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Bájame, miserable

BÁJAME, DECÍA la nota. En los últimos tiempos vengo observando como el malhumor y las amenazas de antaño han dado paso a métodos de concienciación más creativos, menos alborotados. La artimaña es brillante, pura orfebrería: sacar la bolsa del correspondiente cubo, situarla en medio del pasillo entorpeciendo el paso y agregarle una instrucción sencilla, sin estridencias, escrita con excelente caligrafía sobre un trozo de papel reciclado. Es el tipo de cosas que te hacen sentir especial, partícipe de una vanguardia que juega con tus sentimientos y utiliza la escenografía como cebo para lograr lo que, hasta ayer, parecía impensable: que bajes la basura.

Las tareas del hogar y yo nunca hemos mezclado demasiado bien, no nos entendemos. Soy consciente de que el reparto equitativo de las obligaciones domésticas es la piedra filosofal sobre la que debe asentarse cualquier tipo de convivencia, pero en este periódico no me pagan por aparentar, al menos no como norma general, y la realidad es la que es: soy un desastre como compañero de piso, casi un espectro y, por consiguiente, una pesada carga para cualquiera que sucumba a tan desafinado canto de sirena. En mi defensa diré que tampoco se me puede considerar un parásito al uso, un simple cero a la izquierda. Mal que bien, voy sumando granos de arena a la sostenibilidad del hogar, pero casi siempre a regañadientes y, a menudo, con consecuencias catastróficas.

La semana pasada, sin ir más lejos, decidí echarme al monte y equipar mi lado del armario con algunas prendas de abrigo, nada excesivo: un par de jerséis, un gorro de lana, la correspondiente bufanda a juego… Tampoco es que las temperaturas exijan, a día de hoy, adoptar medidas drásticas en cuanto a indumentaria, pero nunca está de más anticipar los inevitables rigores del otoño-invierno. En algún momento de la operación, supongo que por esas cosas de la publicidad subliminal y un evidente exceso de horas frente al televisor, visualicé a una legión de ácaros como el enemigo público número uno del nuevo ‘gentleman’, así que introduje las prendas seleccionadas en la lavadora y pulsé el botón del play. Lejos del éxito esperado, la maniobra terminó con una merma considerable de talla, un ligero desteñido y dos gatos bien abrigados, felices con sus nuevos ‘pullovers’ de Pedro del Hierro.

Las tareas del hogar y yo nunca hemos mezclado demasiado bien, no nos entendemos

"La vida te aplasta sin compasión, muchacho: no pregunta, no respeta tus esperanzas, le importan un carajo tus ambiciones y tus sueños". Según mis propios cálculos, efectuados al amparo de la adolescencia y las drogas blandas, a los cuarenta años viviría yo en una opulencia tan abrumadora que adoptaría la cubertería de plata como muestra de sencillez, escoltado en el día a día por una cohorte de criados al más puro estilo de la casa Windsor, con su correspondiente e intrigante mayordomo y un apuesto ayuda de cámara. La realidad, en cambio, me devuelve la imagen de un triste ermitaño, un don nadie sin apenas oficio y escaso beneficio que simula acento báltico cuando lo llaman del banco a primeros de mes. Si es cierto que todo está en los libros, como suele decirse, mis fantasías truncadas se podrían resumir en aquella pregunta —casi filosófica— de Zavalita al comienzo de Conversación en la catedral, la obra cumbre de Mario Vargas Llosa: "¿En qué momento se jodió el Perú?".

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXANi siquiera la robótica responde todavía a mis expectativas: ni un C3PO, ni un Hal 9000, ni siquiera un triste Wall-E, nada. Lo más parecido que tenemos a esos esclavos sintéticos de la ciencia ficción es una aspiradora que recorre la casa sin ninguna gracia, casi un estorbo. "Vivimos en el mundo que imaginó Philip K. Dick", aseguraba Emmanuel Carrère en una entrevista publicada en el diario El País la semana pasada. Maldito hipócrita… Con razón fracasó en cinco matrimonios. Qué no daría yo por contar con la ayuda de un replicante aseado y servicial, atento a mis necesidades, aunque en sus ratos libres soñara con exterminar a la raza humana. Sobre estos y otros pesares charlaba ayer mismo con un viejo amigo de la infancia mientras hacíamos cola para sellar la Bonoloto: el último pasaporte a la felicidad. "4, 8, 15, 16, 23 y 42", voy diciendo mientras él marca los números con una cruz. "Lluvia de millones o cataclismo, una de dos", sentencio. Mariscador rudo y de pocas palabras, mi constante lloriqueo sobre las labores del hogar y otros infortunios le parecen hábitos propios de un espíritu débil, pero me tiene cariño y aguanta el chaparrón estoico, sin torcer el gesto ni apartar la mirada.

"¿Y al final qué? ¿Bajaste la basura o sigue allí, en medio del pasillo?", me pregunta sin verdadero interés en conocer la respuesta mientras yo pago a la lotera, lo intuyo en su voz. Entonces caigo en la cuenta de que he pasado la mañana posponiendo el momento: desayuné, me metí en la ducha, escribí un par de párrafos para una revista que nunca me paga, dormí una pequeña siesta del carnero, aproveché las sobras de la cena para comer, dormí otra pequeña siesta, me desperté con su llamada, me puse cuatro trapos encima, bajé a la calle sin nada en las manos… Y de repente allí estaba, con una apuesta de dos euros en el bolsillo y la certeza de que, otra vez, había vuelto a fallar. "¡Mierda!", exclamé mientras echaba a correr con la esperanza de que ella, mi sutil educadora y paciente compañera, todavía no hubiese llegado a casa. "Con suerte la habrá pillado el atasco a la salida de la autopista", pensé mientras subía las escaleras: así de miserable soy.

Bájame, miserable
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