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Me pongo de pie

Teresa Rabal
Teresa Rabal

LO QUE está ocurriendo ahora mismo lo describió a la perfección, hace cosa de cuarenta años, la gran Teresa Rabal en una magnífica interpretación de una de las canciones que le escribió el excelso compositor Eduardo Rodrigo, su marido para más señas. Es un autobús repleto de niños y niñas acompañados por un chófer, la propia Teresa Rabal en medio del pasillo y en los asientos de atrás lo que supongo será un profesor, pues de otra manera aquel señor no pintaría nada en este asunto.

La canción se llama 'Me pongo de pie', puede que le suene, y en el vídeo promocional, que es lo que nos interesa, el autobús va dando tumbos por una carretera llena de baches y curvas peligrosas. Sin embargo el chófer presta más atención a la cámara que a la carretera y canta y baila alegremente mientras conduce poniendo en peligro la vida de todo el pasaje. Bueno, pues dentro del autobús Teresa Rabal que ejerce como maestra de ceremonias y cantante, va ordenando a los niños que se pongan de pie y se vuelvan a sentar "porque a los oficios vamos a jugar". Los niños, obedientes, se pasan la canción levantándose y sentándose dentro de un autobús guiado por un conductor totalmente fuera de sus cabales.

Teresa, en diferentes escenas, arranca a los niños de los asientos y los planta en el pasillo para que puedan jugar a los diferentes oficios, a saber: un niño carpintero, otro peluquero y dos niñas costureras. La carretera tiene cada vez más baches y las curvas son más pronunciadas pero eso a todo el mundo allí dentro le da igual. El profesor que se sienta en la última fila, lejos de poner orden, como parece que es su labor, se une a los cánticos y se sienta y se levanta cada vez que lo propone Teresa Rabal. Juraría que al menos la mitad de los niños vomitaron durante la grabación de ese vídeo justo antes que que volcara el autobús, pero obviamente eso no nos lo van a enseñar.

Es difícil gobernar en estos tiempos, pero esto empieza a dar miedo

Pues esto es un poco igual. Me pongo la mascarilla, me la vuelvo a quitar, me la vuelvo a poner. Ahora puedo ir a una disco y ahora ya no; me quejo del estado de alarma porque es que nos quieren imponer una dictadura y cuando me devuelven las competencias, exijo el mando único. Ahora te pasas dos meses en casa, ahora puedes empezar a salir, ahora no puede haber reuniones de más de diez personas en un bar pero sí 25 en un aula. Ahora vas a un bar de copas y mañana ya no. Cierras y abres fronteras sin que se pueda saber si es para aplacar al sector turístico o para salvar vidas.

Entiendo que es difícil gobernar en estos tiempos, porque no se decide tanto sobre lo que puede ocurrir en un par de meses como en gobernar los meses que van pasando. Son como mecánicos torpes ante un motor averiado, que uno sugiere poner un alambre en tal sitio y otro propone echar agua y a ver qué pasa.

Pero esto empieza a dar miedo, porque además de que quienes tienen las responsabilidades de tomar decisiones están más pendientes de cantar y bailar sin mirar a la carretera y de proponer medidas y contramedidas cuyo sentido no parece algunas veces tener mucha lógica, el pueblo por lo general está cumpliendo su parte y su esfuerzo le va costando. Y es verdad que lo que está ocurriendo ahora es nuevo para todos, pero es igual de cierto que va a hacer un año desde que empezó a circular este virus y no parece que hayamos aprendido demasiado, por no decir nada. Lo mínimo exigible es que a estas alturas los científicos ya pudieran tener una vaga idea de qué medidas son eficaces y cuáles no. El desconcierto es tan generalizado que Miguel Bosé, eminente virólogo, convocó una manifestación para esta noche contra la imposición de las mascarillas pero lo hizo pidiendo a los asistentes que lleven mascarillas.

O sea que vamos como en el autobús de Teresa Rabal, conducido por una persona que no había subido a uno en su vida, con Teresa Rabal mandando sentarnos y levantarnos a cada rato; y con el supuesto profe de la última fila, el personaje más siniestro de todos, del que nos sabemos muy bien a qué se dedica. Pero, por no confundirnos, conste que a fecha de hoy cada comunidad autónoma tiene su autobús, su chófer, su profe y su Teresa Rabal que no se decide entre dejarnos sentados o de pie. Y lo cierto es que no parece que ninguno de esos autobuses destaque sobre los demás. Todos van dando tumbos y a punto de volcar en cada curva y nosotros, dentro, felices como cucos poniéndonos de pie y volviendo a sentarnos según nos diga Teresa Rabal.

Me pongo de pie
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