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La nueva política ha traído a nuestras instituciones esta suerte de patios de recreo

Maruxa2IBAN CAYENDO los folios –hasta treinta y seis leyó Pedro Sánchez según datos oficiales– y el presidente en funciones no tocaba el vaso de agua. La primera en darse cuenta de ese pequeño detalle sin importancia aparente fue mi abuela, que es la cronista parlamentaria de la familia y, además, una afamada alquimista de los callos con garbanzos: "ese hombre no está bebiendo nada y dijeron en lo de Ana Rosa que hay que beber cada poco, por lo de la ola de calor". Ese mezclar las recomendaciones de su programa favorito con la actualidad política mientras limpia un estómago de vaca es lo que la convierte en un ser prodigioso, una especie de mutante enlutado que no presume por no armar lío, por no tener que explicar de dónde procede tanto poder.

Y, efectivamente, Sánchez esquivaba el agua como un gato incomodado, tan preocupado en solicitar abstenciones a sus principales enemigos políticos que coqueteó durante más de una hora con el desastre y la deshidratación. Finalmente, aprovechando una ovación enardecida de su bancada, echó mano del vaso y dio un trago cortísimo, tan cauteloso como si su suegro le hubiese servido un vino por primera vez. Es su modo de hacer política, en definitiva: un constante ejercicio de resistencia que lo llevó a recorrer España en un Peugeot en busca de una bola extra, una segunda oportunidad que aprovechó para asaltar Ferraz y Moncloa. Si en lugar de asesores y jefes de gabinete se rodeara de dietistas y nutricionistas, su techo bien podría ser el cielo.

Habló Sánchez de situar a España en la vanguardia de un montón de ismos, incluidos el feminismo y el ecologismo, para terminar arremetiendo contra el fascismo mientras las bancadas conservadoras le hacías chuflas y otros gestos con los dedos. La nueva política ha traído a nuestras instituciones esta suerte de patios de recreo en los que, a día de hoy, mucho me temo, Carolina Bescansa no se atrevería a amamantar a su bebé, no ya por el qué dirán, sino por miedo a recibir un pedrada. El parlamentarismo exquisito de otros tiempos ha dejado paso a una suerte de broncas encorbatadas en las que lo importante ya no es tanto el continente ni el contenido sino la capacidad de provocar un "oi, oi, oi" cada poco tiempo. En Christian Bales, que es una unidad de medida inventada por mí tras el estreno de El lobo de Wall Street, la cosa vendría siendo algo así: "nos va a traer usted dos oi oi oi cada cuarto de hora y luego otros dos cada cinco minutos hasta que a mi electorado le explote la cabeza". No nos explotó a mi abuela y a mí porque, al contrario que Pedro Sánchez, nosotros si atendemos a las recomendaciones que ofrece el programa de Ana Rosa y bebimos agua durante toda la mañana como para inundar media Holanda.

"Este presidente no vale nada al lado del nuestro", dijo ella de repente. Levanté la cabeza y vi en pantalla a Pablo Casado, tan sonriente que por un momento lo imaginé abandonando el plasma y colándose en nuestra cocina para servirse un plato. Mi abuela tiene un problema con los grandes líderes nacionales: no los distingue, a excepción de Pablo Iglesias –por razones obvias– y de Aitor Esteban, que es el hijo que nunca tuvo. Cuando ella se refiere a "nuestro presidente" está pensando indefectiblemente en Alberto Núñez Feijóo, que es a su vez el nieto que nunca tuvo. Es auténtica veneración la que siente por el actual presidente de la Xunta, una cosa loca, como el pueblo de Amanece que no es poco por Faulkner, así que sus soluciones para cualquier conflicto político siempre pasan por proponer a Feijóo para el cargo, poco importa si se trata de un debate de investidura, el Brexit o la guerra comercial entre China y EE. UU. "Pero ese no es el presidente, abuela; ese es Casado", la corrijo. "Ya, ya… Por eso, por eso", insiste ella mientras pela una manzana a modo de postre.

Las intervenciones de Rivera, Iglesias y Abascal la cogieron durmiendo, tan incrustada en su mecedora que daban ganas de barnizarlas a las dos. Se despertó un tanto sobresaltada, como si hubiera tenido una pesadilla, y al verme con el ordenador delante y la tele apagada preguntó qué tal había ido la cosa: "Bien, ganó el presidente". Aquello la tranquilizó. Se puso en pie, levantó la tapa a la pota de los callos, machó los dientes un par de veces y luego se quedó mirando al plasma apagado como si todavía pudiera leer vislumbrar algún rastro de lo sucedidó: "nuestro presidente gana siempre, ¿verdad?". Verdad, abuela: incluidas esas batallas lejanas en las que ni siquiera tiene que participar.

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