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El sueño

INFORMAN diferentes medios de que el alcalde de Badalona, el socialista Don Álex Pastor, fue detenido la noche del pasado martes por saltarse el confinamiento. Según diversas fuentes policiales, al excelentísimo alcalde le dieron el alto mientras circulaba en su coche con “evidentes síntomas de embriaguez”, lo que vendría a confirmar que mejores o peores, esto ya depende del umbral de la decencia de cada uno, el regidor tenía sus razones para eludir las medidas de distanciamiento social impuestas desde la más altas esferas de su propio partido. Y es que en la política, como en las mejores familias, de vez en cuando se sucede algún que otro episodio de rebeldía manifiesta como este, una pulsión adolescente por hacerse oír o incluso detener, que fue lo que finalmente logró Pastor.

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXA​Pero no se vayan todavía: aún hay más. Por si el hecho primero no constituyese, ya de por sí, una declaración de principios en toda regla, el regidor catalán decidió ir más allá en su firme intención de lo que un arrabalero veterano definiría como “montar el pollo”, negándose a pasar la correspondiente prueba de alcoholemia e intentando, además, hacer valer su privilegiada posición de la peor manera posible. “Estaba muy alterado, dando golpes y gritando constantemente que era el alcalde de Badalona”, aseguran las mismas fuentes policiales. Como colofón de la apología zombie, el alcalde Pastor mordió a uno de los agentes, lo que le valió una inmediata denuncia por atentado contra la autoridad.

La aparatosidad e impudicia del hecho me hizo recordar una escena de la segunda temporada de ‘Narcos: México’ y un sueño que tuve hace apenas una semana, el sábado pasado. “Yo soy bandido, no ratero”, le dice un ofendido Pablo Acosta a Amado Carrillo Fuentes, demostrando que la maldad no tiene por qué estar exenta de valores. En cuanto al sueño, todo comenzaba con una huida a pie nada más salir del supermercado, tan cargado de licores que las botellas se me caían de las bolsas: hasta ahí la parte que podríamos considerar como pesadilla.

Por alguna razón que se me escapa, siempre sueño con pisos en propiedad que no podría pagarme ni aunque viviese cuatro vidas, supongo que en eso sí me puedo considerar una persona ambiciosa: techos altos, lámparas de araña, muchas obras de arte desperdigadas por aquí y por allá sin ningún orden ni concierto, como un auténtico millonario... Y la terraza, claro: a los pisos de mis sueños nunca les falta una terraza con vistas imposibles al Staples Center de Los Ángeles o la Gran Vía madrileña, poco importa si la postal se completa con el puerto de Marín brillando en la distancia o el Barrio Chino de Campelo. Sudando a mares, después de haber dado esquinazo a la autoridad y con mucho estrés, llevaba las botellas a la cocina y me disculpaba ante mis ilustres invitados por presentarme con semejantes pintas.

Era una fiesta de postín, que duda cabe. Por allí estaba Nacho Carretero, con su sudadera buena y unas zapatillas limpias, contando el chiste de los cojos a un señor de barba que no llegué a identificar. En una esquina divisé a Javier Aznar, vestido con smoking y haciéndose pasar por J.D. Sallinger para asombro del núcleo duro de mis amistades. “Pero Javier, qué haces”, le preguntaba más o menos indignado por aquel intento absurdo de suplantación, a lo que él contestaba con una amenaza: o dejaba de insultarlo, o se marchaba con sus invitados a otra fiesta. Qué fuesen sus invitados y no los míos explicaría, en parte, tanta cara bonita y tanto apellido ilustre.

Ahí pierdo un tanto el hilo de la narración y lo siguiente que recuerdo es al propio Aznar preparando un Negroni a una espectacular Adriana Ugarte, lo que me enfureció de tal manera que fui a esconderme en el cuarto de la plancha. Al final, la fiesta terminó resultando divertida, supongo, y lo mejor de todo fue ese momento mágico en el que la ex-ministra Leire Pajín vino a despedirse con la muñeca llena de pulseritas Power Balance. “Que se entere nuestro presidente de que a nosotros no nos confina ni dios, ¡jajajaja!”, se reía como una loca a la que Carretero acabase de contar el chiste de los cojos. Entonces me desperté y sentí una profunda tristeza por no haber aprovechado mejor la ventana abierta, de par en par, a la felicidad pasajera de un sueño imborrable.

Desde entonces me voy a la cama con la esperanza de que se repita algo similar, una nueva fantasía que me permita escapar de esta situación insólita e irritante en la que se ha convertido mi vida. ¿Quién sabe? Puede que cualquier noche de estas terminé soñando que soy un alcalde zombie felizmente catapultado a la presidencia del Gobierno tras una aventura demencial. O todavía mejor: puede que un día me despierte sin haber soñado nada y descubra al ya ilustre Álex Pastor de vuelta a las primeras páginas de los periódicos pero, en esta ocasión, para pedir disculpas a sus vecinos y declararse, por qué no, inocente y sonámbulo

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