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Un mal día

 
Fotograma de la película 'Un mal día lo tiene cualquiera' (2001). DP
Fotograma de la película 'Un mal día lo tiene cualquiera' (2001). DP

ME HE CLAVADO un pendiente en el pie al salir de la cama y el accidente ha puesto muy contenta a Rocío, que ya lo daba por perdido. Al final será cierto eso de que no hay mal que por bien no venga pero, sin ánimo de ofender, el destino podría buscarse otra forma de recordarnos las virtudes del refranero o irse al carajo. "Pero si no ha sido nada", zanja ella la protesta mientras lo devuelve al mismo joyero que, hace una semana, se me cayó en el otro pie. Cuento hasta diez. Luego salgo al pasillo y de camino a la cocina, con una punzada de dolor masticándome la fascia a cada paso, me pongo a pensar en que tengo la casa llena de joyas, empezando por mi propia mujer. "No entiendo por qué pasamos tanta hambre, joder".

El café sabe a cosas muertas, lo que me recuerda que la cafetera está en las últimas. Se merece un buen entierro. Ha sido una compañera fiel durante la última década, pero nuestra pequeña república la necesita y no es momento para homenajes ni despedidas. Además, me gusta ese sonido con el que parece escupir la última bilis en cada taza y un hombre debe morir aferrado a sus gustos antes que a sus principios, como Thomas de Mahy, marqués de Favras. De Mahy era un aristócrata francés que apoyó a los Borbones durante la Revolución Francesa, además de un ferviente amante de la lengua y la literatura. "Veo que habéis cometido tres faltas de ortografía", se quejó con disgusto tras leer la sentencia que lo condenaba a muerte. Fueron sus últimas palabras.

Al terminar, dejo la taza en el fregadero y me encierro en el cuarto de baño, convencido de que no hay nada como una buena ducha para olvidar cualquier tropiezo y afrontar el resto del día con ansias renovadas. El agua corre generosa mientras yo me arranco canas del pecho frente al espejo, obsesionado desde hace años con engañarme a mí mismo. Cuando la condensación fulmina mi refl ejo entro en la bañera, me escaldo a conciencia y echo mano de la esponja. "¿No queda gel?", grito furibundo. Alguien responde que no, difícil saber si ha sido Rocío o la vecina del segundo. Entonces rebusco entre la colección de botes que tengo frente a mí, alineados como un pelotón de fusilamiento, a la caza de alguna solución honrosa: hay champú para pelos con mechas, champú para la caspa, champú para cabellos lisos, champú para lograr un rizo definido, champú para pelos encrespados, champú anticaída y champú para gatos. Me decido por este último, parece el más higiénico.

Un hombre debe morir aferrado a sus gustos antes que a sus principios
 

Todavía estoy en remojo cuando suena el teléfono. Al parecer, el banco ha subcontratado a una empresa con nombre de enfermedad venérea el cobro de ciertos atrasos. "¿Cuándo piensa pagar usted?", me dice una voz fría y amenazadora. Contesto que a la mayor brevedad posible y le explico que mi carrera está despegando, que tengo a varias editoriales siguiéndome la pista, un puñado de cuentos magníficos en la sesera luchando por salir… La oigo resoplar al otro lado de la línea, escéptica e irritada, y lo siguiente que escucho es una advertencia escueta: me conceden 72 horas de plazo para afrontar el pago de la deuda o procederán a tomar las medidas que consideren oportunas. Le deseo suerte.

Salgo de casa oliendo a melocotón, como si me fueran a bautizar, y camino del centro me adentro en un bar con intención de leer las noticias del día. Pido un vermú con ginebra y el camarero me mira con respeto, esas cosas se notan. La tapa, sin embargo, no es nada generosa y a los dos tragos siento un calor incómodo que me golpea las paredes del estómago, pidiendo salir. Podría ir al baño y vomitar pero justo en ese preciso momento, como si de una señal divina se tratara, la señora que acaparaba el Diario de Pontevedra se va, así que me lanzo como un poseso a por él olvidando cualquier malestar anterior.

Ningún conocido en las esquelas, me alegro. Pido otro vermú. La política local no me emociona y en comarcas no veo ninguna noticia vibrante hasta que encuentro la de un incendio en una nave industrial de O Porriño. Pienso en mi abuela Elvira, que siempre iba con una caja de cerillas en el mandil, dispuesta a encender una pequeña hoguera con cuatro rastrojos aquí y allá. Nunca le faltaron motivos. "Lo que le gustaba el fuego a la vieja, cómo la añoro", me recreo en la admiración y la pena. Creo que todavía conservo aquel recorte de este mismo periódico en el que salía su foto, enlutada y sonriente, la mano inocente tras un pavoroso incendio a punto estuvo de devorar el monte de O Castro. Debería buscarlo y quemarlo, ello lo querría así.  

Ya me he recuperado del baile de emociones cuando un tipo con cara de pocos amigos me aguanta la mirada, lo que no sé es por qué se la aguanto yo a él. De muy malas maneras me pregunta qué estoy mirando y no debe gustarle mi respuesta. Se acerca hasta la mesa y me invita a salir a la calle, remangándose la camisa. El camarero se interpone entre ambos y evita la pelea antes de que lo que haga yo. Humillarse y pedir perdón está justifi cado cuando la diferencia de peso desaconseja el combate pero mi honor, al menos por esta vez, queda intacto gracias a la rápida intervención de Antonio, que se así se llama mi custodio. Entonces abandono la lectura y me tiro en brazos de la máquina tragaperras. Necesito encauzar la mañana de algún modo y, como suele pasar a quien comienza mal el día, termino perdiendo veinte euros. 

Un mal día
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