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Propiedad privada

El pasado fin de semana vi algo realmente reseñable o, cuando menos, curioso. Estaba con los amigos de siempre, tomando el vermut en el bar del pueblo, y por la puerta apareció una de esas pandillas que beben con las manos en los bolsillos y despotrican del Gobierno entre sorbo y sorbo, héroes de chaqueta gruesa a los que la vida les debe, sobre todo, respeto y un poco más de tiempo. Allí estaban, tan ufanos, cuando uno de ellos descubrió un mosquito dentro de su copa de vino, lo retiró con un palillo, lo colocó en el borde la copa y, cuando todos esperábamos un feliz rescate, lo espachurró cruelmente con el dedo. "Escupe todo lo que me has robado", le dijo con voz de usurero un tanto afónico. Luego se bebió la copa de golpe, como un machetazo, incluyendo en el trago el cuerpo sin vida del desnortado insecto. 

Rafa CabeleiraCon esto tampoco quiero decir nada del otro mundo, tan solo que algunos llevan hasta el extremo el concepto de la propiedad privada, especialmente en Galicia, donde ha dejado alguna que otra herida en el seno de las mejores familias. Aquí tenemos un celo un tanto desproporcionado por lo nuestro, que ya de por sí es un pronombre posesivo pero mucho más en esta tierra. Mi abuela, por ejemplo. Hace unos años tuvo un conflicto de lindes —los famosos marcos— con una prima suya, cómo no. El caso es que la una quería cerrar la casa con un enorme muro de piedra y la otra consideraba que la nueva obra invadía unos centímetros de su finca. No fueron capaces de llegar a un acuerdo así que mi abuela contrató los servicios de una excavadora, con su respectivo operario, y aprovechó la caída de la noche para derribar la parte del muro que tanto la ofendía. 

Aquello acabó en los juzgados, como era de esperar aunque, en realidad, no acabó. Creer tal cosa es no conocer a mi abuela pero tiro de esta formula por ser la más utilizada en la tradición oral. El juez falló a favor de su prima (su de mi abuela, no del juez) que, sentencia en mano, contrató nuevamente a los canteros y volvió a levantar el muro, ocasión que aprovechó mi abuela para reafirmarse en sus convicciones: otra vez apareció la excavadora durante la noche y otra vez ordenó derribar parte del muro. A la mañana siguiente le preparamos eso que los americanos llaman una sesión, con toda la familia sentada, unida, para obligarla a recapacitar. Si alguien me hubiese dicho que trataríamos como una yonki a la abuela antes que a mí, o a mi primo Javi, no lo creería. Entonces dije una frase bastante estúpida, ahora que lo pienso. "Ella tiene de su parte a la justicia", enfaticé haciéndome el estudiado, el nieto con bachillerato y entradas para ver a Metallica en Lisboa, todo un outsider de tercera generación. Ella me miró con ese desprecio que las abuelas reservan para los traidores, con unos ojos encendidos en sangre que te aprietan el pescuezo hasta dejarte sin habla, y respondió: "¿Xusticia? ¿que xusticia? A xusticia será para todos pero a veiga é miña". No supe que contestar a aquello. En realidad, nadie supo. 

Al final, todo se solucionó como se solucionan este tipo de cosas en este tipo de familias y en este tipo de pueblos. La prima le compró la finca, aconsejada por su madre, y mi abuela pagó las multas, además de una parte proporcional del nuevo muro. Y lo más importante: las dos olvidaron los feos juramentos improvisados en el fragor de la batalla como princesas celtas que, por fin, entienden la nueva unión como la mayor de las fuerzas. A día de hoy, la abuela sigue llamando al citado conjunto de piedras "o meu valo" (mi muro), lo que no descarta nuevas tensiones en el futuro pero que, al menos de momento, nos concede un cierto respiro. Y ya sé que ustedes dirán lo que quieran del comunismo pero también tenía sus cosas buenas. 

Volviendo al insecticida del primer párrafo, no pude yo más que maravillarme ante aquella demostración de principios, crueldad y solvencia. Sus compañeros de farra lo vitorearon por el gesto, el hombre agarró una rodaja de pulpo y la dedicó al tendido, pidieron otra botella de vino y, a la hora de pagar, sacó su cartera y dijo a la camarera: "¿Qué se debe aquí? Espero que el mosquito no me lo cobres". Aquello dio pie a la entrada en escena de Canducho, cliente de toda la vida, observador implacable y bon vivant profesional. Con palabras grandilocuentes reclamó la propiedad del mosquito, retó a un duelo con pistolas y padrinos al asesino, y se ganó un vino a cuenta del delito y el buen humor del otro fulano. Educado en la derrota, pero sobre todo en la victoria, se dispuso a acompañar al chuleado hasta la puerta y al pasar junto a mí, guiñándome un ojo, dijo: "vigila que nadie toque ese viño. É meu". Nada nuevo bajo el sol, en definitiva: "Galicia, Galicia", que diría el maestro Rivas.

Propiedad privada