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Volver a instagram

cadadentroEn algún momento tendré que volver a Instagram, que es una especie de paraíso virtual infestado de zapatos caros, tatuajes, barcos, aguas cristalinas y platos de cocina elaborada: todos parecemos millonarios en Instagram, y puede que ahí resida una gran parte de su éxito. La otra —si es que alguien necesita algo más para ser feliz que la cálida sensación de nadar en dinero— deberíamos buscarla en una cierta ilusión de belleza: todos somos guapos en Instagram, todos lucimos hermosos, atléticos, atractivos o interesantes... Hasta Jaureguízar es guapo en Instagram. Y Cota, Tallón, De Lorenzo, Olarte o María Piñeiro, que es la única capaz de defender su condición de pibón en la vida real sin tirar de filtros, ángulos benevolentes y esos decorados de ensueño que todo lo disimulan. Tendré que volver a Instagram, en definitiva, porque estoy hasta el gorro de que la gente me recuerde por la calle lo gordo y viejo que soy, como si desde mi condición de columnista y mileurista no pudiera permitirme un triste espejo. Es otra de las cosas que la gente hace muy bien en Instagram: medir mucho las palabras o, directamente, mantener el pico cerrado.

Por mucho que digan algunos por ahí, en las redes sociales se vive fantásticamente bien. Mucho mejor que en la vida real. Esa, la de verdad, solo les gusta a quienes saltan al campo con todos los extras equipados de fábrica. Incluso Twitter, que es un lodazal inmundo en el que todo el mundo insulta y va siempre de cara, le saca dos cabezas en la línea de meta al día a dí a natural. Lo digo muy en serio: desconfíen de todo aquel que se descuelgue con el discursito de l a autenticidad, el espíritu fundacional y el olor de las flores. Bastante jodido está todo ya para que, encima, vengan los humanistas a quitarnos el látex y la purpurina de las redes sociales. Por eso creo que dejar Instagram ha sido uno de los grandes errores de mi vida, a la altura de estudiar letras mixtas o sacarme el carnet de conducir, de ahí que esté decidido a recuperar mi estatus artificial de estrella de rock lo antes posible. Vuelvo —esto conviene aclararlo— no porque me reclame nadie, sino porque me lo pide el cuerpo.

Aún recuerdo mi primera incursión, de esto debe hacer un par de años. Le saqué una foto al despertador —marcaba las doce y media de la mañana— y lo acompañé de un lacónico "buenos días". Menudo bombazo. En menos de una hora ya había acumulado una docena de seguidores, todos ellos animosos y divertidos, encantados con aquel estilo de vida desapegado y contemplativo que deslizaba la fotografía. Estaba en racha, me quemaba la creatividad en los bolsillo, así que no tardé mucho en compartir una segunda fotografía: yo, tumbado en la cama, mirando con ojos arrebolados a uno de mis gatos. Puro tácticismo, la verdad. Nada gusta más en los mundos virtuales que un gato haciendo cosas de gato y un sensible hombre de mediana edad disfrutando de ellas. Aquello fue un disparo directo al corazón de unas treinta o cuarenta personas más, menores de edad en su mayoría pero, qué demonios, en los inicios tampoco está uno para ponerse a elegir. Todo era felicidad y buen rollo hasta que un amigo me llamó para suplicar que dejase de hacer el ridículo. "Madura", me dijo. Y desde aquel día, claro, dejamos de ser amigos.

Fueron, seguramente, los mejores meses en estos casi 43 años que le llevo robados a la vida. Y terminaron —atentos al momento madurez— con la llegada de la pandemia que, además de las ganas de vivir, me quitó también las de molar, las de aparentar, las de ofrecer la mejor versión de mi mismo bajo el escrutinio amable de —ojo al dato— 693 personas. Pensé que se imponía una retirada táctica hasta la llegada de la tan ansiada vacuna, una especie de luto virtual, de respeto a no se sabe muy bien qué o quién, pues lo que pasa en Instagram se queda en Instagram: nada tiene que ver con la realidad, aunque la realidad sea mejor y más instructiva reducida a tus mejores fotografías. Mi abuela, que lo más parecido a una red social que ha manejado nunca ha sido su pequeña tienda de ultramarinos, está de acuerdo en que ha llegado el momento de dejar lo remilgos y regresar al ciberespacio. "En diez años serás un viejo como yo y a ti no te sientan tan bien los pañuelos", me dijo el otro día mientras pelaba una naranja. A punto estuve de inmortalizarla con la cámara y dedicarle mi rentrée, pero luego recordé una de las máximas en el mundillo: ni agua a la competencia. No hay prisa, además. Si algo bueno tiene Instagram es que todo discurre a la velocidad de la luz y, en apenas unas semanas, nadie recordará que me había ido. Lo único realmente interesante será comprobar si todavía recuerdan quién soy o, mejor dicho, quién era. Quizás baste con recordar que soy el tío que sale en tantas fotos junto a Juan Tallón, aunque desde lo del gato ya no quiera —o pueda— considerarse mi amigo.

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