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Morir de impuntualidad

TARDE, tarde, tarde... La vida es un constante llegar tarde a todo menos al final de la misma, seguramente porque Doña Osamenta es la única ilustradora y redactora del mundo que no te espera más allá de la hora de cierre. Tampoco viene mucho a cuento pero, metidos en faena como estamos, no deja de asombrarme la cantidad de nombres diferentes que los mexicanos atribuyen a la muerte: la Tiznada, la Chicharrona, la Jala Parejo, la Jijurria, la Cierta, la Copetona, la Paveada, la Tembeleque, la Calavera, la Democrática, la Descarnada, la Calaca... Y ahí lo dejo, que tampoco quiero despachar medio artículo tirando de Google, presumiendo de estafador. Yo venía a hablarles de impuntualidad crónica, de esa mala costumbre que en algunos es casi un delito y en otros solo una demostración de la peor educación.

"Cabeleira, qué", me pregunta Maruxa a las siete de la tarde. Es martes y, en teoría, este texto debería haberle llegado a su buzón electrónico el lunes. Por si alguien no se había fijado, ella es la encargada de darle color al texto, de insuflar algo de vida a las palabras que yo voy desparramando sobre el folio como café con leche sobre un mantel. Artur Galocha, que es casi Maradona en esto de la ilustración, le llama "presidenta" a Maruxa; lo dejo caer para que entiendan un poco de quién estamos hablando. Pues bien, recapitulemos: Maruxa pregunta "Cabeleira, qué", a las siete de la tarde del martes, como digo. Y yo le contesto que he tenido un problema gravísimo, apocalíptico, digno de tenerse en consideración... Así de memoria, en los últimos tiempos he perdido aviones, enterrado abuelas, sufrido crisis de pareja, amagos de infarto, cortes de luz, boicots de Vodafone y hasta una vez alegué haberme quedado encerrado en un ascensor, mentira con muy poco recorrido cuando has explicado tantas veces —¡y en público!— que vives en una casa de planta baja.

Pese a todo, Maruxa aguanta estoica —cero reproches— y siempre tiene una buena palabra de vuelta: un "no problem", un "más se perdió en Cuba", un "saín a pasear para facer tempo e ver un pouco o mar. A esta hora comezan a saír os vellos con mallas e encántame mra-los". Esas cosas, en fin, que me dice Maruxa cada s e m a n a y en diferentes idiomas por no mandarme directamente a Parla, que es la Canicouva madrileña. Yo, evidentemente, le juro y prometo que esta será la última vez, un poco como Carlo Ricci a su cuñado en aquella escena de El Padrino. Pero si hay algo constante en las personas inconstantes es esa capacidad inagotable para autoengañarse. Eternamente si fuera necesario. "Hasta el infinito y más allá, motherfucker". Yo creo que Maruxa —y María Varela, las Martas y el resto del equipo del grupo Progreso— me lo siguen consintiendo porque entienden que de donde no hay no se puede quitar. Eso y que muy en el fondo intuyen cierta franqueza en mis continuas disculpas. Además, tampoco ganan gran cosa ajusticiándome a lo Kill Bill porque, ya se sabe: "Algunas cosas, una vez que las haces, ya no se pueden deshacer". Todavía recuerdo el primer trabajo que me consiguieron mis padres, sabe dios a cambio de cuantos favores: reponedor en un conocido centro comercial. Debía presentarme en el almacén del mismo a las seis de la mañana, un lunes, y a eso de las once me despertó el sonido infernal del teléfono. "Rafael, soy fulanito de tal. ¿Usted no empezaba a trabajar hoy con nosotros?", me preguntó con un tono más que correcto, diría yo. "¿Hoy?", contesté. "No, no... Hoy no. Mañana". Aún se me ponen los pelos como escarpias al recordarlo, menudo cuajo. El caso es que, muy conciliador, fulanito de tal acepta que todo ha sido un mal entendido y me cita para el día siguiente, martes, a la misma hora, seis de la mañana. Y claro, otra vez a las once vuelve a sonar el teléfono de casa y yo emerjo de un mar de mantas, gateando por el pasillo para atender la llamada. "Hoy sí, ¿ve? Hoy me quedé dormido... Es que lo del despertador en esta casa lo lleva mi madre y está de vacaciones en Canarias", me disculpé.

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, son las diez de la mañana del miércoles 19 de febrero, y Maruxa habrá salido a ver señores de edad en mallas paseando por la playa mientras espera, por fin, a que envíe mi texto. En Texas podría comprar armas. Eso sí sería dramático para los viejitos deportistas y un servidor: Galicia tiene sus ventajas. El caso es que podría escribirle algún mensaje contándole alguna milonga pero he decidido contarle la verdad y, por si eso no fuera suficiente, adjuntarle unos cuantos nombres más para referirse a la muerte, que sé que le gustan: la Fría, la Cuatacha, la Cargona, la Segadora, la Patrona, la Patas de Popote, la Chimuela, la Pelona, la Chirrifusca, La Mocha, la Enlutada y la Catrina... De algo hay que morir, M. ¿Por qué no de impuntualidad?

Morir de impuntualidad
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