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Lucha, lucha, lucha

Ser joven no es tanto una cuestión de edad como de orgullo, supongo. Al menos es lo que me digo cada mañana cuando salto de la báscula y me pongo a contar canas en el entramado acusador de algún cepillo. "Lucha, lucha, lucha" que cantaba la Jurado, ahí es nada. Y me hago cargo de que no sería esta la referencia más acertada para infiltrarse entre la chavalada un jueves por la noche pero, dos cosas quiero decir antes de morir en el intento: ni me gusta el dichoso trap, ni estoy dispuesto a renegar de LA MÁS GRANDE por un quítame ahí veinte años.

Aclarada esta pequeña cuestión de principios, y como para luchar es conveniente contar con las mejores armas, la semana pasada me compré un móvil de fabricación china con tres cámaras y los mejores filtros fotográficos del mercado; doscientos y pico euros a pagar en doce cómodos plazos, una auténtica ganga cuando el objetivo no es otro que pintarle la cara al puto Dorian Gray.

Conviene elegir un atuendo acorde con las intenciones y las esperanzas albergadas

MARUXA

Al principio cuesta un poco exponerse al escrutinio milimétrico de tan tremenda máquina de retratar, impone tanto píxel y tanta crueldad. Conviene elegir un atuendo acorde con las intenciones y las esperanzas albergadas, nada excesivo pero evitando cualquier deje de cutrez: el mayor enemigo del viejoven echado al monte. Luego toca peinarse, a ser posible sin que lo parezca; un toque casual pero exprimiendo al máximo ese par de mechones que todavía resisten, quizás los únicos dos amigos que todavía te queden en el mundo. Elegir un buen fondo también ayudará a presentarnos como el no va más de los maduritos sexys en el difícil entramado de las redes sociales. Llegados a este punto, el blanco siempre ofrece las garantías más básicas, comenzando por una insinuación de cierta limpieza, de pulcritud deseable, aunque conviene evitar los azulejos del baño o la cocina por razones evidentes. A partir de ahí, todo es coser y cantar: un gesto mil veces ensayado, un encuadre decente, un click para la foto y otro para seleccionar ese asistente de belleza virtual que te deja como recién salido del útero materno pero sin alterar la mejor de tus bazas: una barba descuidada a conciencia, como de penitenciaría en cinemascope.

A las dos horas ya había recibido eso que los bilingües —los otros bilingües, los de Ciudadanos—llaman feedback, es decir: reacciones a la nueva fotografía, tres de ellas positivas, por cierto. Si Michael Jordan presentara porcentajes similares al final de un partido -tres de sesenta y cuatro- diríamos que no tuvo su mejor noche. Pero como yo no soy Dios disfrazado de jugador de baloncesto, sino un cuarentón metido a estrella coreana del pop, las matemáticas parecían ponerse claramente de mi parte.

También la ortografía, que siempre confiere al flirteo un no sé qué especial, como de saber atarse los cordones y no meter la lengua en los enchufes. La cita cayó por su propio peso después de un par de días tonteando en modo andante, entre adagietto y andantino. "What do you say, Dorian?", le decía un ejemplar del libro de Wilde que coloqué sobre la mesita de noche para vacilar y motivarme a partes iguales. Así iba de crecido cuando, inesperadamente, apareció una borrasca y comencé a sentir unos dolores bastante inoportunos en tobillo, rodilla y cadera: la triada del canallita. A la hora y en el lugar acordado, me presenté como aquellos tres cojos del chiste: uno simula que la arena está muy caliente, el otro la encuentra llena de agujeros y el tercero los va tapando, arrastrando la pierna como un bulldozer oxidado.

Yo buscaba una morenita de treinta y pocos con la cara aniñada, el cuello fino y las piernas larguísimas, de saltadora de altura. Ella, como ya dije antes, la reencarnación gallega de Paul Newman en el rodaje de La leyenda del indomable. Nos miramos desde la distancia, reconociéndonos pero sin querer admitir lo evidente. Nos sentíamos engañados pero, al mismo tiempo, tentados de darnos una oportunidad, de correr un tupido velo sobre nuestras inseguridades estéticas iniciales para dar paso a las bellísimas personas que, casi con total seguridad, deberíamos ser. Al menos por mi parte, quedaba todo olvidado, así que me acerqué con aquella cojera tripartita retorciéndome el gesto y el típico saludo-pregunta para romper el hielo: "Hola, ¿estás sola?". Tres puntos, colega.

Aquel "se equivoca usted" me dejó para el arrastre. Más que su rechazo y el fingimiento —evidente a todas luces— me dañó tanto formalismo. Habría pedido un taxi a la barra del bar pero no lo habrían enviado. Habría pedido una ambulancia, incluso. O un coche de bomberos, cualquier vehículo que escenificase la emergencia y el desastre. Lo que hice, sin embargo, fue pedir una cerveza. Y después un whisky. Y así estuve un par de horas, alternando alcoholes, hasta que me sentí lo suficientemente recuperado para volver a casa. Entré en la habitación, me quité la ropa y agradecí no tener a mano un retrato como el del maldito Dorian Gray porque me lo habría roto en la cabeza. "Lucha, lucha, lucha, sí... Más te vale encontrar el Algesal: de lo contrario, muérete".

Lucha, lucha, lucha