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Coser mascarillas

Una mujer con mascarilla por la calle. PEPE FERRÍN (AGN)
Una mujer con mascarilla por la calle. PEPE FERRÍN (AGN)

HACE MIL años, en tiempos de Adolfo Suárez, las izquierdas nos advertían contra las multinacionales. Era su mantra. Las multinacionales, decían, vendrían a España para quedarse con los mercados, destruir a la industria nacional, explotar a la clase obrera y llevarse sus ganancias a otro lado. Nadie hizo demasiado caso porque todos queríamos comer en esos restaurantes y consumir aquellos productos que veíamos en el cine. El cuento de las multinacionales se acabó en cuanto Felipe llegó al poder. Entonces se quedó solo Carrillo quejándose de las multinacionales, pero como a Carrillo no le votaba nadie la cosa se olvidó.

Aquellos avisos no eran más que una avanzadilla de lo que vino en las décadas siguientes: los mercados únicos, la globalización, la deslocalización de la industria, las privatizaciones de sectores estratégicos. Nos convertimos en un país de camareros, dependientes y albañiles, y lo digo con el debido respeto a quien ejerce esas profesiones, muchos de ellos y ellas doctores en ingeniería.

Cuando nos dimos cuenta, no éramos capaces de fabricar mascarillas. Mi abuela Mercedes le hubiera cosido a usted cuatro docenas de mascarillas y le hubiera sobrado tiempo para matar a un cerdo, ordeñar a una vaca, hacer una ristra de chorizos y otra de morcillas y recoger una cosecha de uvas. España es un país de inútiles, pero antes de que se me ofenda usted, le diré que los Estados Unidos, la nación más poderosa de la historia universal, tampoco es capaz de abastecerse de mascarillas.

Con todas esas tonterías de la eliminación de aranceles y de la deslocalización de la industria, un burro discurrió algún día que poner a niños esclavos a coser mascarillas en China o en Bangladés era tan barato que incluso pagando los portes los españoles, los uruguayos o los estadounidenses podrían comprarlas más baratas. ¡Una ganga! Donde digo mascarillas ponga usted lo que quiera. Respiradores, camisetas o bombillas, tanto da.

Podemos fabricar aviones o satélites, pero si viene una pandemia no sabemos hacer una triste mascarilla, y eso que la maquinaria y la tecnología vienen siendo las mismas que para hacer una bandera de España, ya no le digo si lleva el escudo bordado. Mucha gente ha muerto por falta de mascarillas y otros equipos de protección, pues todo eso se dejó de fabricar en España porque salía más barato en China. Así de inteligentes somos y así de vivos son nuestros empresarios. Todo esto viene de la máxima estúpida de que los mercados se regulan solos. En fin, también los cauces de los ríos se regulan solos, pero cuando viene una inundación e inunda a siete pueblos, tratamos de corregir el problema para que no vuelva a suceder. Los mercados se regulan solos si les da la gana a quienes los manejan. Mejor sería que los regulara el sentido común, que visto lo visto nos dicta que cada Estado debe ser capaz de fabricar sus propias mascarillas.

El otro día Alberto Garzón, ministro de Consumo, dijo una verdad como un templo: el turismo es "estacional, precario y de bajo valor añadido". Lo que pasa es que como casi todos los comunistas, salvo Anguita, se explicó mal y lo dijo así, en seco, como si todos y todas fuésemos iniciados. Pero el turismo, por muchos ingresos que genere, es estacional, es precario y es de bajo valor añadido.

Es un sector para nada desdeñable, pero con la construcción y los servicios forma el tridente en que se basa la economía española, incapaz de fabricar algo tan simple como una mascarilla. Y es que así no vamos a ningún lado.

Para echar a andar la economía, fíjese usted, confiamos en que la pandemia se acabe cuanto antes para reactivar el turismo. El sector servicios todavía anda bostezando y la construcción no sabemos cómo responderá.

Mientras tanto, por si viene el esperado rebrote y en previsión de lo que pueda pasar, hacemos acopio de mascarillas, respiradores, equipos de protección y test chinos, en lugar de buscar la manera de fabricarlos en casa. Sigue mandando el mercado, que se regula solo y mal.

Por si fuera poco, en Galiza no nos dejan explotar nuestras riquezas, el mar y el monte que Dios nos regaló repletos de recursos. No conocí a mi abuela Mercedes, pero contaban de ella que era una mujer adorable, tranquila, conciliadora. Quiero creer que si levantara la cabeza y alguien le dijera que no sabemos coser una mascarilla, correría a latigazos a todos los burócratas españoles, europeos y mundiales, y tiempo le sobraba para ordeñar a la vaca, matar al cerdo, hacer chorizos y morcillas, recoger las uvas y fabricar cuatro docenas de mascarillas.

Nos hemos convertido en un país de ciudadanos infravalorados que solo saben poner cafés, poner ladrillos y vender ropa fabricada en China. Si de esta no comprendemos que algo hay que cambiar, mereceremos la extinción. Sería cosa de empezar a pensar que valemos para mucho más de lo que hacemos. Que la sociedad que hemos construido es una mala cosa. Podemos empezar por aprender de nuevo a coser mascarillas. No es mucho pedir.

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