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Oh, Canadá

Maruxa
Maruxa

SIEMPRE DIGO LO MISMO DE mi primer viaje a Madrid: lo que más me impresionó fue cruzar en autobús el puente de Rande. No quiero, con esto, desmerecer las bondades evidentes de la capital —las descubriría casi todas en visitas posteriores—, pero temer por tu vida nada más salir de casa tiende a eclipsar el resto de la aventura. Llovía a mares, el viento soplaba malintencionado y cada acelerón provocaba un culebreo violento que amenazaba con sacar al vehículo de la calzada y sepultarnos a todos en el fondo de la ría. Al día siguiente, cuando dos yonquis nos amenazaron con una jeringuilla en pleno centro de Madrid, mis amigos y yo casi nos echamos a reír.

Además del momento de pánico recuerdo también el flechazo súbito que sufrí al contemplar el perfil iluminado de Vigo bajo la tormenta. Eran días en los que triunfaba en el pueblo una historia sobre un pequeño embuste con el que un viejo patrón de pesca, el señor Emilio, daba la bienvenida a sus tripulantes noveles, los conocidos como rapaces de a bordo. Según se contaba, en algún momento de la noche los enviaba a dormir para reclamar su presencia en cubierta a unas cuantas millas de la ciudad olívica, cuando ya se podía divisar todo su esplendor en el horizonte. Entonces los acompañaba a la proa, señalaba las luces con eldedo y muy serio les decía: "Chavaliño, mira Canadá".

Volviendo al viaje que nos ocupa, y como apuntaba anteriormente, la primera impresión que me causó Madrid no fue la esperada. El conductor del colectivo, un tipo áspero con aspecto de matarife calabrés, nos despachó de muy malas maneras en una calle sombría donde abundaban los edificios de ladrillo caravista y escaseaba todo lo demás, lo que nos produjo un gran desencanto. Recuerdo que estuvimos un buen rato mirándonos, con ese gesto del niño que ha sido engañado por su madre para ir al dentista y reconoce en la sala de espera a sus iguales. "¿Esto es Madrid? Pues menuda mierda", dijo uno mientras se echaba la mochila al hombro. No pude menos que suspirar y asentir para mis adentros; a fin de cuentas, habíamos esquivado la muerte a casi 50 metros de altura para amanecer en un barrio madrileño con pinta de cementerio.

Abundaban los edificios de ladrillo caravista y escaseaba todo lo demás

La cosa mejoró en cuanto alguien tomó la iniciativa y nos pusimos en movimiento. A medida que íbamos doblando esquinas podíamos sentir como aumentaba el murmullo de la ciudad hasta que un estallido colosal de coches y peatones disipó todas nuestras dudas. Entonces sí, nos lanzamos a ejecutar el plan que habíamos urdido con detalle durante las últimas semanas: buscar un bar con nombre gallego, emborracharnos a conciencia, localizar el pabellón en el que actuaban los AC/DC y, a partir de ahí, improvisar. Así fue como terminamos alquilando dos chalanas en el parque del Retiro, turnándonos a los remos y sacando fotos a los patos como si nos hubiéramos escapado de un reformatorio de Ourense o Ciudad Real. "¿Ese del caballo es Franco?", preguntó uno al ver la estatua ecuestre de Alfonso XII. "Supongo", respondí bastante convencido.

El incidente con los yonquis y la decisión de movernos en metro tampoco ayudaron a que surgiera esa chispa que impulsó a Sabina a declarar aquello de: "Llegué con una maleta de cartón y a los cinco minutos ya era de Madrid". Hasta James Rhodes, que es el último novio reconocido de la ciudad, habría solicitado un bombardeo urgente a la RAF de habernos acompañado en aquel periplo asfixiante por las instalaciones del subsuelo. "Deberíamos preguntar a un nativo", sugerí yo tras una hora de deambular sin rumbo por aquella maraña de túneles. Finalmente, decidimos abortar la misión, salir a la superficie y aprobar un bote para taxis. No salió barato pero vimos la Cibeles, el Santiago Bernabéu, la Puerta de Alcalá y un fenomenal atasco que a punto estuvo de arruinarnos el comienzo del concierto. "De esto tampoco hay allá", dijo uno al taxista harto de su condescendencia.

Ya de madrugada, con la adrenalina afilada por el rock de nuestros ídolos australianos, nos subieron de vuelta al autobús y comenzamos el viaje de regreso con la sensación de que nos habían sisado una ciudad entera: aquel no era el infierno dulce con el que tantas veces habíamos fantaseado. A modo de estocada final, el conductor con aspecto de calabrés anunció que el tiempo estimado del trayecto orillaba las diez horas, nos recordó que no estaba permitido fumar y subió el volumen de la radio. Lo siguiente que recuerdo, por fortuna, es abrir los ojos en la Plaza de España, ya en Vigo, con la boca seca y la columna quebrada. Fue entonces cuando mi compañero de asiento soltó un pequeño codazo, señalo la Fuente de los Caballos con el mentón y dijo: "chavaliño, mira Canadá". Oh, Canadá. 

Oh, Canadá
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