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Televisión: toma cuatro

NO LO vimos venir o, dicho de otra manera, no supimos anticipar que nos encontrábamos en medio de la calma que antecede a la tormenta. El realizador dio la orden, soltamos la sintonía del programa, y una catarata de cortinillas geométricas inundaron la pantalla como una especie de videojuego antiguo. Los dos focos que iluminaban el plató se encendieron, los cámaras tomaron posiciones y el Jefe, siempre atento a los pequeños detalles, carraspeó tres o cuatro veces mientras relajaba los hombros. "Muy buenas tardes, amigas y amigos: bienvenidos a este primer programa de La Ruleta Mágica", dijo en cuanto terminó de parpadear el piloto rojo que anunciaba el salto al directo. Vestía con traje negro y camisa blanca, sin corbata, muy al estilo de los dueños de discoteca, los narcotraficantes de las series policíacas americanas y algún que otro director de sala. A su manera, indecorosa y crepuscular, podría decirse que lucía imponente.

Uno no puede esperar a que un concurso emitido a través de la tele por cable despegue por sí mismo: hay que empujarlo. La publicidad ayuda pero no obra milagros, sobre todo cuando se incrusta en los segmentos más baratos de las plataformas contratadas. Ese fue uno de los motivos que nos llevó a diseñar una escaleta plagada de llamadas falsas, todas ellas realizadas desde el propio estudio de televisión o el remoto call-center. Ayudó mi facilidad para imitar acentos e improvisar voces así que, durante una buena parte del programa, fui un señor de Cangas, otro de Bueu, otro de Marín, otro de Vigo, otro de Poio... Salpicar la curiosidad del espectador en todos los puntos geográficos de interés se nos antojaba imprescindible.

Aquella farsa controlada servía, además, para que el potencial concursante se familiarizase con la mecánica del programa: saludo, camelo, tirada, pregunta tipo test con cuatro posibles respuestas y anuncio -o no- del consiguiente premio. También para que nosotros testáramos nuestros trucos bajo mano como, por ejemplo, el propio funcionamiento de la ruleta. Si usted, querido lector, está pensando en algún tipo de mecanismo electrónico que controlase al aparatoso artefacto vertical, se equivoca. El espectador veía cómo el presentador hacía girar el disco en un plano general, segundos antes de cambiar a la otra cámara, esta enfocada sobre la flecha ganadora y en plano corto. Ahí era cuando una mano poco o nada inocente -la del propio presentador- detenía la ruleta sobre la casilla que más nos interesaba. Y sí, lo hacía sin ningún disimulo, fuera de plano, sin temor a ser descubierto. Como ven, lo teníamos todo "atado y bien atado", como en la Transición.

Todo iba fenomenal y Carballa, el dueño del canal, se mostraba medianamente satisfecho. "Hay mucho que pulir pero no está mal, no está mal", me decía sin mirarme, siguiendo el desarrollo del programa a través de una pecera que conectaba el estudio de realización con el plató. Entonces sucedió lo que todos, de una manera u otra, estábamos esperando: teníamos una llamada desde el exterior, nuestro primer o primera concursante. El revuelo que allí se formó fue vigorizante, de los que te ponen la piel de gallina para un mes, algo que yo comparo a menudo a la sensación de tener a tu primer hijo, seguramente porque no he tenido ninguno. "Buenas tardes, amiga", la saludó el Jefe visiblemente emocionado, informado a su vez por el pinganillo de que se trataba de una mujer.

Juan Doe2Aquella cordialidad en el saludo duró lo que duró, que fue, exactamente, lo que tardó el Jefe en dejar de hablar. "¿Es usted Juan Doe?", preguntó ella muy seria. "Efectivamente, amiga: soy Juan Doe. ¿Desde dónde nos llama?". En realidad, ya pueden imaginar que el Jefe no se apellidaba Doe, apelación directa a la fórmula que utilizan los americanos para las personas sin identificar, pero ni recuerdo su apellido real ni creo que resulte conveniente recordarlo. "Llamo desde Sanxenxo para reclamarle tres mensualidades del alquiler de un piso que usted me adeuda desde el verano pasado", soltó ella la bomba... ¡Y menuda bomba! Al Jefe se le fue el color de la cara de repente. A Carballa, por su parte, se lo llevaban los demonios mientras presentador y concursante discutían sobre si Juan Doe era quién decía ser y debía lo que debía. "¡A publicidad, vámonos a publicidad!", ordenó Carballa golpeando la pecera con su pequeña y peluda mano de hobbit.

A las lisuras de Carballa respondía el Jefe con que todo aquello había sido un montaje, incluso la ensoñación de una loca. Finalmente, tras unos minutos de tensión y palabras malsonantes, se decidió que lo mejor para todos era seguir con la emisión, "absoluta normalidad", como si nada hubiera pasado. Habíamos vuelto a las llamadas preparadas desde el plató y los premios regulares como cebo cuando una de las telefonistas avisó de que teníamos una segunda llamada desde el exterior. "¡Comprueba que no es la loca de antes!", bramó Carballa. Pero resultó ser un chico joven y, para mayor seguridad, el número parecía pertenecer a la zona de Vigo. Durante unos segundos respiramos con absoluta tranquilidad, hasta que el Jefe terminó de saludar y escuchamos aquella pregunta tan espinosa que resonaría en mi cabeza de por vida: "¿Es usted Juan Doe? Le llamo de Airtel por el impago de...". Perdonen si no recuerdo el final de la frase pero bastante tenía con tratar de contener el infarto de miocardio.

Todos pensamos que Carballa mandaría parar el programa, entraría en el plató con un hacha de bombero y destrozaría, en dos segundos, lo que durante tantas semanas habíamos preparado, incluidas la ruleta y la raya pintada en el ojo del Jefe. Pero su reacción fue mucho más inquietante: me miró de arriba a abajo, como si no nos hubiésemos visto antes, y sin dejar de clavarme aquellos ojillos suyos de rodaballo salvaje preguntó: "Chaval, ¿tú quién eres?". Agaché la cabeza, entre asustado y avergonzado, mientras trataba de buscar una respuesta digna, una salida airosa, pero lo único que se me ocurrió decir es que yo era el ideólogo del programa. "¿Y sabes hablar?", continuó con aquel surrealista interrogatorio, absolutamente ajeno a mis respuestas. Yo contesté que sí pero sin decir palabra, apenas con un gesto de cabeza, como si quisiera dar que pensar. Y entonces fue cuando Carballa, estirándose la americana roja de directivo de televisión dijo aquella frase que me cambiaría la vida por, al menos, cuatro o cinco semanas. "Prepárate porque después de la publicidad sales tú a presentar: tu jefe está acabado". Aún no lo sabía pero el que estaba acabado era yo.

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