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Casa de apuestas en Pontevedra. RAFA FARIÑA
Casa de apuestas en Pontevedra. RAFA FARIÑA

LO QUE ESTÁ haciendo la sociedad gallega es crear a una generación de jóvenes ludópatas. Cuando mi muchachería, allá por la Movida, la droga hacía estragos pero al menos los que no caían envenenados lo pasaban razonablemente bien. Toda la juventud se sentía partícipe de algo nuevo y estaba convencida de que estaba construyendo un futuro. Llevo toda la vida escuchando, y usted también, que nuestros padres y abuelos lucharon por un mundo mejor: "Vosotros ni os imagináis lo que hemos sacrificado; no habéis corrido delante de los grises; no tenéis ni idea de lo que es pasar toda una vida sufriendo a una dictadura", decían, y tenían razón. Ellos y ellas tenían razón. Nunca se lo agradecimos lo suficiente.

Gozábamos hasta el abuso de una libertad antes negada y nuestros mayores lo consentían y hasta lo fomentaban. Nadie sabía cómo hacerlo pero se hacía. Disfrutaban viéndonos hacer con décadas de retraso cosas que a ellos se les había negado, como ir al estreno de El gran dictador o leer a Machado. Fueron buenos con nosotros y lo hicieron de la mejor manera que supieron. Nada que reprochar.

Pero nuestra generación falló estrepitosamente al creer que los logros de nuestros padres eran nuestros, llegaban y sobraban. Que nos habían construido un mundo libre y que lo único que teníamos que hacer con él era vivirlo; que ya estaba todo listo. Y ahora mire usted lo que hemos hecho con ese legado. El futuro que edificamos para nuestros hijos está lleno de casas de apuestas. No de conciertos de Los Suaves o de Siniestro Total; nada de Xabarín o La bola de cristal: casas de apuestas.

Parece que la Xunta quiere limitar esos centros satánicos con una ley. Pues ya. Si los empresarios quieren invertir su dinero, que monten ambulatorios públicos, y si ésa no es buena idea, que no creo que lo sea, que busquen por ahí.

Junto a mi casa hay uno de esos monstruos. Es una enormidad que queda a pocos metros de un centro escolar. Todo está diseñado ahí para atraer a la juventud: los rótulos, la decoración, la música, todo. Si tuviera la mitad de los años que arrastro, pasaría tardes enteras ahí, porque ya no hay mucho más que hacer si uno no es un deportista o un lobo solitario enganchado a los videojuegos. Está todo pensado para que los clientes socialicen, disfruten de un ambiente acogedor y se midan las apuestas.

Bueno, es lamentable pero es así. Allí encuentran una forma de evadirse y de arruinarse. Lo mismo que en mi época pero sin música. No hay detrás de eso la menor ansia de libertad, de construir nada ni de participar de algo. Sólo apostar. Lo que me pregunto cuando veo a un grupo de chavales salir de ahí es por qué les hemos dejado este horizonte y sobre todo, qué nueva generación engendrarán estos jóvenes ludópatas. Supongo que a sus hijos les contarán emocionantes anécdotas sobre sus vidas locas en las salas de apuestas.

Y luego está el dinero que eso genera, porque en esta vida detrás de cada desgracia hay alguien forrándose. En mis tiempos eran los grupos de rock y los camellos: hoy son las multinacionales de las apuestas y quienes las promocionan. Si tu futbolista preferido, tu referencia en la vida, la persona a la que admiras luce una camiseta con el logo de una casa de apuestas, tiene cierto sentido que apuestes. No sé, pero si yo fuera empresario igual haría lo mismo. Como no lo soy, puedo jurar que mejor sería que quienes sí lo son hicieran negocio ofreciendo a la juventud otras fórmulas de ocio. Igual no ganarían lo mismo, pero sí lo suficiente como para llevar una vida holgada y tener la conciencia tranquila.

Galiza es de calle el país que más casas de apuestas tiene en el Estado español, se mida como se mida: por habitantes, por núcleos de población, por kilómetro cuadrado, por lo que sea. La Ley, cuando llegue, llegará tarde. Cada día tenemos a unos cuantos mozos o mozas enganchándose a una droga legal y letal. Me da pena. Desde una terraza que se encuentra a pocos metros los veo salir, nunca con cara de satisfacción, y al día siguiente entran otra vez buscando su dosis diaria de adrenalina. He visto peleas, gritos y llantos. Tirar el dinero nunca genera deleite.

La culpa no es suya. Han pasado la infancia y la adolescencia sin conocer otra cosa que una crisis y no ven un futuro despejado. La culpa es nuestra, de quienes cogimos unas libertades e intentamos sujetarlas con pinzas mientras nos las van arrebatando. No se luchó y eso es lo que hemos enseñado a nuestros hijos: que lo que no se gana peleando lo puede traer el azar.

No podemos pedirles que luchen porque sólo les hemos enseñado a vivir, aunque sea mal. Bastante hacen con apostar y como no ven la posibilidad de apostar por su futuro, pues apuestan a que un equipo va a meter dos goles, uno de penalti, en la primera mitad. Eso hemos hecho.

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