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Viva España, carajo

CUANDO hace unos años se empezó a manejar el concepto "nueva política", pocos imaginamos el alcance real de esas dos palabras. Hoy ya podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que nueva política era tirar por la borda 57 diputados y la posibilidad de gobernar en coalición con el PSOE, como ha hecho Ciudadanos; nueva política era escuchar a Teodoro García Egea pidiendo la dimisión del ganador virtual de las elecciones en base a un sondeo; nueva política era, también, comprobar in situ cómo se cuentan más cámaras y periodistas en los aledaños del cuartel general de una formación política —Vox— que dentro de ella. "Algunos quieren romper España pero estos nos están rompiendo las pelotas", dice un compañero de La Viva España, carajo Sexta mientras trata de quitarse el frío a palmadas.

Antes, a primera hora de la mañana, en las calles del barrio madrileño de Chueca se cruzan los primeros votantes y los últimos, los más madrugadores y los que todavía alargan la noche con intención de votar a media tarde. En la Plaza del 2 de Mayo, por ejemplo, los vendedores callejeros de cervezas tratan de filtrar los posibles clientes de quienes rondan por la calle en busca de unas porras y un buen chocolate. Porque el cielo luce azul a esta hora, pero el frío se hace notar en el número de bufandas, gorros de lana y perruchos con ropitas de abrigo. “Si votasen las mascotas mejor nos iría a todos”, dice Margarita cuando se le pregunta por los colores que luce su perrita, la roja Dori. En cuanto conozcamos los resultados finales es posible que todos firmemos un gobierno compuesto por gatos, cerdos vietnamitas, iguanas y periquitos.

Cerca de allí, en el colegio Pi i Margall, se observa un ir y venir más propio de los días laborables que de un domingo: eso también se puede llamar fiesta de la democracia. Es el colegio electoral en el que suele votar la ex-presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, pero de momento no hay rastro de ella aunque se la espera. "Esperanza nunca nos falla, tranquilo", dice una señora con gafas de sol y toneladas de oro en cuello y orejas. "La mejor política que ha habido en este país. Cuéntalo allá, en Galicia", remacha su marido, también con gafas de sol pero más austero en el resto de complementos: gorra de chulapo, pañuelo, sello y bastón ajado.

La gente joven empieza a dar señales de vida hacia el mediodía, abarrotando las terrazas de los bares adyacentes pese al frío. En parejas, en pandilla, algunos solos... Van y vienen desde el colegio electoral hacia los bares o viceversa, casi todos con aspecto de progresía: mucha lana, mucho cuadro escocés. "Votar hay que votar, aunque no tengamos muy claro para qué», me dice una compañera de armas a la que sorprendo por la espalda, sin avisar. "¿Y tú qué haces por aquí, botafumeiro?", pregunta tras el interrogatorio periodístico de rigor. Quiero pagarle con la misma moneda y decir que no está muy claro para qué, pero la mañana no está para tirarse piedras contra el propio tejado. Quedo con ella a las diez de la noche para seguir los resultados en un bar donde, por lo que me cuenta, las elecciones se viven como una final de la Champions.

Los escaños suben y bajan entre gritos. Un chaval con una sudadera de Adidas hace la señal de pedir el VAR cuando VOX alcanza los 52 diputados y el bar en pleno aplaude su ocurrencia: es el primer ganador de las elecciones. Y mientras esperamos un resultado definitivo, el broche de oro a esta jornada de paseos por la capital me la da Adrián, el novio de mi amiga. "En Madrid podemos presumir de ser el centro de España pero empieza a quedar claro que no somos el centro del mundo", dice. Y es que la única certeza de la noche es que, aquellos tachados de traidores, separatistas, terroristas y demás lindezas vencen de calle al autoproclamado patriotismo: que viva España, carajo.

Viva España, carajo
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