pequeña y decidir algo tan sencillo como ir al cine o a la piscina exigía rondas de llamadas. Desde el salón, mi padre seguía furioso mis labores de protocolo, imaginándose la factura. No sé cuántas veces marqué aquellos números, pero todavía hoy, que miro la agenda del móvil para dar el mío, recuerdo muchos de esos teléfonos.

¿Se puede sentir pena por un número? Qué idea más cursi. Un número asignado, no elegido. Qué importan todas las agendas y formularios oficiales en los que aún debe figurar, los cuadernos y brazos escayolados, donde los escribimos a rotulador, las notas deslizadas entre pupitres… Un número es solo un número, aunque decirlo fuese a veces una confidencia, una invitación o el principio de algo importante.

A través del 23.06.96. no sólo pedí mi primera pizza, hice estúpidas bromas tapándome la boca con un pañuelo o llamé al cine para consultar la hora de una sesión; también compartí secretos inconfesables, escuché problemas que entonces parecían grandes dramas y descubrí la voz de parientes lejanos que no he llegado a conocer. En definitiva, a través de aquella línea mantuve conversaciones imprescindibles durante unos años en los que cada llamada anunciaba una noticia decisiva.

Requiem 23.06.96
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