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Despedidas

-“A esto le falta sal”, dijo Eladio.

Había visitado el mercado municipal a primerísima hora de la mañana, dispuesto a llevarse lo mejor de lo mejor, como siempre, hombre celoso incluso para los asuntos más mundanos. Enseguida le llamó la atención una pieza de rape soberbia, brillante, con una boca repleta de dientes afilados que le recordaron a los de ella. “Estarás deliciosa con unas cigalas y una salsa americana, madre”, rio para sus adentros mientras el pescadero pesaba y empaquetaba el gran pez. Pagó en efectivo, desdeñó el cambio con un gesto liviano de la mano izquierda y se marchó a por el resto de ingredientes con una sonrisa triunfal en la boca, balanceando su trofeo como un niño grande con cartera nueva. “Observa la belleza del mercado, madre: el murmullo, los olores, la nobleza de la piedra, la gente yendo y viniendo… Disfrútalo mientras puedas, vieja zorra”.

Apenas un puñado de sal y la caldereta parecía estar, ya, en su punto. “Ahora necesitas un poco más de tiempo. Todos necesitamos un poco más de tiempo”, pensó. Tan solo faltaba escoger un buen vino, vestirse apropiadamente para la ocasión y disfrutar de una velada inolvidable. Había sido muy feliz en aquella bodega… Le recordaba a los tiempos en que su padre y su abuelo se pasaban la tarde limpiando el polvo a las botellas mientras presumían de sus conquistas en Burdeos, la Borgoña, Chianti o California. Encendió la bombilla, bajó las escaleras de caracol que conectaban la pequeña gruta con la cocina y recorrió el estrecho pasillo en busca de algo apropiado para maridar el espíritu de la gran cita. “Ah, madre, madre… Qué difícil has sido siempre”. Finalmente se decidió por un Chardonnay que su padre había comprado poco antes de morir en una pequeña bodega de Carneros, al sur del condado de Napa. “Intenso, profundo, complejo”, solía repetir el viejo con su pequeño tesoro entre las mano. “Con notas de especias y hierba seca”. No había ninguna duda de que era el vino perfecto para la ocasión.

Regresó a la cocina canturreando ‘Hey Jude’ y pudo imaginársela con el ceño fruncido, escandalizada por aquella melodía ligera, de barrio, pidiendo a dios que perdonase la osadía de su estúpido hijo. Retiró el corcho para dejar respirar al caldo, apagó el fuego y se dirigió a la habitación, en el piso de arriba, donde lo esperaba su cita con el espejo. Había descartado el smoking esa misma tarde, convencido de que la noche exigiría otro tipo de indumentaria menos encorsetada, más viva. “Es tu momento, mi adorado Ralph Lauren”, pensó mientras elegía un jersey de lana fina, una camisa blanca, sencilla, y unos pantalones de cuadros que su madre solo encontraría apropiados para alternar en el hoyo 19 del club de golf. “Que te jodan, madre. Que te jodan” se sonrió a sí mismo ante el espejo mientras se acomodaba las sagradas partes y subía la petrina con muchísimo cuidado. Maruxa

Ni en sus mejores sueños podría haber salido todo tan a pedir de boca. La caldereta de rape estaba suculenta, con ese equilibrio justo entre el frescor del pescado y la potencia del picante que aprendió a apreciar desde muy pequeño. “Sabía que no me decepcionarías, madre”, dijo llevándose una servilleta a la boca, entregado a la delicadeza. Hablaba con la gran cabeza del rape que había colocado en una bandeja de plata recién abrillantada, con los dientes bien visibles, ocupando un lugar preferente de la mesa a la derecha del anfitrión. “No me mires así, querida. Lo mejor está siempre por venir”, sonrió divertido ante su enésima ocurrencia. Sirvió vino para ambos, propuso un brindis larguísimo en el que repasó algunos de los grandes logros de la familia y, tras ingerir la última gota de su copa, la lanzó con desdén a la chimenea. “Ha llegado el gran momento, Eladio Montero del Río: el mundo te contempla”, vociferó con tono grave.

Se sentó en el sillón del viejo despacho, marcó un número de teléfono y esperó: “en una casa decente no se contesta ninguna llamada antes del quinto tono”, recordó. Enseguida escuchó la voz de Adelita, aquella peruana amable que lidiaba con los caprichos de su madre desde no se sabe cuándo. “Que se ponga”, ordenó a la sirvienta. Escuchó pasos que iban y, más tarde, otros que venían. Intuyó la cara disgustada de su madre tras la línea, visiblemente enfada por tener que abandonar su concurso favorito de televisión por las intempestivas manías de su único hijo.

-“Espero que sea importante, Eladio; ya no tengo edad para tus estupideces de borracho”, dijo ella con toda la frialdad de la que pudo hacer gala.

-“Lo es, madre. Lo es”, respondió Eladio. “Tan solo quería decirte adiós”.

Y entonces sonó el disparo.

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