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Nadie pinta nada

"HAY QUE pintar el salón", dice ella. La miro con estupor, como si la cosa fuera conmigo, pero enseguida comprendo que está hablando con mi otro yo, ese marido imaginario con el que comenta las cosas de casa para no sucumbir a la tentación de ponerme las maletas en la puerta cada veinte minutos. Es una santa. De creer en dios, le rezaría todas las noches para que la siente a su derecha en un futuro muy lejano, sin prisas, pero en ausencia de fe me limito a rogar por ella a los santos. Es algo que aprendí de pequeño, en el pueblo: uno puede negar la existencia del altísimo en el bar, jugando al dominó, pero rezar por una buena pesca a la Virgen del Carmen, de camino al muelle, todo ello sin incurrir en contradicciones. "Los santos se pueden ver, están ahí", decía siempre mi tío José cuando se terciaba la cuestión. Para reforzar su argumento, sacaba una estampita de la cartera y te la mostraba de cerca, hundiendo el dedo en la cara del retratado con cierta saña. "¿Lo ves? Aquí lo tienes: San Pancracio. Pero Dios… ¿Quién carallo ha visto alguna vez a Dios? ¿Quién es Dios?", sentenciaba. La cosa tenía su lógica. Además, con el tío José era imposible discutir. Incluso peligroso. Admiraba a los americanos por dos cosas, principalmente: por no ser españoles y por su derecho inalienable a portar armas de fuego. Cuando discutía con alguien, fuese por juego o por política, siempre terminaba clamando al cielo por una pistola, convencido de que las palabras eran una pérdida de tiempo pudiendo liarse a tiros.

cabeleira"El techo lo vamos a pintar de blanco y las paredes de gris perla", continúa ella con su soliloquio. La veo plantada en el centro del salón, con los brazos en jarra, mirando aquí y allá como si pudiera proyectar el resultado final en su cabeza. Y seguro que puede, la he visto hacer cosas más inverosimiles. Casarse conmigo, por ejemplo. Me pregunto que é estaría pensando, benvita mujer. Todavía recuerdo aquel viaje a Madrid, hace unos años, cómodamente instalado en la corrala de mi amiga Bárbara Ayuso cuando recibí su mensaje: "el viernes nos casamos, a las doce en el juzgado de paz". No es la típica declaración de amor con la que uno suele presumir en una cena de empresa, delante de vulgares desconocidos, pero había algo magnético en la sencillez del aviso, algo sólido, perdurable.

El día de autos, a eso de las once y media, apareció Pablo por casa con su sonrisa de todos los días, imperturbable, y a las doce en punto estábamos aparcando el coche a las puertas del juzgado. En la radio sonaba Raining Blood, el clásico de Slayer, así que subimos el volumen para enfatizar la trascendencia del momento y ahuyentar los malos espíritus: fue una entrada triunfal. Ella estaba preciosa con su vestido de Roberto Verino, el pelo liso y un maquillaje sencillo, casi imperceptible. Yo, en cambio, parecía un imitador sin gracia del Rapsoda de Moaña, que es como Xosé María Castroviejo apodó a Xil Ríos en sus mejores tiempos. La  ceremonia, corta, transcurrió burocrática y plena de constitucionalismo, muy del gusto de cualquier votante potencial de Ciudadanos. Nos besamos al terminar, como dos colegiales que se refugian de la lluvia bajo un soportal, tiritando sin necesidad de sentir frío, por primera vez como marido y mujer.

Vuelvo a besarla, esta vez rozando la comisura de sus labios, pero su mirada sigue clavada en la pared

"¿Entonces te parece bien? ¿Blanco y gris perla?", pregunta de repente. Digo que sí mientras unto una rebanada de pan con evidente mala praxis, confiado en que mi torpeza pueda librarme de la espátula. Ella se marcha a comprar pintura, lijas, rodillos, brochas, cinta carrocera y todo lo necesario para comenzar la maniobra mientras yo me refugio en la lectura. Necesito consejo, conocimiento, y lo busco en el bueno de Nick Molise: el mejor albañil de América, tan tiránico, orgulloso y alcohólico como John Fante lo trajo al mundo, el padre que todo escritor querría tener. Por desgracia, no encuentro ningún fragmento en el que Molise se lance a pintar un salón, o una fachada, pero el libro me atrapa como un cebo para ratones. Cuando ella regresa, me encuentra recostado sobre la alfombra con La hermandad de la uva en las manos. Las suyas lucen vacías. La amenaza se disipa.

"No encontré el gris que buscaba". La frustración realza las facciones más duras de su cara y toda ella resplandece enrojecida, como Lauren Bacall en ‘Tener y no tener’. Dejo el libro sobre la alfombra, me incorporo pesadamente y la abrazo por la espalda. Es lo que se espera de mí en esos momentos, supongo. Ella deja caer su cabeza sobre mi hombro y yo la beso en la mejilla, con ternura. Sus ojos, sin embargo, se mueven inquietos de un lado a otro del salón, inteligentes y desafiantes. Me temo lo peor. Vuelvo a besarla, esta vez rozando la comisura de sus labios, pero su mirada sigue clavada en la pared. Se libra de mi caricia con un movimiento sutil, avanza despacio y se acerca al sofá. "Ayúdame a moverlo", ordena. Ha cazado su presa y no piensa soltarla, ahora lo comprendo: ya puedo darme por perdido.

Dos horas después, mi pelo resplandece como el de un anciano negro bajo el sol de Alabama. Llevo tanto tiempo lijando el techo del dichoso salón que los brazos ya no me responden y siento que preferiría morir en ese preciso momento. Ruego a Dios que me libre de ese calvario pero enseguida recuerdo las palabras del tío Jose: "¿Quién carallo ha visto alguna vez a Dios? ¿Quién es Dios?". Solo me queda confiar en Santa Bárbara, que es patrona de los artilleros. "Un tiro de gracia, Santa Bárbara, un solo disparo en esta nuca dolorida que aleje de mí este cáliz. Ni siquiera te pido la pistola". Mi plegaria no recibe respuesta, está claro que ni Dios ni los santos pintan nada aquí. No sé ni para qué lijo.
 

Nadie pinta nada
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