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LLEGARON PRONTO AL ESTADIO, como a las cuatro, y se dirigieron a los aledaños del fondo norte, donde se instalan los tenderetes de trapitos y chucherías. A los padres que llevan a sus hijos al fútbol por primera vez se les dibuja en la cara una sonrisa de chicle antiguo, de chicle de a cinco, y a Martín se le salía el almíbar paterno por las comisuras de tan estirada y llena de orgullo que la llevaba.

"¿De qué equipo es esa camiseta, Martina?", le pregunta mientras señala una imitación más o menos lograda de la equipación oficial. "De papi", responde la niña aplaudiéndose a sí misma para regocijo del vendedor, que adivina una venta casi garantizada en aquel incipiente entusiasmo de joven hincha. Al final termina pagando 15 euros por una bufandita con los colores del club y otros 20 por una gorra que el vendedor —perro viejo— coloca sobre la cabeza de la niña para que ya no exista manera humana de arrebatársela. "Gracias, amigo", responde Martín a la entrega de su cambio sin abusar del sarcasmo pero manteniendo el pulso, sin dejarse chulear.

Ha sido demasiado conservador en cuanto al clima y, al poco de instalarse en sus localidades, a la niña ya le sobra la mitad de la ropa, incluida la recién estrenada bufanda que Martín decide atarse a la muñeca. De pronto, como una tormenta eléctrica, estalla un aplauso generalizado cuando el equipo local hace su aparición sobre el césped para comenzar el calentamiento. Martina se queda rígida, con ese miedo paralizante de las primeras ocasiones, hasta que invadida por el reflejo infantil de la imitación también se arranca a aplaudir. Martín la mira con las lágrimas asomando en los ojos mientras bate las palmas con tanto entusiasmo que a punto está de partirse las muñecas.

La niña se arranca a aplaudir y Martín la mira con lágrimas asomando en los ojos

La niña salta sobre su asiento, feliz por haber sabido qué hacer, y el padre aprovecha para inmortalizar el momento con su teléfono móvil, temeroso de que alguien pueda dudar de su palabra cuando se decida a relatar ese momento. "Mira, Martina: los jugadores", le dice elevándola por encima de su cabeza. La niña ríe divertida, puede que más por la altura alcanzada que por esa visión extraña de unos desconocidos dando saltitos. "Otra vez", insiste tirando de la bufandita que cuelga de la muñeca de su padre.

El inicio del partido coge a Martina durmiendo, la cabecita apoyada en el hombro de su padre que se debate entre despertarla o arruinar su ritual de iniciación futbolística. Por fortuna, el juez de línea se encarga del asunto señalando un fuera de juego dudoso que pone a las gradas en pie de guerra. Los alaridos despiertan a la niña que llora abrazada a su padre, un tanto descolocada. "Toma, ¿quieres gusanitos?", improvisa Martín. Siempre funciona, quién sabe si por el nombre pavero del snack o por algún adictivo que incorporan al maíz inflado. La niña se calma, el partido también, y hasta el segundo tiempo, con el primer gol de los visitantes, no vuelve la sangre a circular por el sistema de vasos comunicantes en que se transforma un estadio los días de partido. Para entonces, Martina ya se entretiene con una hilera de hormigas que suben y bajan por las escaleras de la grada. Ni siquiera el gol de empate, que se celebra como la liberación de París frente a los nazis, saca a la niña de su ensimismamiento.

Martina parece feliz al salir del estadio, camino del coche. Reproduce, a su manera, los cánticos que han resonado en el estadio durante los noventa minutos de partido. A Martín ese pequeño gesto lo llena de orgullo y esperanza: es demasiado pequeña para sacar conclusiones de su reacción pero quizás no haya sido aquel el último partido al que padre e hija acudan juntos, ataviados con sus bufandas y la garganta lista para animar al equipo. Llegan a casa antes de lo previsto y desde la puerta se puede intuir el olor del queso recién gratinado, lo que vuelve loca a Martina que sabe muy bien qué significa eso: "¡Lasaña!", grita mientras corre al encuentro de su madre en la cocina. Rosa, todavía con el mandil puesto, pone la mesa mientras Martín la besa en la mejilla y Martina revolotea alrededor de la isla.

"¿Qué tal, cariño? ¿Te gustó el fútbol?", pregunta. La niña dice que sí con la cabeza, sin soltar palabra ni apartar la mirada de la cena, que humea deliciosa. "¿Y qué es lo más te gustó?", vuelve Rosa a la carga. Martina se lo piensa, sabe hacerse la interesante desde que era un bebé, hasta que finalmente responde: "Las hormigas". A Martín aquello lo hace sonreír aunque, por dentro, sospecha que algo se ha quebrado entre él y el fútbol. "Pronto llegará el invierno", piensa. Quizás haya llegado el momento de romper con su equipo del alma y apuntarse al 'Team Frozen', que ya va ganando por dos a cero en campo contrario: su propia casa.

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