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El tonto del salón

Iván Redondo es como el Profesor de 'La casa de papel'
El artista urbano TVBoy pintó en Barcelona a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias fundiéndose en un beso. A.GARCÍA (EFE)
El artista urbano TVBoy pintó en Barcelona a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias fundiéndose en un beso. A.GARCÍA (EFE)

EN OTROS TIEMPOS, no muy lejanos, los parlamentarios españoles subían al estrado a citar a Sócrates, a Montesquieu o a Rousseau. Se exigían a sí mismos cierto nivel de pensamiento. Hoy con suerte hablan de Juego de tronos y el día menos pensado salen parafraseando al payaso Fofó: "Gracias, señora presidenta. Señorías, el pequeño Ramoncito era un niño juguetón que al cumplir los cinco años le compraron un balón. En el campo de su barrio era todo un campeón, sus amigos le gritaban dale duro y mete gol. Dale Ramón, dale Ramón, chuta más fuerte para ver si metes gol".

La culpa no es sólo de ellos. Es de sus equipos, de la gente de sus gabinetes, de los asesores que los rodean y los meten en una burbuja en la que encuentran eso que hoy se llama la zona de confort. Les diseñan estrategias, les escriben discursos y les dicen cómo se tienen que vestir. Los hay buenos y malos, pero no les pagan para servir al pueblo, sino a esos candidatos de diseño que hoy pugnan por gobernarnos. Lo que no entiendo es que no me contraten a mí, que una vez escribí un guion de televisión para Peppa Pig y no quedó nada mal si lo comparamos con algunas cosas que tenemos que escuchar en el Parlamento.

El otro día, mientras Pedro Sánchez recibía la mayor paliza que se ha visto jamás en un debate de investidura, el hombre estaba más pendiente de dar bien en cámara que de los ataques que le lanzaban sus rivales, todos salvo el único diputado del Partido Regionalista de Cantabria, su único apoyo. Si lo hubiesen dejado pensar a él, a Sánchez, puede que tras la votación del martes se hubiera preguntado por qué solamente lo apoyaba aquel señor calvo y hubiera llegado al jueves con alguna otra alianza, pero no era Sánchez el que pensaba ni el que decidía, sino Iván Redondo, su jefe de gabinete, el gurú que lo decide todo en el PSOE.

Mucho daño están haciendo las series de Netflix y de HBO a la política. Iván Redondo es como el Profesor de La casa de papel, el jefe de una banda de atracadores que planea sus asaltos como una partida de ajedrez en la que lo único importante es llegar a la última jugada, la del jaque mate, sin importar las piezas que haya perdido por el camino, y todo hace creer que para Iván Redondo la jugada final está en unas nuevas elecciones y su objetivo es colocar el mensaje de que todos son responsables del fracaso menos Pedro Sánchez.

Sánchez e Iglesias, los grandes protagonistas, se pasaron el debate haciendo pucheritos y escenificando el desacuerdo. Parecían niños enfadados amenazando a sus padres con no comer. Uno y otro son responsables de un desastre que buscaron con insistencia. Uno y otro se juegan su futuro y el de España entera en una partida estúpida en la que sus votantes y el resto del pueblo no son más que meros espectadores de una serie cutre. Para eso, mejor era que directamente nos gobernara alguien como Fofó, que al menos dignificaba la profesión del payaso, no como estos, que ni eso saben hacer.

Cuando el bipartidismo, espero que felizmente acabado, en estos debates no había más que dos protagonistas con algún catalán o vasco como actores de reparto. No necesitaban pelearse por la atención de los medios y eso les permitía subir al estrado a hacer política. Ahora eso ya no es así. Cada segundo de televisión o cada mención en las redes sociales hay que pelearlos a muerte y ahí es cuando los asesores, siempre jugando en la sombra, adquieren más poder que sus jefes.

Ahora se juega a otra cosa. A las estrategias de laboratorio elaboradas en un despacho por unos asesores a los que nada les preocupa más que obtener la máxima rentabilidad, y que a fin de cuentas se juegan su puesto, no el futuro ni el bienestar del pueblo. De preocuparles los españoles, los asesores de Sánchez le hubieran recomendado negociar desde el primer minuto hasta alcanzar un acuerdo, pero en su cabeza es más rentable esperar a septiembre y hasta ir a unas nuevas elecciones donde pueden obtener un mejor resultado.

Pero como no habido en esta tierra nadie infalible salvo el payaso Fofó, que está muerto, Iván Redondo se puede equivocar. Lo mismo su cálculo sale mal. Puede que muchos votantes socialistas se harten y se queden en casa si hay elecciones en noviembre, pues no eligieron a Sánchez para no formar un gobierno, sino para formarlo. Si la idea del círculo más cercano a Sánchez es que siga gobernando para Iván Redondo, que es lo que está haciendo ahora, mal nos irá.

Menos gafas de sol en los aviones, menos ir de Kennedy por la vida, menos gestos estudiados para las cámaras, menos frases efectistas para generar titulares, menos mensajes simplones, menos sonrisas entrenadas frente al espejo. Todo eso, Pedro Sánchez, te puede convertir en un magnífico tonto de salón, en un hermoso personaje de serie televisiva, pero no en un gran gobernante, faceta en la que hasta hoy no has demostrado gran cosa. Sé honesto como lo fue Fofó, que nunca engañó a nadie.

El tonto del salón