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Alicia

TENÍA grandes esperanzas puestas en mi último viaje pero no tantas. Había aprendido la lección: camiseta de manga larga y jersey en la mochila. Sucede que Renfe tiene cierta tendencia a confundirnos con mercancías frescas y los vagones de sus trenes tienen algo de cámaras frigoríficas. Algún día, en lugar de pedirnos el correspondiente billete, los revisores se limitarán a comprobar el brillo de nuestras entrañas, como hace mi abuela con las merluzas. El caso es que iba bien abrigado, como digo, y feliz por ocupar una plaza junto al pasillo, lejos de las ventanas chupa sueños y de esa zona en la que cuatro pasajeros luchan a muerte por estirar un poco las piernas, una experiencia tan macabra como recomendable, el perfecto recordatorio de que no todo el mundo se puede permitir las comodidades habituales del primer ídem. Coloqué mi equipaje en la zona indicada, me até el jersey a la cintura, y salí al andén con idea de fumarme un último cigarrillo con el que mantener a raya al mono salvaje que llevo dentro.

aliciaAl regresar, ya en paz con mis adicciones, descubrí que la buena fortuna me había concedido a una bella ancianita como compañera preferente de viaje. Hay algo en esos rostros arrugados y hermosos que me perturba de un modo agradable, una sensación que me recuerda a las hostias que robábamos de pequeños en la sacristía para luego comérnoslas untadas con nocilla. Tenía algo de Jane Fonda y algo de Adelina, una viejita que nos perseguía por el pueblo haciéndose pasar por bruja, tan arrugada y enlutada que a nadie se le ocurría pensar en otra posibilidad. Yo le sonreí mientras tomaba asiento a su lado y ella me correspondió con un movimiento leve de cabeza, como si consintiera mi compañía y tolerara mi peste a tabaco, evidente pese a los chicles de menta y un exceso de Loewe número 7. Estuvimos algunos minutos en silencio, haciéndonos los ocupados con el móvil yo y con un ejemplar de la revista Hola ella, hasta que el tren arrancó y sentí su mano posarse sobre la mía: "¿Rezas conmigo?", me preguntó en voz baja, como si me estuviese proponiendo matar al maquinista. Y yo contesté que sí sin pensármelo dos veces, recordando aquel clásico de mi madre sobre las misas obligadas: "mal no te van a hacer".

Comenzamos con un Ave María y luego seguimos con un Padrenuestro, tan acompasados como si lo hubiésemos ensayado previamente hasta alcanzar algo semejante a la perfección. Luego nos persignamos, mantuvimos fija la mirada en el reposacabezas del asiento delantero durante unos segundos y, finalmente, nos sonreímos. "Me llamo Alicia, por cierto", dijo ella ofreciéndome su otra mano. Aquello me hizo pensar en que no conviene mezclar lo sagrado con lo profano, el negocio con el placer: para algo tenemos un par de ellas, carajo. "Yo me llamo Rafael, encantado de conocerla", contesté. Y es que algo me decía que ante una dama de semejante belleza y dignidad no puede uno presentarse con un vulgar diminutivo de torero o futbolista. Me contó que iba  camino de Zamora para pasar unos días con su hija, sus cuatro nietos y algo parecido a un yerno del que no me creé la mejor de las impresiones por razones obvias. Su marido había muerto muy joven -"se cayó por el hueco de un ascensor mientras revisaba una obra, era muy despistado"- y ella decidió no volver a casarse, primero por una cuestión casi religiosa pero finalmente por pura comodidad: "Se vive muy bien sola si se puede elegir el tipo de soledad, ¿sabes lo que quiero decir?". Contesté que sí pero solo por intentar estar, una vez más, a su altura... ¡Qué voy a saber!

Una voz despersonalizada anunció la próxima parada: Zamora. Alicia me volvió a coger de la mano y me dijo que había sido un viaje muy agradable, que debería contarlo en alguno de mis artículos -sí, no pude resistir la tentación de hablar sobre mí- y en esas estoy: intentando hacerle justicia a uno de esos momentos que solo sirven para confirmar que no tienes el talento suficiente para escribir según qué historias. Tras despedirnos, decidí entretenerme viendo un capítulo de una serie que me había descargado en el móvil. "¿A dónde van los aviones que no cogemos?", se pregunta Jude Law vestido de Papa. “Creo que van a lugares que desconozco, en los que nunca he estado”, se responde a si mismo mirando al cielo. Y entonces caí en la cuenta que aquel tren con destino a Pontevedra me había trasladado, en realidad, a un destino diferente: Alicia. Quizás sí haya un dios, después de todo. Ella así lo cree -y también Jude Law en The Young Pope- así que no seré yo quien los contradiga, no al menos hasta llegar a Ourense.

Alicia