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Tinky Winky contra Rambo

El chef Pepe Solla. ADP
El chef Pepe Solla. ADP

ESTOS ÚLTIMOS días el cocinero Pepe Solla, entre el abatimiento y la emoción, daba cuenta en un vídeo subido a las redes sociales del cierre temporal de Casa Solla, su icónico restaurante. Y tras él vendrán muchos, lo que yo le diga. En muchas cosas tiene razón Solla, por ejemplo al decir que las medidas que se han tomado hasta ahora ni han salvado vidas ni han logrado mantener la economía. El cierre perimetral, el toque de queda a partir de las once de la noche, la prohibición de reuniones entre no convivientes, obviamente, hacen inviable que un restaurante pueda servir cenas. Si tiene usted un restaurante, que espero que no, sólo puede atender a comensales que vivan en su municipio, que convivan bajo un mismo techo y que estén dispuestos a cenar a la hora de la merienda. Lléneme así un comedor.

Por supuesto, entre la vida y la economía, lo primero es la vida. Pues no haber abierto España entera en verano para salvar una temporada turística que en todo caso fue ruinosa. También dice Pepe Solla que si hay que tomar medidas drásticas que se tomen. Pero que funcionen, porque si a pesar de las medidas el número de contagiados sigue creciendo, es que algo estamos haciendo rematadamente mal. Vamos detrás de un virus que nos lleva semanas o meses de ventaja y que por lo que se ve, no sé si será listo o tonto, pero es tremendamente eficaz y nos va ganando por goleada.

¿Cuál es la solución? Ni idea. No lo saben los que toman las decisiones, lo vamos a saber usted y yo. Nada está saliendo como estaba previsto, los meses pasan, la crisis sanitaria va a peor y la económica está acabando con la pequeña empresa y con los autónomos. Si esto sigue así, no es de extrañar que en semanas o meses se produzca un estallido social. No hablo de cuatro negacionistas, cuatro fachas o cuatro borrachos. Me refiero a gente que está cerrando sus negocios y engrosando las listas del paro; que está haciendo sacrificios homéricos, cumpliendo a rajatabla las indicaciones y adaptándose como buenamente puede a cada nueva medida, por torpe que le parezca. Y todo eso para que los infectados y los fallecidos no paren de crecer.

Muchos de los que saben de estas cosas dicen que vamos hacia un nuevo confinamiento domiciliario. Pues de una vez. Sería bueno confiar en que los responsables políticos y sanitarios no están jugando a los dados con nosotros; que algo han aprendido en casi un año y que la gente que pasa cuarenta horas a la semana estudiando el asunto alguna idea tendrá. Es que si no, en no mucho tiempo tendremos todo el derecho del mundo a salir a incendiar las calles. Por lo general, en todo el mundo la paciencia colectiva se va manteniendo, pero cada vez cuesta más. La tensión va en aumento y un día salta una chispa y la liamos.

Esperemos que no: que estas medidas sí funcionen, que volvamos a aplanar la famosa curva y que todo vuelva a una cierta normalidad; que los negocios vayan aguantando y despeguen; que los que como Solla se ven obligados a cerrar temporalmente puedan abrir sus puertas cuanto antes. Las decisiones timoratas que se toman bajo presión, con miedo a desagradar a unos u otros, se ve que no dan el resultado esperado. Es muy fácil decirlo ahora, pero las prisas por abrir el turismo en verano ya vemos de qué sirvieron. Nada. Cero.

Así que si la solución es un nuevo confinamiento en nuestros domicilios, mejor hoy que mañana, esta vez sin pensar en la temporada navideña ni en otras festividades. El virus tiene calendario propio. Lo que estamos haciendo es como mandar a Tinky Winky, el teletubbie violeta, a partirle la cara a Rambo y fiarnos de que lo logre mientras nuestras situaciones sanitaria, social y económica dependen de ello. El cierre perimetral de Ourense y la prohibición de reuniones entre no convivientes empezaron a aplicarse allí el día 8 de octubre, hace tres semanas y Ourense sigue a la cabeza y batiendo cada día un nuevo récord. ¿Por qué vamos a confiar en que lo que no funcionó en Ourense vaya a funcionar en Lugo, en Pontevedra o en Ferrol? Porque no nos queda más remedio, dirá usted y con razón, porque si nos ponen un clavo ardiendo nos agarramos a él.

Ocho meses llevamos ya en el Estado español y en cada país, comunidad y región enviando a Tinky Winky a vencer a Rambo. Decía también Solla que según las cifras de Sanidad, el sector de la hostelería ha provocado menos del 3.5% de los contagios. Sin embargo, es uno de los más castigados, como el de la cultura o el de los pequeños comercios. Tampoco parece muy normal que metros, trenes y autobuses vayan hasta arriba de gente que cuando llega a casa del trabajo no puede salir de su municipio ni ir a cenar a un bar con su suegra, que vive en el piso de al lado.

El tiempo se va acabando y hay mucha gente desesperada. O sea, estamos encendiendo una cerilla junto a un bidón de gasolina.

Tinky Winky contra Rambo
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