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Tu madre está buena

Hasta la aparición de Abel Caballero, mi madre era la reina de las mayorías absolutas

Maruxa2Uno no se da cuenta de lo guapa que es su madre hasta que los demás comienzan a decirlo en bloque, a menudo con expresiones que exceden en mucho los límites del entusiasmo y hasta de la propia amistad. De niños todos creemos que nuestra madre es la criatura más hermosa que ha pisado la tierra. Es una ley no escrita, como esa que aconseja morirse al menos un día en la vida. Pero la realidad nos golpea cruelmente durante la adolescencia, que es la edad de los comienzos y, por tanto, también de los consensos. Así escuché aquello de "tu madre está buena" por primera vez: en grupo, una tarde de sol y playa, asistiendo a una especie de referéndum que no había solicitado y del que mamá salió como clara vencedora sin necesidad de coaliciones imposibles o segundas vueltas: hasta la aparición de Abel Caballero, mi madre era la reina de las mayorías absolutas en Galicia.

No es fácil ser el hijo de la madre que está buena, que no les cieguen el cine americano y sus escenas bucólicas de mierda. Tus amigos nunca la llamarán "Señora Cabeleira", como Timmy, el chico de las pecas y las piernas entablilladas. Con suerte la tratarán por su nombre de pila pero, por norma general, optarán por algún diminutivo cariñoso que encierra lujuria a capachos. Ahí es donde uno siente la necesidad de defender el honor materno y batirse en duelo. Por desgracia, algunos nos hemos criado en pueblos aguerridos, de manos curtidas, crueles, veloces... Y en esas condiciones siempre se llevan las de perder. Menos mal que ser hijo de la guapa también tiene sus contrapartidas amables: nadie lleva hasta el extremo el significado del combate a muerte por no quedar como un ser insensible a ojos de ella y, por lo tanto, nunca te zurrarán mucho más de lo estrictamente necesario.

La otra parte peliaguda del asunto es el trato con los adultos, tan incómodo el de ellos como el de ellas. Los profesores del colegio, por ejemplo, te prestan demasiada atención, siempre dispuestos a jugar el papel de segundo padre, de caballero en la sombra, de plan B. En cuanto a ellas, nada más peligroso que una señora de pueblo envidiosa. La guapa acumulará todas las miradas que a la imperfecta le resultan esquivas, comenzando por las de su marido, y eso se paga. Así comienza la guerra fría de la belleza rural, una competición abrasiva en la que diagnosticar males al hijo ajeno se convierte en el arma principal de la batalla: "está muy delgado", culpa de la madre; "no estudia, no trabaja", culpa de la madre; "es un drogadicto", culpa de la madre; "ha dejado embarazada a la hija de Manuela", culpa de la madre... A base de sencillos entrecomillados podría resumir mi propia biografía sin apenas esfuerzo, un amasijo de acusaciones y rumores que siempre tuvieron como objetivo demostrar lo mala persona que era mi madre, a la que no se le podía poner pero alguno en lo físico. Yo, en el fondo, siempre le he caído bastante bien a todo el mundo.

En todo esto pensaba el otro día, mientras una buena amiga me contaba cómo su abuela solía preguntarle, de pequeña, cosas del tipo: "¿Entiendes lo que te explican en el colegio? Porque tú, no sé si lo sabes, eres subnormal". Sin duda sería una de esas madres bellísimas que hacen rechinar los dientes de envidia a las cabecillas del grupo de WhatsApp Guardería, a las vecinas, a las compañeras de trabajo. Y de las que pondría en un serio aprieto a sus hijos por esas cosas de la edad del pavo, las miradas inyectadas en sangre y las primeras pajas. Por suerte para todos –al mundo le sobran conflictos de toda índole– ha tomado la firme decisión de no ser madre jamás, lo que bien podría servirle para optar al premio Nobel de la paz o a una beca Save The Children. De momento, se conforma con que su novio le diga, de una vez, que la quiere. Personalmente, y como sé por propia experiencia de qué van este tipo de cuestiones, estoy casi seguro de que no es tanto una cuestión de no poder como de no perder: decir te quiero a las reinas del baile significa comenzar la partida admitiendo tu derrota.

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