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Julio Anguita. ARCHIVO
Julio Anguita. ARCHIVO

HAY UNA frase que yo le robo siempre que puedo a la gran historiadora Victoria Armesto. Tantas veces se la he robado que sus herederos, si es que los tiene, harían bien en ponerme una demanda. Dice así: "El método más eficaz de frenar a un pelotón es echarse a correr delante". Si cambia usted en este enunciado la palabra "frenar" por "dirigir", tenemos la perfecta definición de lo que es el liderazgo. Quien se pone al frente del pelotón lo puede frenar, acelerar y marcar el rumbo. Que luego las cosas salgan mejor o peor no depende solamente de la capacidad de quien encabece el pelotón, sino de numerosas variables. Del tamaño del pelotón, por ejemplo, y de la voluntad de sus miembros de echarse a correr detrás.

A Julio Anguita le faltó pelotón. También ambición, en todos los sentidos. Era grande adoctrinando, tanto que se hacía pesado. Más que dirigir trataba de explicar el porqué de las cosas, algo que en política no suele funcionar. Los pelotones son más de dejarse llevar que de ponerse a pensar. Algunas veces también equivocó el rumbo, como cuando aquella pinza que hizo con Aznar para desgastar a Felipe, una operación que a Aznar le salió muy bien y a Anguita fatal. Era buena persona, pero no tan buen estratega.

Julio Anguita consiguió, eso sí, algo muy raro en España: con vertirse en referencia tras dejar el pelotón. No recuerdo otro ejemplo de un político retirado tras un fracaso que se haya ganado el respeto del pueblo español. Ahí tiene usted a Rosa Díez o a Albert Rivera, suplicando en las redes sociales y entre los medios que alguien les haga caso. El fracaso en España se paga caro, en política y en todo lo demás. Es muy difícil para el pueblo español dar una segunda oportunidad. 

Supongo que la gente valoraba de Anguita, una vez retirado, su honestidad, su altura intelectual y sus pocas ganas de ser protagonista y llamar la atención, cosas que demostró con hechos: renunció a todas las prebendas que le correspondían como exdiputado y volvió al colegio para ejercer su oficio de profesor. Cuando hablaba lo hacía en pocas ocasiones, siempre a petición de los medios, sin grandes aspavientos, y nunca abandonaba su obsesión por explicarlo todo. En activo, era coherente hasta para equivocarse, actitud que mantuvo en la reserva, donde no lo recuerdo admitiendo algún error del pasado. 

Pero se echan hoy en falta líderes como él. Gente que explique de manera cabal por qué quiere hacer una u otra cosa. Hoy todos dirigen a un pelotón sin saber cuándo conviene frenar o acelerar o a dónde les lleva el camino elegido. Anguita siempre mantenía el ritmo de la marcha y cuando tomaba un rumbo no había quien le hiciese desviarse. Hoy todos los que se ponen frente a un pelotón arrancan o paran y cambian el rumbo según les diga un asesor. La figura del asesor político, más bien del gurú, está sobrevalorada por todos y cada uno de los líderes. Por eso los pelotones crecen o decrecen a toda velocidad y cambian de bando en cada oportunidad. En tiempos de Anguita, con la excepción de los líderes nacionalistas, estaban Felipe, Aznar y él. Los tres sabían a dónde iban y por dónde. De los tres el mejor era Anguita. Sabemos cómo acabaron Aznar y Felipe y sabemos dónde están ahora, ejerciendo de multimillonarios y dándoselas de referentes que quieren decidir desde sus yates los destinos de sus partidos. Dos perdedores que jamás supieron asimilar las derrotas, que en ambos casos fueron humillantes y sonoras.

A Anguita, además de faltarle pelotón le faltaba astucia y le sobraba honestidad. Eso en política es fatal. Para llegar a dirigir en España a un pelotón con cierto éxito hay que saber mentir y dominar las artes del engaño, de la traición, de la ambición personal. Hay que tener la cara dura y saber la manera de ir dejándose los cadáveres de los compañeros a medio camino hasta ponerse al frente y mantenerse ahí a salvo de las zancadillas. 

Todo eso le faltó a Anguita, pero por ello fue también luego el sargento retirado al que todo el mundo respetaba. Una persona incapaz de engañarse a sí misma tampoco puede engañar a los demás. Por eso falló en política y por eso triunfó después. Todos y todas sabemos de la discreción con la que llevó su retirada. Todo lo que en política vemos como cualidades, fuera de ella nos parece muy mal. Anguita demostró que en la política los pelotones prefieren una estrategia vencedora antes que una verdad incómoda o una reflexión sesuda. No están los tiempos, ni siquiera en su época, para que nadie nos enseñe nada o nos explique el porqué de las cosas. Sólo queremos que nos digan aquello que queremos escuchar y Anguita para eso no valía.

Cuando en los debates parlamentarios o en sus intervenciones públicas repetía aquello de "programa, programa, programa", los españoles, también los de su pelotón, se dividían entre quienes pensaban que era un pelma y quienes se reían de aquella insistencia, cuando es la palabra que deberían repetir a diario quienes quieren ser líderes. Si todos los que encabezan un pelotón fueran como Anguita, mejor nos iría.

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