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El acento

Javier Rey, que interpreta a Sito Miñanco, con Carlos Blanco en una escena de la serie. JAIME OLMEDO | Bambú
Javier Rey, que interpreta a Sito Miñanco, con Carlos Blanco en una escena de la serie. JAIME OLMEDO | Bambú

HACE UN tiempo colaboré en una radio de ámbito nacional, una de esas en las que se anuncia Arriaga Asociados, que es mi particular vara de medir para saber dónde me meto. Una mañana me llamó el director del programa para darme la enhorabuena, palabras extrañas para unos oídos acostumbrados a la crítica y hasta el insulto desde rapaz, así que me acomodé lo mejor que pude en el sofá y clavé la mirada en un punto indeterminado del techo para disfrutar de mi gran momento de gloria. Así me enteré de que no eran pocos los oyentes que lo habían felicitado por la nueva incorporación, que en el estudio se acogían con aplausos algunas de mis intervenciones y unas cuantas cosas más que aquel buen hombre se inventaba sobre la marcha, entiendo que para afianzar mi ego. Entonces sucedió lo que cabría esperar y, bajando la voz, como si alguien nos espiase, me confesó que teníamos un serio problema: al dueño de la emisora no le gustaba mi acento gallego.

Es una de las constantes a las que nos enfrentamos los hijos de Breogán en cuanto atravesamos el Paraño: la gente nos reconoce por el acento y, acto seguido, nos preguntan si llevamos encima algo de cocaína. Lo de la droga resulta hasta cierto punto comprensible, no es más que un pequeño juego de asociación de ideas por la cual el catalán es un avaro, el andaluz canta flamenco en la intimidad, los vascos matan bueyes a pedradas y los de Murcia merecen vivir soterrados. Lo que de verdad llama la atención es lo primero, como si por alguna extraña razón se esperase de nosotros que utilizásemos acento canario, asturiano, cheli o baturro, quién sabe. "Eres gallego, ¿verdad? Te reconocí por el acento", nos han dicho cientos, miles de veces, en cada uno de nuestros viajes a los campos de Antonio Machado, poeta y terrateniente. Yo suelo contestar con los hombros —al fin y al cabo es lo que se espera de nosotros, me hago cargo— pero en cuanto me doy la vuelta siempre me pregunto a qué acento se referirá esa buena gente.

Recuerdo cuando mis padres me matricularon en cierto colegio de Marín, hace tantos años que incluso puede que hayan finalizado las obras de acceso al puerto. Yo era un niño de Campelo como otro cualquiera, de esos que dicen ‘mimá’ cada cinco palabras y arrastra las sílabas hasta el infinito, lo que me convertía en un ente extraño dentro de aquel entorno salvaje, casi un turista. Mis compañeros parloteaban como si quisieran venderme marisco y para rematar sus interpelaciones utilizaban una fórmula que bailaba entre el interés sincero y la más cruda advertencia: Blablablá… ¿No miras?, repetían una y otra vez. El caso es que terminé por adaptarme y aprender el nuevo idioma, pero fue entonces cuando surgieron problemas en mi propia casa. Amigos y familiares me escuchaban con desconfianza, podía sentirlo. Era como si aquella nueva entonación, una fusión extraña entre el campeleiro y el marinense, me hubiese cambiado la voz antes de que la testosterona hiciese su trabajo. A los pocos días me había convertido en una rareza mayúscula, un pájaro de plumas azules y pico naranja al que señalar con el dedo por rarito, lo mismo en la casa que en la escuela.

Si solo hubiese un acento gallego, como sostienen fuera de nuestra tierra, no habría sufrido escarnio tan vil a edades tiernas, de ahí que me niegue a aceptar semejante generalización. Estos días estamos de enhorabuena gracias al éxito de la serie Fariña, la adaptación para televisión del libro secuestrado de Nacho Carretero. Por fin suenan los gallegos como auténticos gallegos en la tele, con sus diferencias tonales, sus múltiples giros y su distinta saliva. Ha costado varias décadas pero al fin han comprendido por allí abajo que los acentos neutros tan habituales en los medios de comunicación son propios de sociedades tercermundistas en las que conviene disfrazar el origen por aquello del qué dirán. Galicia es rica en matices, especialmente cuando se trata de la comunicación oral, por eso merece celebrarse este nuevo modelo en el que los galinazis podemos expresarnos como nos salga del carallo sin que nos miren con cierto menosprecio o, lo que es peor, con exceso de simpatía.

Como ya habrán podido imaginar, aquel mensaje del director de radio me cogió con la guardia baja y sin saber muy bien qué contestar. Estuve varias horas ensayando mi siguiente intervención en el programa, ofuscado con la idea de reconducir mi carrera por el camino del bien y, al llegar la hora H del día D, con las luces que anuncian el directo parpadeando expectantes, cambié mi habitual acento de Campelo por el de Marín. Huelga decir que no volvieron a llamarme de la dichosa emisora nunca más pero, fíjense ustedes, no hay mal que por bien no venga. Comprendí que eran ellos los que tenían un problema, no yo, y para quitarme el mal sabor de boca por el trabajo perdido me miro cada día en el espejo, me peino y fuerzo la entonación más racial para refirmar mi pequeño triunfo: "Ahora cobras mucha pasta, Rafael. Eres una estrella, parvo. Le dolió a ellos más que a ti". No hay como mentirse a uno mismo con el acento de casa, créanme.

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