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Sordos

Me percaté de que mi abuela no oía dem a s i a d o bien un día que, sin querer, pulsé el botón de mute en el mando a distancia de su televisor y no se dio ni cuenta. Aquello me dejó bastante impactado. Al día siguiente, tratando de confi rmar mis sospechas, la llamé desde la otra punta del pasillo y no contestó, así que lo primero que hice fue telefonear a mi padre para ponerlo al tanto de la situación. «¿Pero quién no come bien, ¿tu abuela?», me preguntó después de varios minutos insistiendo en el mismo planteamiento: así fue como descubrí que tampoco él estaba muy capacitado para ser el mejor de los espías.

De lo que no andan nada mal, tanto el uno como la otra, es de orgullo. La primera vez que les sugerí visitar a un especialista y buscar soluciones se hicieron, cómo no, los sordos. Mi padre, por ejemplo, tiró de viejos recursos y sacó a pasear ese gesto tan suyo de buscar el tabaco palpándose los bolsillos. Hace más de veinte años que dejó de fumar pero esa ha sido siempre su manera de zanjar las conversaciones que no le interesan. Ella, por su parte, optó por mirarme con la misma condescendencia que Cocodrilo Dundee a los pandilleros del Bronx que tratan de atracarlo –a punta de navaja, por si no lo recuerdan– en la segunda entrega de la saga. «¿Eso es cuchillo? Esto es un cuchillo», contestaba el australiano mostrando su monstruoso bowie de supervivencia: pues lo mismo mi abuela pero chuchando una naranja.

Lo cierto es que, cuando uno vive en una casa de locos, como la nuestra, un grave defecto de audición se convierte en una ventaja fabulosa a la que solo un imbécil integral renunciaría sin pelear. Así las cosas, ellos se acostumbraron a fingir que me entienden mientras yo finjo que me escuchan, lo que sin duda estaba suponiendo una mejora sustancial en la calidad de nuestra convivencia hasta que llegó el dichoso coronavirus para ponerlo todo patas arriba. Alejados por precaución –además de por ordenanza gubernamental, claro está– el teléfono se ha convertido en nuestra única vía de contacto y así es como hemos alcanzado un nuevo nivel de excelencia en tan particular forma de no comunicación: inventarnos, directamente y sin ningún tipo de reparo, el total de las conversaciones.

–Sí, diga.
–Abuela, soy yo.
–¿Diga?
–¿Me escuchas, abuela? Soy yo, Rafa.
–¡Ay, Ana! Dime.
–Rafa, abuela, soy Rafa.
–Rafa está en Madrid, Ana. Menudo disgusto tengo, con tanta peste como hay allí.

Así suele comenzar la cosa, todo buena voluntad por mi parte y muchas ganas de agradar por la suya, lo sé porque, entre otras cosas, nunca ha soportado a mi prima Ana. Entonces cambio de estrategia y decido atenerme a su perspectiva, incapaz de imponerme pero tampoco de colgar: la echo de menos aunque haga todo lo posible por disimularlo, como ella me enseñó.

–En Madrid, Ana. Esa criatura sola en Madrid, que no sabe ni dar la hora sin pedirla antes.
–No te preocupes, seguro que estará bien.
–¿Que va a venir viernes? Ay, viernes... Con suerte volverá a mediados del mes que viene, si es que vuelve.
–Bueno, cuando sea.
–Pobre Bea... Que pena me dio mandarla para casa pero, con el bar cerrado, ¿qué íbamos a hacer? ¿seguir pagándole un sueldo? ¡Imposible!
–Ya, ya... Bueno, tú tienes que estar tranquila. Mañana te llamo, abuela.
–¿Cómo?
–¡Que mañana te llamo! Un beso.
–Ah... ¿Pero eres Rafa?
–Sí
–Fillo... Te confundí con Ana. Cuelga, anda, que desde Madrid las conferencias son muy caras.

En el fondo, esta nueva manera de hablarnos está suponiendo una de las alegrías más inesperadas en estos días siniestros de confinamiento. El miedo a que le pase algo se me acumula en la garganta por las noches y escucharla cada mañana me produce un alivio inmediato que solo es comparable a las friegas que me daba en la barriga cuando era pequeño. Con mi padre, en cambio, me he decantado por el intercambio de mensajes escritos a través de WhatsApp. Y hasta ayer mismo estaba convencido de que habíamos dado un paso adelante en nuestra relación paterno-filial pero la evidencia siempre se impone a la fantasía. En realidad, es mi madre la que contesta a mis mensajes, lo que ha elevado la cota de ficción en que vive instalada esta cuadrilla a extremos casi peligrosos. Cualquier día se morirá alguien y entonces no sabremos si somos muerto o comitiva, lo que no dejaría de ser una forma bastante hermosa de consuelo y muy propia de esta tribu nuestra de indios, vaqueros, sordos y locos de atar: en definitiva, la mejor familia del mundo.

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