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Último chiste

MXCRECIÓ VIENDO a su abuela postrada en una cama, como un mueble antiguo que daba cierta personalidad a la casa. Las mujeres del pueblo venían a verla casi todos los días, se sentaban a su lado en un viejo sofá orejero, le hablaban de esto y de lo otro, la agarraban de la mano, le pasaban un pañuelo por la cara... Aquel era un gesto al que tuvo que acostumbrarse por las malas. "Mi abuela no tiene polvo, no hace falta limpiarla", decía muy severo cuando descubría a alguna de ellas practicando aquella suerte de caridad cristiana. Entonces se ponían a cacarear, como las gallinas cuando se las azuza con un palo pero en plan "castigad a este hijo de Satanás", no en plan "cuidado, nos quiere robar los huevos". Ahí es cuando aparecían su madre o su tía para sacarlo de la habitación a bofetadas, reacción nada proporcionada y que ponía muy contentas a aquellas brujas toconas, a aquellas arpías del hilo negro.

Cuando la abuela murió, aquellos temblores incontrolados que tantas veces trató de sofocar con caricias de crío se habían transmitido, ya, a su madre y a su tía. Empezaban por las manos, que vibraban a todas horas con esa cadencia nerviosa de los alcohólicos a primera hora de la mañana. Luego se iban extendiendo hacia arriba, por todo el cuerpo, hasta que la cabeza comenzaba a balancearse de aquí para allá sin ningún control. Su padre, que nunca perdió el humor a pesar del panorama, le regaló una vez dos muñecos cabezones, de esos que llevan una especie de muelle a modo de cuello y las tiene meneando la testa un buen raro al más mínimo movimiento: uno de Marilyn Monroe y otro de Tina Turner. "La rubia es mamá y la negra es tu tía", se reía. Él nunca entendió el sentido del humor de su padre así que aquello le parecía una crueldad. Pero aprendió a convivir con ello, a fin de cuentas, no era peor que acostumbrarse a la presencia de una enfermedad que nadie nombraba pero que los acompañaba desde que tenía uso de razón.

Un día, mientras estudiaba bachillerato, no fue capaz de escribir su nombre en el papel del examen. En realidad, no era capaz de sostener el bolígrafo entre los dedos y se pasó la hora entera observando horrorizado aquel temblor tan característico, aquella maldición familiar que parecía haberlo alcanzado demasiado joven. El miedo a ser el siguiente siempre había estado ahí pero, buscando el lado bueno de las cosas, solía repetirse que aquel era un mal de mujeres: más nerviosas y delicadas que los hombres. El mal menor consistía en que él, tarde o temprano, terminaría desarrollando el humor estúpido de su padre y entraría en los bares contando chistes como el del Ministerio de Cultura.

—"Buenos días. Somos del Ministerio de Cultura y estamos haciendo una encuesta: "¿qué opina usted de la poesía?" 

—"A mi no gustar poesía. Poesía no buena, poesía solo trae problemas", contesta el paisano.

Los encuestadores, mosqueados, apuntan su respuesta y buscan a otro vecino del pueblo.

—"Buenos días. Somos del Ministerio de Cultura", repiten, "y estamos haciendo una encuesta: ¿qué opina usted de la poesía?".

—"Poesía mala. Poesía viene, pide papeles, cierra negocio a mi hermano... Poesía mala, muy mala"

Los del Ministerio caen en la cuenta sobre la penosa confusión así que cambian la pregunta para intentar saber qué opinan realmente en el pueblo sobre la poesía.

— "Buenos días, somos del Ministerio de Cultura y estamos haciendo una encuesta. ¿Usted que opina de los poemas?"

— "Bueno... Poemas tenemos todos pero nuestro mayor poema suele ser la poesía".

Así, de este palo, esperaba ir por la vida algún día. Pero esta le tenía reservado un escenario mucho más siniestro, uno en el que vas dando tumbos de aquí para allá como los muñecos cabezones de las divas, incapaz de subirte la cremallera después de mear o agacharte cuando se te caen unas monedas hasta que te quedas postrado en una cama.

No tardó en dejar los estudios y, a la primera oportunidad, alistarse en el ejército donde un médico hizo la vista la gorda a cambio de un dinero y casi nadie le prestaba demasiada atención a sus manos. Una mañana, durante unas maniobras, se metió en un río cargado con todo el equipo y ya no salió del agua hasta que, horas más tarde, los buzos rescataron su cuerpo. Todos hablaron de una fatalidad, de una desgracia que se podría haber evitado, pero lo cierto es que aquello fue el fruto terrible de una decisión muy meditada, la última que tomaría en toda su vida: dejarse morir, hacer lo posible por no convertirse en un mueble pintoresco, como su abuela, ni en un imbécil integral, como su padre. Aunque como chiste final —y eso sí habría que reconocérselo— aquello del río no había estado nada mal.

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