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Fuera gaitas

Calle vacía en Pontevedra. JAVIER CERVERA
Calle vacía en Pontevedra. JAVIER CERVERA

LA POBLACIÓN mundial, según la estadística que elija usted, anda entre los 6.000 y 7.000 millones de habitantes. De ellos, el coronavirus ha matado de momento a algo más de seis mil en todo el mundo. Eso demuestra lo frágiles que somos. Ha muerto una de cada mil millones de personas y el planeta entero se está paralizando.

Tiempo tendremos de pensar en muchas cosas: una, por ejemplo, que nuestra sociedad está sujeta por alfileres. Un virus relativamente poco mortífero ha logrado que todo se desmorone en cosa de pocas semanas. Hemos pasado de una economía mundial hiperglobalizada a aislarnos en nuestras casas. Según dicen los que saben, los muertos ascenderán, y puede que mucho, y hay que atender a las indicaciones de quienes se encargan de este tema, pero luego es probable que tengamos que plantearnos un montón de asuntos. Que la ciencia es más importante de lo que creíamos, por ejemplo, siempre que se aplique a cosas más útiles que el desarrollo de tecnologías que no son ni mucho menos tan necesarias como la investigación en salud.

Que los sectores públicos como la Sanidad son imprescindibles, y se está comprobando; que hay que potenciarlos al máximo e invertir en ellos todo lo que se pueda y más; que el capital humano también es imprescindible. Hoy todos los profesionales del sector sanitario, desde el director de un hospital hasta la persona que saca la basura, están trabajando a destajo para salvar vidas, y cada uno y una de ellas merece todo nuestro respeto y nuestro reconocimiento.

Puede que tengamos que plantearnos si lo material es más necesario que asuntos menos tangibles, como el humanismo. Quizá sea hora de pensar que los recursos no debieran estar en manos de unos pocos sino a disposición de sectores públicos que los administren pensando en intereses generales. A ver, que tampoco es cosa de poner a administrar la riqueza a un Francisco Camps, pero tendremos que pensar si es más importante que empresas privadas desarrollen una tecnología 5G o que los gobiernos inviertan en una sanidad que no se colapse en cuanto se contagian unos pocos miles de ciudadanos.

Usted dirá que nada tiene que ver una cosa con la otra, pero se equivoca: la riqueza es la que es. Cada céntimo que está en manos de un magnate no está al servicio de una sociedad que sólo necesita tres o cuatro cosas: sanidad, educación, infraestructuras y evitar la pobreza. Y de todo ello escaseamos, aquí y en gran parte del mundo. ¿Quiero decir con esto que nadie puede montar una cadena de centros comerciales o una fábrica de batas y hacerse rico? ¡Claro que no, señora mía! Sólo digo que los recursos deben socializarse de tal manera que quien arriesgue un capital y aporte con ello a la sociedad recursos y puestos de trabajo puede vivir a cuerpo de rey sin necesidad de acumular una fortuna de miles de millones de euros o de dólares. Lo que nunca ha necesitado este planeta son multimillonarios.

Hoy hay sectores como el del turismo o el de la hostelería que están cayendo, pero fíjese usted quién sufre: los que tienen un bar o un pequeño comercio y sus empleados. Las grandes cadenas, la banca o las multinacionales, por mucho que bajen en bolsa y sufran la crisis, se recuperarán y sobrevivirán tras despedir a miles de trabajadores. Como siempre caerán los currantes, los que enriquecen a quienes viven de la industria farmacéutica, de la sanidad privada o del turismo de masas.

Poco más de 6.000 muertos han demostrado nuestra fragilidad. Muchos menos de los que mueren en cualquier guerra africana en cuatro días sin que todo se desmorone. El mundo entero tiembla porque la industria armamentística y los grandes gobiernos eligen a los muertos y el coronavirus no hace distinciones. Mata lo mismo a un pobre en Senegal o en Siria que a un millonario europeo. Por eso temblamos y nos ponemos en cuarentena, y es que por primera vez en un par de siglos nos sentimos amenazados por un enemigo al que no podemos combatir con armas. Pues a lo mejor lo que necesitamos es dinero para combatir al adversario real, al que nos desconcierta, que es un bicho microscópico que nos hace entrar en pánico porque llama a nuestras puertas para matar a uno de los nuestros.

Y no se trata aquí de parir un manifiesto anticapitalista o contrario a la globalización, pero algo hemos hecho rematadamente mal cuando todo se desploma por un virus que mata a menos de 6.000 personas en tres meses. Más ciencia, más investigación, más educación, todo ello público y menos estupideces que siempre son de última generación y sólo sirven para sustituir a otra tontería inventada hace seis meses y tampoco servía para nada. Estamos aquí para evolucionar y sobrevivir, no para comprar consolas, y el camino no es éste que nos bloquea en cuanto viene un virus a matar a cuatro gatos.

Sentidiño, que es algo que se ha perdido hace tanto tiempo que la palabra ya carece de significado. Las consolas no son nuestro futuro, ni la tecnología 5G, ni un nuevo modelo de tablet. Lo que nos puede salvar como especie es la ciencia bien aplicada, el dinero bien administrado y una sociedad que siga el camino correcto. Lo demás son gaitas.

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