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Veinte años después

Una espectacular edición conmemorativa del Cuaderno de Nueva York de José Hierro afianza a este libro como cumbre poética

José Hierro en 1999 con la primera edición de 'Cuaderno de Nueva Tork'. EFE
José Hierro en 1999 con la primera edición de 'Cuaderno de Nueva Tork'. EFE

HAY LIBROS que nacen con vocación de inmortalidad. Son textos a los que el paso del tiempo, lejos de dañarlos, les confiere una pátina de eternidad que los hacen destellear cada día que pasa con una mayor intensidad. La editorial Nórdica nos ha hecho estos días un regalo que reconoce a uno de esos textos con la disculpa de la celebración del vigésimo aniversario de la publicación del excepcional poemario de José Hierro, Cuaderno de Nueva York, mediante una edición ilustrada de manera magistral por Adolfo Sierra y con un inteligente análisis de la obra a cargo del también escritor Vicente Luis Mora.

Todos estos mimbres ponen en nuestras manos un cesto lleno de poesías con las que el poeta madrileño dejó escrito el estremecimiento, conformando uno de los poemarios mayúsculos en lengua castellana y que desde su salida a la calle se convirtió en un libro de éxito, no sólo por la atención de la crítica, sino por el propio público, con un número de ventas asombroso para lo que era y es habitual en un libro de poesía.

Y es que vuelto a leer hoy no extraña en absoluto ese hecho milagroso, ya que caminar entre estos poemas es hacerlo de una manera firme por la escenografía que genera una ciudad como Nueva York y hacerlo, además, entre temas esenciales para el ser humano como el amor o la muerte. Esa hibridación de temas en un entorno tan descomunal, el que se narran las experiencias vividas sobre el propio terreno por parte de José Hierro, son las que emocionan a medida que se van pasando páginas de esa ciudad que "hechizada, se complace en su imagen refleja, y se sueña a sí misma transfigurada por la noche...". Poemas que te engullen como sólo logra hacer la gran urbe, como ya lo había conseguido registrar, también desde lo poético, Federico García Lorca, y como José Hierro vuelve a traducir en unos poemas caudalosos, llenos de imágenes que brotan de palabras convertidas en manantiales inagotables en su frescura.

Un poeta en estado de gracia, un poeta que, sentado en su oficina habitual, el madrileño bar La Moderna, en el que escribió gran parte de su obra, salvó todo un océano para calibrar con la palabra lo que supuso para él encontrarse con "los acuarios de los escaparates", con "el friso de Nueva York majestuoso y geométrico" o con "las ardillas-esfinges de Central Park", permitiendo al lector gozar de una experiencia sin igual, a buen seguro que similar a la que él mismo pudo sentir cuando leyó el Poeta en Nueva York de García Lorca, tras el cual "uno va a a Nueva York y antes de ir ya ha estado", según sus propias palabras, recogidas en una entrevista por Martín López-Vega en El Cultural en el año 2001, previa a su entrada en la Real Academia de la Lengua. Aquel año ya se encontraba esclavizado por la bombona de oxígeno que le ayudó a vivir hasta el año siguiente. Le faltaba el aire para salir de casa, para encontrarse con ese mundo que ya echaba de menos, para estar, pero también para ser poeta. Piel ajada, cráneo descomunal, huérfano, como escribe en el poemario, de su "única patria que es la poesía".

Veinte años después el fulgor permanece y aquel poeta que conocía Nueva York por lo escrito por García Lorca deja en nosotros un caudal de palabras inmarchitables que nos hacen dudar de si poner los pies en la ciudad de los rascacielos será una acción de tal intensidad como el adentrarse en este poemario de una enorme contundencia visual que se cita "en los ríos que ciñen la ciudad,/órgano, selva de metal y luz y escalofrío/y de deslumbramiento, y de nostalgia futura,/porque mañana ya será otro día".

Veinte años después
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